Con la intención de remediarlo, su madre lo llevó al jutjutsu (*). Después Benito Guerra Ramírez se convirtió en maestro de varias artes marciales, ha formado a más de un centenar de alumnos y combatió fusil en mano en casi 40 oportunidades en Angola
La confesión sorprende porque quien la hace lleva una espada japonesa entre las manos, ha dedicado más de medio siglo a las artes marciales y conserva la serenidad de quienes aprendieron a convivir con la disciplina, el esfuerzo y el dolor.
Sin embargo, Benito Guerra Ramírez, ahora 9no. Dan, sonríe y recuerda:
—Yo le tenía miedo a la oscuridad cuando era niño.
A veces las grandes historias comienzan así. No con una victoria, una medalla, ni siquiera una vocación. Comienzan con un miedo.

El niño
Su madre buscó ayuda. El médico le sugirió inscribirlo en cualquier disciplina de combate. Podía ser boxeo, judo o cualquier otra. Lo importante era que el niño ganara confianza.
Ella conocía a Sejitochi Morita, considerado el padre del jujutsu en Cuba. Trabajaban en el entonces centro deportivo Armando Mestre. Un día tocó a su puerta.
La respuesta del maestro quedó grabada para siempre en la memoria familiar.
—¿Te acuerdas cuando te dije que ese niño que venía en camino sería alumno mío?
Morita lo había dicho años antes, cuando la madre de Benito todavía estaba embarazada.
Y cumplió su palabra.
A partir de ese encuentro comenzó una relación que duraría doce años y marcaría toda una vida.
“Cuando pase de esta verja para acá es mío; de la verja para allá es suyo”, le advirtió a la madre.
Benito tenía apenas seis años.
Hoy, con 63, todavía recuerda aquella escena.
Vitamina P

La historia podría parecer exagerada en quienes observan las artes marciales desde afuera.
No lo es.
Morita pertenecía a una generación formada bajo códigos extremadamente rígidos. Sus métodos de enseñanza resultarían difíciles de entender para muchos padres actuales.
Los castigos incluían largas horas de inmovilidad, tareas domésticas, ejercicios agotadores y lecciones destinadas a desarrollar la resistencia física y mental.
El maestro tenía incluso una expresión que todavía provoca sonrisas entre quienes lo conocieron.
La llamaba “Vitamina P”.
La letra no significaba paciencia.
Significaba Palo.
“Muchos pasaron por allí; pocos se quedaron”, resume Benito.
Sin embargo, aquellas experiencias dejaron huellas profundas.
Mientras otros niños evitaban las colas o protestaban por cualquier tarea doméstica, él aprendía a soportar molestias, controlar impulsos y cumplir responsabilidades. Sin saberlo, estaba construyendo una voluntad que años después resultaría decisiva.
Angola

Porque la historia de Benito no transcurre únicamente entre dojos, espadas y tatamis.
También pasa por Angola.
A los 18 años fue llamado al servicio militar y aceptó cumplir misión internacionalista. Terminó integrado en unidades de lucha contra bandas armadas.
—Tengo alrededor de 36 o 37 acciones de combate reconocidas.
Participó en operaciones complejas, largas caminatas y jornadas en las cuales el cansancio, la sed y la incertidumbre formaban parte de la rutina.
Esos méritos llevaron a que después le otorgaran la medalla de primera clase como combatiente internacionalista.
Allí recibió la noticia que más le dolió durante esos años: su maestro había fallecido.
—Fue un golpe muy duro. Para mí era como un segundo padre.
La voz cambia apenas cuando lo recuerda.
No necesita añadir mucho más.
Al escucharlo, uno comprende que las verdaderas enseñanzas de Morita iban mucho más allá de las técnicas de combate.
Quizás por eso, cuando habla de artes marciales, rara vez comienza por los golpes.
Prefiere hablar de valores.
Menciona la lealtad. La gratitud. La disciplina. El honor. La actitud ante la vida.
“La gratitud al maestro debe ser eterna”, afirma.
Y enseguida establece un paralelo con los padres.
Para él, esas enseñanzas constituyen el verdadero corazón de las artes marciales tradicionales.

Durante años entrenó en el dojo de la Universidad de La Habana, hasta que el vandalismo, y la falta de control, lo destruyó y sus clases tuvieron que mudarse al Parque Martí.
No rendirse
Durante más de medio siglo ha entrenado y enseñado. Calcula que más de un centenar de alumnos han pasado por sus manos.
Hoy mantiene un grupo pequeño.
Alrededor de 16 practicantes se reúnen con él los lunes, miércoles y viernes.
No le preocupa que sean menos.
—Es mejor trabajar con pocos que realmente tengan interés.
Su filosofía resulta coherente con la naturaleza del arte que practica. No busca formar campeones para un torneo. Busca formar personas.
Por eso insiste en conceptos poco frecuentes en tiempos dominados por la inmediatez: paciencia, constancia y permanencia.
Entre las experiencias que más lo marcaron figura un seminario impartido por un maestro japonés.
Los participantes debían repetir una misma secuencia con la espada una y otra vez. Sin descanso. Sin explicaciones.
Poco a poco comenzaron a abandonar.
Algunos se rendían por agotamiento.

Otros por dolor.
Otros por cansancio mental.
Al final quedaron solamente tres (entre ellos él).
Entonces el maestro habló.
Les dijo a quienes habían abandonado que estaban muertos.
Muertos en combate.
Muertos en la vida.
Porque se habían rendido.
La enseñanza lo sigue acompañando veinte años después y quizás explique muchas cosas.
Explica al niño que venció el miedo a la oscuridad.
Explica al joven que resistió en Angola.
Explica al maestro que continúa enseñando.
Y explica también por qué, después de más de medio siglo de práctica, todavía sigue estudiando, entrenando y aprendiendo.
Cuando se le pregunta a qué dedica el tiempo libre no titubea: “A las artes marciales”.
Porque para él nunca han sido únicamente una forma de combate.
Han sido, sobre todo, una manera de vivir.
Mis maestros
“Sí, claro, guardo mi mayor reconocimiento para Sejitochi Morita, mi profesor del jujutsu. También para el Soke Sekiguchi Takaaki, maestro de Iaijutsu(**), de la línea Muso Jikiden Eischin Ryu Komei Juku. Y en judo Luis Vázquez, Rolando Caballero, Ramón Armenteros y Roberto Álvarez. A César Towie, a quien le debo todos mis conocimientos del uso y trabajo de la espada. A Carlos García, del boxeo francés”.
(*) arte que se conoce usualmente como jiujitsu
























Un comentario
Cuanto me he emocionado al leer este escrito, cuantos recuerdos de la infancia me vienen a la mente, aqui resume parte de tu vida en el dificil camino de las artes marciales que tanto amas y al que haz dedicado toda tu existencia. Eres un verdadero guerrero, te forjaste en la mas estricta disciplina que formo tu caracter, tu integridad, tu nobleza, tu honestidad, tu sensibilidad y el amor por tu familia, nuestros padre, tus hijos, hermanos, sobrinos, esposa y amigos. Me siento muy orgullosa de tener un hermano como tu, te amo profundamente, un beso grande y un abrazo por y para siempre