En homenaje al periodista, promotor, estudioso de la trova tradicional cubana, quien falleciera en diciembre de 2018, publicamos una entrevista realizada dos meses antes de aquel momento y hasta ahora inédita
¿Cómo a estas alturas del siglo XXI usted sigue trabajando con una máquina de escribir?, me animo a preguntarle.
“Mira, cuando cumplí 13 años de edad, mi papá me regaló una Underwood. Fue maravilloso. Comencé a redactar en ella todas mis tareas de la escuela, creaba cuentos que nunca publiqué. Para mí el sonido de la máquina es como una música, me inspira. Después llegó la época de las computadoras y el Ministerio de Cultura me entregó una. Desde entonces, mi nieto funge como mi secretario, es quien la usa, viene una vez a la semana y transcribe lo que escribo”.
Lo primero que llama la atención no es lo contado, sino cómo lo hace. Porque Lino Betancourt Molina celebró recientemente su cumpleaños 88 (nació el 23 de septiembre de 1930) y el paso del tiempo se nota en su fisonomía, sin embargo, muestra una lucidez, energía y jovialidad que ya quisieran algunos de 40. Abundante agua corrió bajo el puente, cargada de vivencias con giros imprevistos, antes de él convertirse en el respetado estudioso de la trova tradicional cubana.
Le agrada conversar, salta a la vista. Escucharlo significa revivir múltiples peripecias: adolescencia en Guantánamo, acciones como dirigente estudiantil y guiterista; enrolamiento en la fallida expedición de Cayo Confites (en 1947) contra Rafael Leónidas Trujillo, el sátrapa de República Dominicana; militante de la Juventud Auténtica y creador de una publicación artesanal: Cordialidad, en la cual “le echaba con el rayo a Fulgencio Batista” (el cabecilla de un golpe de Estado en 1952).
Asimismo, su expulsión del Instituto de Segunda Enseñanza guantanamero; el traslado a Santiago de Cuba y los viajes a la capital del país, con el propósito de realizar los exámenes en la Facultad de Derecho, en la Universidad de La Habana (había matriculado en la modalidad libre o a distancia), carrera que concluyó, pues así complacía a su padre enfermo, pero jamás profesó.
Para novela ágil y representativa de una etapa convulsa hubieran servido los avatares de su vida durante la década de los 50 y la siguiente. Fue colaborador del Movimiento 26 de Julio; ejerció como maestro (con posterioridad al triunfo revolucionario de 1959) en la Sierra Maestra y en las montañas del Escambray, donde a la par intervino en el enfrentamiento a las bandas de alzados contra el gobierno.
Trasnochó de lo lindo en Santiago. Se casó varias veces. Lino Betancourt narra sus anécdotas y ni la voz ni el gesto decaen. Si acaso se detiene algún que otro instante para precisar las fechas. Sus andanzas prosiguen: a inicios de los años 60 laboró en el Ministerio de Industrias y en el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA): solo después pudo retomar una de sus dos vocaciones: el periodismo.

“Por cuenta propia”
Aprendió de manera autodidacta la profesión de reportero; a los 20 años (o sea, en 1950) leía y escribía comentarios críticos en una radioemisora guantanamera; además, guardaba en carpetas las informaciones, entrevistas y crónicas publicadas en los diarios y estudiaba su redacción. Luego, en Santiago de Cuba se ganó en la radio y la prensa escrita el pan de cada jornada.
Y ya en La Habana, lo contrataron en Radio Liberación, Radio Reloj (llegó a ser su director, en 1970), Radio Rebelde, Radio Taíno. Nunca supo bien por qué lo escogieron “como miembro del equipo de periodistas que trabajaría con Fidel Castro. Tuve el grandísimo honor de viajar con él a Vietnam, a Nueva York, a las Naciones Unidas, a los países del campo socialista”. Asimismo, reportó en Moscú el viaje del cubano Arnaldo Tamayo al cosmos, en 1980.
La tonada por delante

“Cuando vivía en Santiago, terminaba en la emisora de radio a las 12 de la noche. Salía y caminaba hacia el mercado; allí estaban los trovadores, comiendo pan con frituras, tomando ron Paticruzado”, rememora.
“De ahí ellos iban al Tivolí, los acompañaba y me quedaba escuchándolos cantar hasta las tres o las cuatro de la mañana. Me gustaba su forma de ser, gente noble, desinteresada. Así me enamoré de la trova.
“Estando en La Habana, los echaba de menos. Empecé a colaborar con Cuba Internacional, que dirigía Lisandro Otero; un día él me dice: ‘Lino, el jurado internacional del Premio Casa de las Américas se va a reunir en la peña de Sirique, ve y hazme una crónica o una nota’. Le pregunté al fotógrafo Nicolás Delgado dónde quedaba dicha peña. Él averiguó y nos fuimos allá, un domingo por la tarde. Alfredo González Suazo, conocido por Sirique, llenaba de cantantes el lugar. Eso fue en el año 1967. Nicolás y yo nos entusiasmamos; narramos cuán maravilloso era todo aquello. Nos dieron cinco páginas de la publicación. A partir de ahí me hice amigo de Alfredo y de los músicos que invitaba.

“En la radio no querían ponerme a hacer trabajos de cultura, me pedían textos de política, economía; disciplinadamente yo cumplía, pero cada vez que podía, llevaba algo de trova a la revista semanal de Radio Reloj. Hasta que, como te conté, me incluyeron entre los periodistas adscriptos al Consejo de Estado”.
Tras largo tiempo dedicado a esa labor agotadora, pidió que lo liberaran para concentrarse en su verdadera afición: escribir acerca de la música tradicional.
“Sobre la trova entregué colaboraciones a Mujeres, Prensa Latina, BOHEMIA. Olvidé cuántas hice. Y empecé a dar conferencias en los festivales, dondequiera que hubiera uno, yo participaba: en La Habana, Guantánamo, Manzanillo… Un día, en el año 2000, la Editorial José Martí me llamó para encargarme un libro sobre Compay Segundo. Lo presentamos en el hotel Nacional. Compay asistió, firmamos numerosos ejemplares. Le siguió el volumen La trova en Santiago de Cuba; lo disfruté inmensamente, en él narré mis vivencias. Después que falleció Compay Segundo, la familia me pidió un nuevo libro [Siempre Compay].
“Hace dos años me dieron el Premio Pablo, por mis obras. La más reciente [Lo que dice mi cantar, de 2015] contiene 250 crónicas. Y en la computadora guardo más para preparar otro volumen. Estoy tratando de publicar una iconografía de la trova cubana, con unas 500 fotos, muchas casi inéditas. Y tengo otro volumen en proyecto, el diario de Manuel Corona; manos amigas me hicieron llegar una copia. Primero necesito la autorización, ante notario, de la familia. Es un diario tremendo” (ríe).
Constancia y pasión
Pese a carecer de una formación académica sobre música, las investigaciones de Lino Betancourt trascienden el simple anecdotario. Sus conocimientos son apreciados por instituciones, cantantes, arreglistas, nacionales y extranjeros.
“He sido asesor en producciones discográficas –sonríe, pícaro–. ¡Son tantos años escuchando trova! Me gusta la música clásica, el changüí, de Oriente, pero sobre todo no me aburro de la canción trovadoresca. Y si muero, quiero que me la canten, aunque yo no la oiga”.
Al parecer, usted es coleccionista, le comento y señalo en dirección a un mueble cercano.
“Sí. Por ejemplo, tengo 30 discos del año 1926, del Septeto Habanero. Me han dicho que es un tesoro. Están como si fueran nuevos, ninguna aguja ha pasado por ahí. Y cada vez que ahora sale un disco, el trovador o el grupo me lo regala. Siempre lo escucho varias veces, no me canso. Además, si lo voy a poner en la radio, debo conocerlo.
“Mi programa se llama Cita con la trova, es diario y se transmite en Radio Taíno a las seis de la mañana, como una serenata. No sé hasta cuándo voy a poder seguir haciéndolo; me siento cansado, estoy enfermo, tengo una hernia en la columna vertebral, la pierna izquierda medio paralizada”.
No detecto pesadumbre en sus frases, más bien la constatación de un destino inevitable. Sin dudar, responde otra interrogante: ¿Prefiere algún músico o alguna composición?
“Longina es preciosa. Sin embargo, también hay un bolero del santiaguero Rafael Inciarte Brioso, quien hizo todas sus composiciones en Guantánamo, que me agrada mucho. Dice: “La vida ya no tiene más que encantos para mí, porque todo lo tengo ya”.
Encauzo la conversación hacia las versiones modernas hechas a los clásicos de la trova tradicional.
“Me parecen bien las que respeten la armonía, la melodía y la letra. De lo contrario, no tienen valor”.
Más de dos horas han transcurrido desde el inicio de nuestro diálogo. Es momento de la última pregunta: Matrimonio entre periodismo y música, si pronuncio esas palabras ¿en qué piensa al instante, sin reflexionar?

Se acomoda en la silla. Sin perder vehemencia, su voz se torna cálida. “No me da pena decirlo: yo he sido un poco bohemio, igual que los trovadores de antes. No les interesaba casi ni comer ni el dinero. Gran parte de ellos eran barberos, tabaqueros o vivían de vender baratijas por la calle. Dormían donde les sorprendía la noche. Esa existencia tiene un encanto tremendo, porque es libre, uno no se siente atado a nada.
“Añoro aquellas noches en Santiago, cuando era joven y asistía a serenatas; nos abrían las puertas y decían: pasen, pasen. Alguien sacaba una botella de ron, en las cocinas se freían tostones. Cantábamos y quien no sabía cantar daba palmadas, o cogía un cajón y tocaba. Pero no te equivoques, nunca incumplí con mi trabajo. Llegaba a las cinco de la madrugada a mi casa, me bañaba con agua fría, me afeitaba, me ponía un traje, zapatos lustrosos y me iba para la emisora o el periódico. Esa vida me encantaba”.


























