Los millonarios de siempre

Aquí no se habla de estibas de billetes o de fortuna en bancos, sino de valores que no tienen precio, en las arcas del sentimiento humano


Hace varios años, en Las Tunas, mientras barría la calle, sumergido entre recuerdos y meditaciones, un humildísimo tunero llamado Zacarías encontró un pequeño bolso de esos que algunos llaman “riñonera” o “canguro”. Eran aproximadamente las 5:00 de la mañana. Al abrirlo y percatarse de que había dentro un pasaporte extranjero, decidió llevarlo a las oficinas de inmigración, apenas amaneciera.

Cerradas, por alguna razón, el buen hombre fue entonces hasta la Unidad de la Policía, donde se procedió a relacionar en un acta todo el contenido: varios documentos, más de 2 000 Euros (en chavitos), tarjetas de banco, una valiosísima moneda que su dueño había comprado años atrás en 3 000 Euros… En fin, toda una fortuna de acuerdo con el valor del dinero en aquel entonces.

Foto. / Pastor Batista

¿Y qué sentiste al ver que entregabas todo aquello? –le pregunté. Y sin esperar ni un segundo, Zacarías respondió: “Me sentí lo que soy: un millonario”.

Sentí deseos de darle uno de esos abrazos que hacen crujir hasta las vértebras de la columna. El abnegado trabajador de servicios comunales vivía en un pequeño cuarto (sin terminar aún) que le había prestado un amigo, vestía ropa extremadamente humilde y calzaba un par de zapatos gastados por la inclemente rueda de los calendarios.

Hace poco, a 310 kilómetros de allí, un jubilado espirituano, reincorporado laboralmente al sector del transporte, me hizo recordar a Zacarías.

“Me gustaría conocer un día a ese hombre. Jamás olvidaré su noble gesto al venir desde Banao para devolver mi billetera” (Luis Cruz Rodríguez). / Pastor Batista

Se llama Luis Cruz Rodríguez y no barre calles; tampoco halló y devolvió una billetera. Todo lo contrario: había perdido la suya, pedaleando entre el llamado Reparto Kilo 12 y su hogar, en Los Olivos 1.

“Sentí que el mundo me caía encima –me confesó. Lo que más me angustiaba no eran los “kilos” (en billetes) con que en estos duros tiempos suele andar un hombre jubilado como yo. Me preocupaban, además, el carné de identidad, el de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, la tarjeta de banco y otros documentos de gran valor sentimental. Esa noche no pude dormir”.

Tras aguardar un poco, con la esperanza de que alguien la hubiese encontrado y la devolviera, decidió dirigirse a las oficinas del Carné de Identidad, y comunicar lo ocurrido e iniciar trámites para sacar un nuevo documento.

Por su oriunda humildad, personas así suelen devolver la billetera que encuentran u otra pertenencia similar. / Pastor Batista

Lejos estaba de imaginar que, estando precisamente allí, ocurriría el milagro salvador. Por medio de una llamada, desde su hogar, supo que un vecino había llegado con la billetera. La emoción remontó tal nivel que, quien regresaba, a desesperado pedal, no parecía ser un anciano, sino un niño.

“No fui yo quien la encontré –le explicó el vecino. La trajo un hombre a quien ni conozco; no es de aquí, vive en Banao. Dijo que encontró tu billetera cerca de la Feria. Como no pudo traerla al instante, regresó hoy para entregarla”.

Meditando acerca de algo muy raro, que el hombre llevara la billetera a la casa de un vecino y no a la de Luis, ambos llegaron a la conclusión de que, seguramente, lo hizo para evitar que este último quisiera darle dinero o tuviera algún otro gesto parecido, en gratitud.

“Ni siquiera sé cómo se llama –me comentó con cierta nostalgia Luis. Me hubiera gustado tanto agradecerle lo que hizo por mí”.

Pero como la gratitud no se rinde, horas después Luis caminaba hacia Radio Sancti Spíritus “para que todo el mundo supiera que, a pesar de estos duros tiempos, en nuestra sociedad sí hay muchas personas honradas, sensibles, con valores, capaces de tener gestos tan sanos y desinteresados como ese”.

El dinero que había dentro de la billetera, tenía un monto, una cuantía. Haberla hallado, conservarla, regresar luego desde el poblado de Banao y devolverle la tranquilidad a un humilde jubilado, es una especie de “transferencia millonaria de valores” o lo que es igual: algo imposible de cuantificar en metálico porque, sencillamente, “no tiene precio”.

Lo sabe usted, que ahora lee estos breves apuntes. Lo saben muchísimos cubanos que han hallado y han devuelto pertenencias igualmente valiosas. Y lo sabe todo el que, en medio de enorme angustia, ha vuelto a tener en sus manos algo que ya daba por perdido cuando en verdad –como afirma entre acordes Fito Páez– siempre hay quien venga a ofrecer, sanamente, su corazón.

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