Juristas y académicos alertan sobre la deriva extrema de un discurso presidencial cada vez más agresivo
Donald Trump parece imaginarse menos como un jefe de Estado que como un superhéroe salido de una franquicia de Marvel. Esa hipertrofia del yo encaja con una personalidad profundamente narcisista y transaccional, donde toda relación política queda subordinada al beneficio personal y a la exaltación permanente de su figura pública.

Lejos de devolverlo al terreno de la realidad, su entorno político más próximo alimenta esa autopercepción desmesurada mediante una adulación constante. No se trata solo de oportunismo: muchos de sus colaboradores comparten la misma visión hiperbólica del poder, basada en la intimidación, el espectáculo y la fuerza como lenguaje político.
Las reiteradas amenazas de Trump contra Irán –desde “bombardearlo hasta devolverlo a la Edad de Piedra” hasta advertencias del tipo “abrid el maldito estrecho de Ormuz o desataréis el infierno”– condensan con crudeza esa lógica de poder. El historiador militar Gregory A. Daddis, profesor de la Universidad de Texas y autor de Faith and Fear: America’s Relations with War since 1945, ha advertido sobre el peso político de esa retórica belicista. “En la guerra, el lenguaje importa”, recuerda, señalando que, aunque otros presidentes estadounidenses recurrieron antes a discursos agresivos –como Ronald Reagan o George W. Bush–, “Trump y sus principales lugartenientes han elevado el tono amenazante a un nivel sin precedentes recientes”.
El problema no es únicamente verbal. Las amenazas constantes, aun cuando puedan producir réditos tácticos inmediatos, erosionan a mediano y a largo plazos la credibilidad diplomática de Estados Unidos, y reducen los márgenes para cualquier salida negociada. Más aún en un escenario tan volátil como el Oriente Medio, donde la escalada entre Tel Aviv, Washington y Teherán continúa lejos de una estabilización real y donde los acuerdos parciales de contención alcanzados en los últimos meses han sido vulnerados repetidamente por ambas partes.
A ese tono guerrerista se suma un lenguaje tabernario impropio de quien ocupa la Casa Blanca. Más allá del impacto mediático inicial, la vulgaridad permanente ha dejado de impresionar incluso a amplios sectores de la opinión pública estadounidense. De hecho, parte de la prensa, juristas y organizaciones civiles han comenzado a abandonar las cautelas retóricas tradicionales para hablar abiertamente de crímenes.
La amenaza de destruir infraestructuras civiles iraníes –centrales eléctricas, puentes, puertos y redes energéticas– bajo la promesa de “hacer retroceder a Irán a la Edad de Piedra” encendió particularmente las alarmas en ámbitos académicos y jurídicos. Un centenar de especialistas en derecho internacional expresó a mediados de abril su “seria preocupación por posibles violaciones del derecho humanitario internacional, incluidos potenciales crímenes de guerra”, en una carta publicada por Just Security. Entre los firmantes figuraba la profesora de Yale Oona Hathaway, quien declaró a The New York Times que “resulta difícil comprender hasta qué punto se han ignorado por completo las reglas”, en alusión tanto a la devastación acumulada como a las reiteradas vulneraciones de los compromisos de desescalada.
De ahí la creciente intemperancia de un presidente cada vez más erosionado en las encuestas, incluso entre sectores del universo MAGA, que durante años le ofreció su respaldo incondicional.





















