Cuando la dimensión comunicacional de un conflicto pasa de elemento pasivo a puntal, para una desestabilización mayor, no es algo casual
El terrorismo beligerante en África es asunto muy serio y está sumergido en otro de mayor envergadura: el terrorismo de la dependencia económica, financiera y de seguridad con las antiguas colonias. Porque, si bien los pueblos africanos se han emancipado de manera formal empeñándose en la superación del subdesarrollo, desafortunadamente, en no pocos casos, siguen sujetos indirectamente a las metrópolis. Vayamos por partes.
Terrorismo local
El 21 de enero de 2025, la vicesecretaria general de la ONU Amina Mohammed declaró en el Consejo de Seguridad: “África continúa siendo el epicentro del terrorismo mundial y se necesitan más medidas para cumplir los compromisos internacionales para su combate”.
Igualmente, el Centro de Lucha contra el Terrorismo de la Unión Africana (Autuc) denunció que en la zona subsahariana se produce 59 por ciento de todas las muertes relacionadas con el terrorismo en el mundo. La organización regional hace todo a su alcance para buscar soluciones propias; sin embargo, la pobreza y las rivalidades de clanes siguen estando entre algunas de las principales causas del flagelo. Lastres coloniales.
Según el informe, el Sahel es la “zona cero de una de las crisis más brutales del mundo”. Además del surgimiento de nuevos grupos, Al Qaeda señorea, atemorizando a poblaciones indefensas a pesar de los muchos esfuerzos por frenarlos. Esa fue una de las causas de los cambios en Burkina Faso, Níger y Malí, países que, junto a reivindicaciones de soberanía, sostienen alianzas entre sí y con naciones emergentes: China y Rusia.
Y si bien esto último, propiamente, no puede ser asociado directamente con el repunte del terrorismo beligerante, sí existe un resquemor en Occidente debido a la llamada nueva independencia de las tres naciones y, por ende, hay un laissez-faire en relación con la violencia armada. Algunos analistas van más lejos, sostienen que el Al Qaeda de hoy en día sigue siendo financiado y pertrechado desde fuera: su nacimiento tiene la génesis en la codicia Occidental y de los EE.UU. por dominar un continente de ingentes riquezas naturales. También el Sahel es zona de disputa geoestratégica, dados los nexos con la Rusia de Vladimir Putin y la China de Xi Jinping.

Brazo largo del colonialismo
De lo anterior se desprende a grosso modo, y con una simplificación analítica, que la violencia yihadista, el contrabando de oro, combustible, ganadería, etcétera, y la competencia entre élites locales, tienen la marca de esa disputa. Alcanzar la soberanía en ambientes hostiles siempre trae aparejadas reacciones de aquellos sujetos negados a aceptar cambios de realidades.
Los antiguos intereses actúan en la sombra, a través de un enrevesado engranaje de influencias donde es imposible acusar de forma directa a París, Madrid o Washington. Sin embargo, Moscú y Bamako señalan a Ucrania como plaza de mercenarios, otro elemento clave de la desestabilización regional, más allá del terrorismo “local”.
En el sitio web The Diplomat se explican el actual estado de cosas de la siguiente manera: “Las capitales sahelianas recelan de la agenda europea por asociarla a tutelas del pasado. En paralelo, actores no occidentales –compañías de seguridad y acuerdos bilaterales con potencias emergentes– llenan el vacío con ofertas rápidas de protección y apoyo político. Para la UE, la cuestión no es competir en músculo militar, sino en legitimidad y utilidad: seguridad de comunidades, servicios esenciales, infra y agricultura resiliente”.
El periódico digital Geoes21, por su parte, lo narra así: “las fuerzas occidentales quedaron atrapadas en una guerra sin final claro, donde los avances militares no se traducían en seguridad duradera. La percepción local era que las tropas extranjeras no lograban resultados tangibles y en algunos casos que su presencia agravaba las tensiones internas. La muerte de soldados franceses y el alto costo económico alimentaron el cansancio político en París. Emmanuel Macron anunció oficialmente el fin de la Operación Barkhane en 2022, marcando el inicio de la retirada progresiva del dispositivo militar francés”.
Y he aquí varias imprecisiones, pues Occidente, Francia en específico, fue sacado del Sahel por voluntad expresa de esos pueblos, los cuales exigieron la salida de las tropas galas en un acto considerado de “segunda independencia”. En el pasado reciente debían pedir autorización del Elíseo ante cualquier problema, máxime el de la seguridad. Hoy en día, a partir de la cooperación militar con países del Sur Global y Rusia, han mejorado en el equipamiento y el entrenamiento militar, por lo que están listos frente a las diversas facciones terroristas.
Caso Malí
El 26 de abril de 2026 fue asesinado en un atentado terrorista el ministro de defensa de Malí, el general Sadio Camara. La víspera, hubo una ofensiva masiva contra ese país, la que fue coordinada por el Frente de Liberación de Azawad (FLA o grupo independentista tuareg), el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM), así como la filial de Al Qaeda en el Sahel.
Esta incursión, generalizada hasta este minuto, ha podido ser contenida por Bamako, pero los meses previos los medios de comunicación europeos han estado dando las visiones más convenientes a su narrativa, haciendo énfasis en el “colonialismo” ruso y chino, y sobre “serios problemas al interior de Malí”, todos con análisis sesgados.
Se ha desatado una campaña mediática tendenciosa. Veamos algunas consideraciones del experto argentino en temas africanos y articulista de PIA (Periodismo Internacional Alternativo) Beto Cremonte: “Si algo dejó en evidencia la secuencia del 25 de abril no fue únicamente la capacidad operativa de los grupos armados o la respuesta del Estado maliense, sino la velocidad con la que se construye una interpretación dominante antes de que los hechos terminen de desarrollarse. En cuestión de horas, la ofensiva ya había sido leída como un síntoma de colapso estatal, incluso cuando los combates seguían en curso y la situación en el terreno estaba lejos de estabilizarse”.
Y continúa: “Este punto es clave para ordenar el análisis: la ofensiva existió, fue amplia y coordinada, pero no logró consolidar un escenario de colapso estatal inmediato, ni siquiera sostenible del relato. La diferencia entre impacto inicial y resultado efectivo es, precisamente, el espacio donde se construyen las interpretaciones. Para nosotros, no hay tales interpretaciones, como comunicadores comprometidos no podemos hacernos eco de las mismas y solo señalar los sucesos como ‘información en proceso’ o ‘conflicto en curso’, deslindándonos la responsabilidad de dar informaciones concretas”.
Hay mucho en juego al ser Malí una nación de grandes proporciones, la sexta más grande de África, aunque con una enorme deuda externa; depende todavía del Banco Mundial, del Banco de Desarrollo africano o de Fondos Árabes. Hasta hace tres años atrás tenía lazos muy estrechos en lo económico con la Unión Europea (UE), Francia, Estados Unidos, Canadá, Países Bajos y Alemania. Estas “alianzas” no lograron sacar el país a flote y es cuando decide optar por la emancipación nacional. Ello le trajo rechazos.
Sigamos con Cremonte: “La cobertura mediática en Occidente y sus voceros locales, esos mismos que sistemáticamente festejan cualquier revés de los gobiernos soberanos del Sahel, no tardaron en calificar la situación como una ‘junta desbordada’ y un ‘fracaso del apoyo ruso’. Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goita (Assimi, líder de la nueva junta maliense) y el fin del experimento anticolonial en Malí”.
Los pueblos del Sahel necesitan de apoyo y de confianza en sus proyectos emancipatorios, los que demandan de asistencia también para luchar contra el terrorismo, pero una desinteresada o en el marco de un esquema de “ganar-ganar”, nunca con fines de explotación foránea.
Entonces una pregunta nos ronda: ¿debe considerarse a la información tendenciosa un tipo de terrorismo?





















