En medio de la crisis, muchos cubanos sienten que el amparo que debería llegar en los momentos más duros, no llega. Ante la ausencia, el pueblo se une y crea sus propios mecanismos de gestión comunitaria
Hay una sensación que recorre las calles. No es solo la escasez, ni las horas de colas, ni el apagón; es la certeza, cada vez más extendida, de que cuando más se necesita una respuesta, esta tarda en llegar.
En cualquier momento de crisis, el Estado debería jugar un papel de protector, el organizador de la respuesta, el que reparte lo poco de forma justa y aparece primero cuando algo se rompe. Sin embargo, en el día a día de esta Cuba de 2026 esa función parece estar retrocediendo justo cuando más falta hace. Las instituciones llegan tarde a los problemas de la cuadra –la basura, el agua, el transporte, la electricidad– que se acumulan sin que nadie con autoridad para resolverlos, aparezca.
Frente a esa ausencia, el pueblo cubano debe volver a mirar hacia adentro, hacia el barrio, hacia el vecino y construir ahí sus propios mecanismos de gestión comunitaria.
Experiencias como la de Matanzas muestran el camino. Desde su perfil de Facebook de Yuni Moliner, periodista yumurina, inició la búsqueda de establecimientos que aceptaran la transferencia como método de pago. Luego nació un grupo de WhatsApp y, más adelante, un grupo de jóvenes desarrolló una aplicación donde un mapa del municipio se llena de colores para mostrar esos negocios que admiten, y en qué cuantía, la moneda digital.

Otra muestra fue en La Habana, donde una cuadra entera decidió limpiar, organizar y vigilar su propia esquina porque el camión de la basura no llegaba. Entre los vecinos, acordaron transportar la basura hacia un lugar donde sí se recoge con regularidad, recoger dinero para pagarle a un vecino por barrer la calle y montar una vigilancia vecinal para evitar nuevamente la acumulación de desechos.
Son gestos pequeños, aislados, pero apuntan a entender que nuestro bienestar inmediato depende, cada vez más, de nosotros mismos. Mientras la mano que se necesita no se asome, o lo haga tarde, la organización popular deberá volver a ser el sostén.
Si no es por esos mecanismos ideados por el propio pueblo, la realidad está llamada a ser más dura todavía. Toca, entonces, entender esta unión como la manera más concreta de que el barrio, la cuadra, el edificio, no queden completamente solos frente a lo que falta.
La organización popular es un mecanismo que este país ha sabido usar, guardar y, cuando hace falta, volver a sacar. No hay triunfo en contarlo, tampoco hazaña, es la constatación de una costumbre que retorna porque la necesidad la trae de regreso. Y mientras la crisis no dé tregua, esa práctica, la de organizarnos, la de mirar al vecino como parte de la solución, seguirá siendo, para los cubanos una “curita” ante los problemas.
























Un comentario
Muy atinadas esas acciones y ojalá se repitan en distintos territorios porque realmente nos sentimos indefensos ante tantas dificultades del día a día y eso nos enferma, sí, picos de presión y otros accidentes más graves por disgustos y nula solución a los problemas.