La estrategia comunicacional de Donald Trump trasladó la lógica del meme a la guerra: eliminar la complejidad, privilegiar el impacto y convertir su fracaso en propaganda viral
El humor nunca es inocente: cada época construye el suyo y, con el tiempo, también lo juzga. Los chistes que dominaron el prime time televisivo durante años —basados en estereotipos y burlas hacia “los otros”— han envejecido mal. Lo que antes provocaba risa hoy suele percibirse como una expresión de mal gusto, cuando no directamente de violencia simbólica. Aquella comedia, cimentada en la ridiculización de los más vulnerables, ha dejado un rastro incómodo.
De esos restos, sin embargo, no surgió necesariamente un humor más empático, sino otra forma: un humor cínico y oscuro que, a través de los memes, normaliza la crueldad bajo el disfraz de lo irónico.
Para Juan Ruocco, autor de ¿La democracia en peligro?, la genealogía del meme político puede rastrearse hasta espacios marginales de internet, como el subforo “Políticamente incorrecto” de 4chan. “La politización de los memes está vinculada a su anonimato: la ausencia de identidad habilita discursos que, de otro modo, serían socialmente sancionados, como el racismo o la xenofobia”, señala.
Ese potencial no pasó inadvertido. Durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, el equipo de Donald Trump detectó una oportunidad en la avalancha de memes dirigidos contra Hillary Clinton y comenzó a amplificarlos desde sus propias cuentas. “La derecha encontró una forma contemporánea de actualizar viejas ideas”, sostiene Ruocco. “Los memes se convirtieron en una herramienta clave para vehiculizar discursos políticos de manera eficaz y masiva”. En su lectura, son la propaganda de nuestra época.

Ruocco inscribe este fenómeno en el marco del “capitalismo posmoderno”, retomando las ideas de Gilles Deleuze sobre la sociedad de control. Si en etapas anteriores el sistema moldeaba a los sujetos a través de instituciones como la escuela o la fábrica, hoy opera mediante flujos, modulaciones y redes descentralizadas. “El meme es profundamente deleuziano: no tiene un centro emisor claro, circula, muta, se reconfigura. Sus significados se construyen en tránsito”, explica. Y, como todo artefacto cultural, no es ideológicamente neutro: hay memes de izquierda, pero predominan —según su análisis— los de derecha y ultraderecha.
Bajo esta lógica, incluso la comunicación política institucional ha comenzado a transformarse. Las cuentas oficiales de Donald Trump, por ejemplo, han desplazado el tono formal hacia un lenguaje más cercano a la cultura digital: piezas ambiguas, códigos internos de internet, contenidos diseñados no para explicar, sino para circular.
Ahí reside el núcleo del problema. Cuando la lógica del meme se impone, incluso hechos de extrema gravedad pueden convertirse en espectáculo viral: bombardeos reales editados con estética de videojuego, acompañados de música acumularon millones de visualizaciones en la guerra en Irán- La frontera entre información, propaganda y entretenimiento se diluye, mientras crece el rechazo de quienes han vivido esas experiencias fuera de la pantalla.
Durante años, la comunicación institucional de Estados Unidos —especialmente en torno a la guerra— ha sido uno de los terrenos más vigilados del poder. Esta no fue la primera administración en ser acusada de adoptar un enfoque insensibilizador frente a las imágenes militares.
En 1991, las conferencias informativas del Pentágono durante la Operación Tormenta del Desierto, con su énfasis en imágenes incruentas de armamento de alta tecnología, fueron señaladas por inaugurar una era de “guerra Nintendo”.
Tampoco fue, ni de lejos, la primera vez que la guerra y la cultura popular se entrelazan: basta ver, por ejemplo, los cortos de Looney Tunes de tono pro-bélico realizados durante la Segunda Guerra Mundial, o los aviones de combate decorados con imágenes de Rita Hayworth.
Aun así, antes existían ciertos límites. Franklin D. Roosevelt no emitía noticieros que mezclaran imágenes de combate con escenas de The Three Stooges. Hoy, en cambio, hay señales claras en los personajes que la Casa Blanca elige para sus productos. Para empezar, casi todos son hombres. No es un detalle menor: esa selección dialoga con el uso sistemático de memes en redes sociales para interpelar a audiencias jóvenes y con una retórica política centrada en la restauración de una masculinidad supuestamente perdida, especialmente en el ámbito militar.
No es casual, entonces, que uno de los videos se abra con la voz de Tony Stark —interpretado por Robert Downey Jr.— pronunciando una frase cargada de simbolismo: “Papá ha vuelto”. El mensaje implícito no apela a la argumentación, sino a una emocionalidad primaria: autoridad, orden, regreso del poder.
Pero más allá de esa pulsión, la lectura que hace la maquinaria política de Donald Trump sobre la guerra responde a un objetivo más profundo: eliminar la necesidad de narrativas complejas. No se trata solo de simplificar, sino de sustituir la explicación por el impacto. En ese esquema, la política exterior deja de ser un terreno de deliberación para convertirse en un producto de consumo rápido, diseñado para circular, acumular visualizaciones y generar adhesión inmediata.
El problema es que esa simplificación no logra ocultar las contradicciones de fondo. La guerra, en términos estratégicos, fracasó desde el inicio. El objetivo declarado —crear condiciones para un cambio de régimen— nunca se concretó. Irán terminó siendo, más bien, el conflicto que Trump nunca logró comprender. Buscó una intervención breve, un golpe de fuerza que reafirmara la supremacía militar estadounidense y disciplinara a su adversario. El resultado fue el inverso.
Lo que comenzó como una ofensiva sin una estrategia clara derivó en una crisis de escala global: disrupciones energéticas, presiones inflacionarias y una reconfiguración geopolítica que, paradójicamente, fortaleció a sus principales rivales. La promesa de una victoria rápida se transformó en un atolladero. Y, frente a ese escenario, la respuesta comunicacional fue redoblar la simplificación: encapsular el conflicto en piezas virales, estetizar la violencia y convertir la derrota en una narrativa de triunfo. La promoción dirigida, sobre todo, a varones jóvenes, adolescentes o en sus veintes. En ese cruce entre propaganda, cultura digital y política, lo que está en juego no es solo el relato de una guerra, sino la forma misma en que las sociedades contemporáneas la consumen.





















