Lo imprescindible

Cuando escasean los alimentos y el salario no acompaña, la libertad de fijar tarifas tiene un destinatario evidente: quien puede pagar


Hay precios que dejan de ser cifras y se convierten en una provocación. El aceite puede ser uno de ellos. En La Habana, durante agosto, un litro llegó a anunciarse en 3 650 pesos; en otros puntos alcanzó los 4 000 y hasta los 4 500. Lejos de tratarse de aceite de oliva, una rareza gourmet o un artículo reservado para darse un gusto, hablamos de un alimento cotidiano.

Una cifra semejante apenas exige explicaciones para resultar escandalosa: basta colocarla junto a un salario y hacer la cuenta. Mas ¿qué sucede cuando semejante desproporción deja de ser excepcional y comienza a formar parte del día a día?

El aceite, además, tiene compañía. El arroz, el azúcar, los frijoles, los huevos, los cárnicos y otros productos esenciales han ido abandonando, con mayor o menor frecuencia, los espacios donde se esperaba encontrarlos. Cuando la red estatal pierde regularidad en el abastecimiento o las cantidades quedan por debajo de lo requerido, reaparecen en otros lugares, bajo condiciones distintas y, casi siempre, con factura elevada.

En agosto, por ejemplo, el arroz podía encontrarse en La Habana a 330 pesos el kilogramo y el azúcar a 550. El huevo, convertido desde hace tiempo en una suerte de termómetro de la crisis alimentaria, rondaba los 150 pesos por unidad en algunos establecimientos llegaba a 180, 200 o 250.

Lo que debe pagarse ha ido alejándose de cualquier relación razonable con los ingresos. Una cosa es el aumento del costo de producir un alimento; bastante distinto resulta que adquirirlo implique renunciar a cubrir una escasez esencial del hogar.

Los economistas hablan de inflación, costos de producción, déficit de oferta, dificultades para importar, combustible y financiamiento. También se hallan las consecuencias del recrudecimiento del bloqueo estadounidense y las tensiones acumuladas durante años por la economía nacional. Todo se incluye en la ecuación; ninguna explicación económica, sin embargo, debería hacernos perder de vista lo que ocurre en la mesa de cada familia.

El efecto plantea una paradoja difícil de disimular: se aflojan determinados límites mientras la producción permanece deprimida. La explicación suele recurrir a la oferta y la demanda cuando, para buena parte de las necesidades, las cantidades desbordan con creces lo que llega a los mercados.

Si hay poco producto, liberar el precio puede mover la cifra, pero difícilmente multiplica los bienes. Por consiguiente, tampoco llena los estantes.

Entonces ¿qué entendemos realmente por “costes normales”? ¿Normales para quién?

Para el comerciante significa recuperar sus gastos y obtener ganancias. Para quien compra la mercancía, asumir transporte, electricidad, combustible y todo cuanto interviene hasta llevarla al mostrador. Para el trabajador, afrontar ese escenario con un salario todavía deprimido.

Si un cartón de huevos puede superar los 4 000 pesos y lo comparamos con los 3 210 pesos del salario mínimo de la nueva escala del sector presupuestado para dimensionar la desproporción… sigue sin darnos la cuenta: “la lista con el billete”. Si un litro de aceite vale por encima de los 3 600, la discusión abandona el terreno comercial y entra en la siquis: qué se prepara, cuánto alcanza y cuántos días dura lo comprado.

En tanto, persisten los mecanismos de control. Las autoridades inspeccionan, imponen multas, formulan advertencias y anuncian acciones contra esos importes abusivos. No obstante, ¿cómo determinar la arbitrariedad si el propio costo de reposición empuja hacia arriba al siguiente vendedor? ¿Dónde queda la frontera entre conseguir una mercancía y lo que debería pagarse por ella en los exhibidores?

La dificultad aumenta si cambia de referencia según la forma de pago: una cantidad en efectivo, otra —superior— mediante transferencia.

Cuando los controles aprietan, el producto desaparece de la vista, aunque permanezca en circulación. El comerciante guarda, mueve hacia las redes sociales, los pasa por WhatsApp, cambia de manos y vuelve a aparecer fuera de los circuitos visibles.

De ahí que la producción siga siendo la salida que menos admite atajos. Sin ese fondo material, cualquier discusión sobre topes, multas o márgenes de ganancia corre el riesgo de quedarse en el terreno de los buenos propósitos.

Se puede perseguir al vendedor que cobra incluso 5 000 por un litro de aceite -esta periodista puede constatar ese importe-; complejo resulta impedir que luego se ofrezca todavía más caro. Me atrevería a ser rotunda al afirmar que toda Cuba conoce bien esta historia.

Por eso, quizá, el dato revelador tampoco se halle en los 3 650 pesos del aceite, los 200 del huevo o los 330 del arroz —y contando—, sino al ver esas cifras y perder la capacidad de sorprendernos. La “costumbre” resulta tan peligrosa como la inflación.

Secreto a voces, la familia organiza su comida alrededor de aquello que puede comprar; si el medio litro sustituye al litro, dos huevos ocupan el lugar de cuatro y el costo se consulta antes que la necesidad, la discusión trasciende el valor de los alimentos. Estamos hablando del de vivir.

Y eso, por alto que aparezca en cualquier pizarra, carece de precio.

Comparte en redes sociales:

Un comentario

  1. Excelente. Creo la respuesta está en la producción nacional, sin embargo en ocasiones estás no se incrementan por falta de materias primas, en falta por el conocido tema del bloqueo.
    Tal vez pudiera exonerarse de impuestos y obligaciones con el Estado en términos de ganancia a aquellos productos y empresas que apoyen la alimentación del pueblo,que como bien dijo Raúl Castro es tema de seguridad nacional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Te Recomendamos