Rusia gana terreno mientras Washington y Bruselas negocian tras bambalinas
La cumbre en la Casa Blanca entre Donald Trump, Volodímir Zelenski y representantes de la Unión Europea (UE) concluyó sin anuncios relevantes. No obstante, bajo la superficie se libra una disputa diplomática sobre el papel de Estados Unidos en Ucrania.
Aunque no hubo un resultado decisivo, todo indica que las verdaderas negociaciones ocurren entre bastidores. El comportamiento del presidente republicano –en especial su negativa a repetir los mensajes de Kiev y Bruselas en las conferencias posteriores– deja en claro que no logran convencerlo los argumentos europeos y ucranianos para sostener la implicación occidental en el conflicto.
Un pulso estratégico
La cita y los movimientos que la rodearon evidencian una pulsada diplomática. Moscú busca apartar a Washington de la contienda, mientras Bruselas y Kiev intentan mantenerlo firmemente de su lado. La ausencia de nuevas sanciones tras el encuentro entre Trump y Putin en Alaska sugiere que Rusia ganó terreno. El norteamericano incluso pasó de exigir un alto al fuego a promover conversaciones directas de paz, una postura más cercana al Kremlin.

Consecuencias sobre Europa
Los anuncios recientes afectan a una Unión Europea que, hasta ahora sin éxito, ha reclamado un lugar en las negociaciones. Fiel a sus compromisos electorales, Trump insiste en que el bloque asuma el costo de la financiación de armas para el país eslavo. Desde la Casa Blanca se busca capitalizar esas compras y las derivadas del rearme europeo, un plan al que parecen haberse plegado casi todas las naciones miembros, con la excepción de España, que ha anunciado estar explorando alternativas a la adquisición de cazas F-35 Lightning II.
En este contexto, un Zelenski visiblemente subordinado –como dejó entrever incluso su vestimenta, en contraste con la de febrero cuando en el mismo Salón Oval fue humillado por Trump y el vicepresidente James Vance– acudió a Washington acompañado por los principales líderes europeos. Estuvieron presentes el primer ministro británico, Keir Starmer; el presidente francés, Emmanuel Macron; el canciller alemán, Friedrich Merz; la primera ministra italiana, Giorgia Meloni; el secretario general de la OTAN, Mark Rutte; la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen; y el presidente finlandés, Alexander Stubb. Todos respaldaron al político ucraniano, quien volvió a solicitar mayor implicación estadounidense.
A pocos días de su encuentro con Putin en Alaska, Trump dejó de insistir en la urgencia de un cese del fuego o en la amenaza de nuevas sanciones. Respondió a Merz y Macron asegurando que “estratégicamente, una tregua podría ser desventajoso para una de las partes” y planteó la necesidad de un acuerdo “de largo plazo”. Aprovechó además en atribuirse haber detenido seis guerras recientes sin recurrir a una pausa previa, autoproclamándose “pacificador en jefe”.
Al término de la reunión, el mandatario anunció en Truth Social: “Llamé al presidente Putin e inicié los preparativos para otra cita, en un lugar por determinar, entre (él) y Zelenski”. El gobierno ruso confirmó la llamada, pero no el encuentro. Lo que sí trascendió fue la posibilidad de elevar el rango de los representantes en las conversaciones.
De hecho, tras la cumbre de Washington, Trump conversó durante 40 minutos con Putin. Según filtraciones, no hubo exigencias de Estados Unidos: simplemente acordaron mantener el canal directo.
Una guerra por delegación
El 17 de noviembre de 2024, The New York Times publicó un editorial de Megan Stack en el que recuerda que, dos meses después del inicio de la Operación Militar Especial rusa, el secretario de Defensa de EE. UU., Lloyd Austin, declaró que Washington convertiría en arma el “patriotismo” ucraniano y prolongaría una guerra que difícilmente se podría ganar, con el objetivo de “debilitar” al gigante eurosiático y provocar su “derrota estratégica” sin enfrentarse directamente con ella. “Creo –escribió Stack– que es correcto calificar la situación en Ucrania como una guerra por delegación”.
En su arrogancia, al considerar a Rusia una simple “estación de servicio con un ejército”, Estados Unidos y la OTAN confiaron en que bastarían las sanciones, el aislamiento, la guerra proxy en Ucrania y una campaña de rusofobia para precipitar el colapso del país. Días después, Moscú mandó una “señal”: el misil hipersónico Oreshnik, con el que advirtió que estaba dispuesto a enviar “mensajes adicionales” si Occidente no reevaluaba la situación. Hoy, Trump parece haber entendido que heredó un tablero desfavorable y busca capitalizar el fin de las hostilidades.
Habrá que ver cómo se mueven las fichas en los próximos meses. Por ejemplo, Putin puede negociar con fuerza el comercio de tierras raras. Producto de la guerra en Ucrania buena parte de esas reservas quedaron, al menos hasta ahora, en manos rusas. Esto abriría las puertas a un posible acuerdo comercial, cada vez más urgente, dada la importancia estratégica de esos minerales en la informática y la robótica.
Ambos jefes de Estado dejaron claramente establecido que se han sentado las bases para avanzar hacia acuerdos de fondo. Hay muchos otros temas que deberán ser objeto de futuros análisis: Rusia es la potencia naval indiscutida del Ártico y Estados Unidos necesita asegurarse de que este no se convierta en un lugar controlado por Moscú. Ante el formidable avance de la misilística se torna indispensable pensar un nuevo acuerdo nuclear y en eso Washington tiene más interés, habida cuenta la preeminencia rusa en este rubro.





















