Durante dos meses tenemos a nuestra disposición un modo agradable de indagar sobre el pasado y compararlo con el presente
Rutas y Andares, el programa veraniego de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana (OHCH), ha llegado a su edición 25. Lo celebra retomando ofertas incluidas en el grupo de las preferidas por los participantes en etapas anteriores y sumando nuevas actividades.

Entre las actuales propuestas se encuentran los acercamientos a La impronta africana en la cultura cubana y las Tradiciones en el barrio chino de hoy. Asimismo, la Ruta especial por la cultura española –“vista desde las diferentes comunidades o regiones que la componen, representadas en nuestro país por las sociedades Asturiana, Gallega, Canaria, Andaluza, Baleares…”–, cada jueves de julio y agosto.
Son opciones recreativas, sin duda, pero al mismo tiempo un recordatorio oportuno sobre los orígenes de los cubanos. Y digo oportuno porque tales huellas se pierden si dejan de transmitirse a las sucesivas generaciones. Ya no es raro escuchar conversaciones de este corte:
–¿De dónde viene tu apellido? ¿De dónde es tu familia?
–Pues no sé. Nunca lo he preguntado.
Solemos estar más al tanto de los ajenos que de los parientes. Encendemos el móvil y en segundos nos enteramos de los triunfos, conflictos, altibajos, parejas, árboles geneológicos, costumbres… de los famosos o de quienes habitan en, para nosotros, sitios remotos y exóticos. Por el contrario, poca curiosidad despiertan las historias familiares, a veces tan apasionantes, divertidas o conmovedoras como las seguidas por Internet.
Sin embargo, ¿averiguar quiénes fueron y cómo vivieron nuestros antecesores es algo sin importancia? Hemos oído que si no conocemos el pasado, corremos el riesgo de repetir sus errores. Añado: también de desaprovechar enseñanzas valiosas para encarar –en cualquier época y lugar– las dificultades cotidianas.

Porque sin la memoria, la sabiduría, los consejos de los predecesores, actuamos cual barcos a la deriva. Y pensamos que las tempestades del presente no pueden compararse con las antiguas.
Pero, en esencia, los grandes problemas de los seres humanos se reiteran desde hace milenios, aunque evolucionen las tecnologías y se incremente el ritmo de la vida. ¿Cómo los enfrentaron en cada caso concreto nuestros ancestros? ¿Qué aprovechar de sus decisiones y de qué debemos alejarnos? Solo podemos descifrarlo si las experiencias se comparten.
Los cubanos descendemos de una inmigración variopinta: europeos, africanos, asiáticos, antillanos, nativos del Oriente Medio. Algunos se asentaron en Cuba durante el período colonial, otros arribaron en las primeras décadas del siglo XX.
Muchos habían sufrido pruebas bien duras: la cacería de los esclavistas, penurias económicas, guerras. Y aquí tenían que adaptarse a condiciones también difíciles, además de distintas a las del entorno abandonado. Todo ello fue, verdaderamente, angustioso. No obstante, consiguieron desarrollar mecanismos de sobrevivencia y hasta de superación. Sus resultados aflorarán en los recorridos guiados por el centro histórico habanero y zonas aledañas.
A menudo los inmigrantes se interesaron por personas de otras procedencias. Los registros parroquiales y civiles –donde se asientan los matrimonios, nacimientos y bautizos– dan fe de la mezcla. Así se enriqueció la identidad colectiva del cubano.

Paradójicamente, en el ámbito hogareño, no ha tenido igual suerte la microhistoria. ¿Cuántos de nosotros sabemos cuáles eran las comidas predilectas de los bisabuelos y bisabuelas, las canciones que tarareaban, sus recuerdos infantiles, cómo eran las calles por las que paseaban, dónde se casaron?
Inmersos en las contingencias diarias, en la actualidad por lo general cometemos la misma equivocación que las generaciones previas: nos faltan el tiempo o el deseo para hablarles del pasado, lejano y cercano, a los niños, a los jóvenes. Entonces, cuando lo hacemos abundan la machaconería, el didactismo, obviamos las anécdotas, el asombro y el sentimiento. De esa manera los privamos de referencias e intercambio de afectos.
Dichas carencias personales no serán subsanadas mediante las Rutas y Andares, por supuesto. Empero, transitar con las familias por los itinerarios –no solo en la capital del país se organizan para el verano estos recorridos, otras ciudades brindan oportunidades similares– contribuirá a mostrarnos, mientras pasamos un rato muy agradable, las diferencias y continuidades entre lo que fuimos como pueblo y lo que somos.


















