El 5 de mayo es Día Mundial de la Higiene de Manos, iniciativa de la Organización Mundial de la Salud. Lavárselas es un derecho humano, esquivo todavía para millones de personas en el mundo
Ellas preceden nuestros gestos cuando nos quedamos sin palabras para describir lo inconmensurable o se mueven en comunicación fluida para quien no puede oír: “Hola, ¡qué bien, ya llegaste!”. Escarban las malas hierbas, sostienen la llave inglesa en el montaje de tornillos y tuercas, llevan el alimento a la boca, mueven el carboncillo en fiesta plástica de duendes y demonios, entregan una flor, abren el manoseado libro de poemas, soportan el peso de un fusil, guían el tránsito, anudan las pañoletas escolares.
Manos que sienten y crean, aunque no siempre han sido tratadas con esmero aun cuando hay quien pueda permitirse gastar un dineral en su adorno. Al vivir en sociedades demandantes de esfuerzos por llegar a fin de mes, no todos pueden recibir tratamiento de manicura. Sin embargo, hay coincidencia sobre el necesario lavado.

De eso sabe el equipo médico presto a una operación, también las de mínimo acceso, cuyos cirujanos y asistentes se someten al lavado quirúrgico, pero, igual, cada uno de nosotros debemos tener similar cuidado al llegar a casa, manipular alimentos o después de ir al baño.
Esta práctica es relativamente reciente, porque hasta 1846 nadie se había cuestionado la higiene en los hospitales, los cuales eran lugares de concentración de heces, orines, gusanos y hasta piojos. Fue el médico húngaro Ignaz Semmelweis, quien -estudiando las estadísticas- se percató de cómo en un hospital la tasa de mortalidad era hasta cinco veces más alta que en los hogares.
Él quiso introducir entre sus colegas el lavado de las manos en la práctica habitual y como requisito indispensable de cuidado. Viena solo le prodigaba burlas, en tanto las puérperas atendidas por galenos morían cual moscas, y las cuidadas por parteras sobrevivían; ellas lavaban sus manos; los médicos, no. Los primeros muchas veces venían de diseccionar cadáveres, las segundas eran sumamente pulcras.
Con observación científica, Semmelweis estableció que debían sumergirse las manos en solución de cal clorada, y ahí sí, las embarazadas rebasaban los exámenes y parían sin mayores contratiempos, al menos en lo relativo a este aspecto higiénico. Con razón en la actualidad se le tiene a Semmelweis como aquel de larga mirada anterior a la teoría de los gérmenes de Louis Pasteur, Joseph Lister y Robert Koch.
¿Cómo se tardó tanto tiempo en asumir ese hábito salvador si ya había jabón desde la época de los sumerios, allá, donde radica Iraq? Simplemente se le tenía en el rango de productos de belleza y limpieza de palacios. Jamás se le tenía formando un eslabón del necesario ejercicio de higiene poblacional, y menos del vulgo.
Todavía a pesar de su importancia este sigue siendo un derecho humano esquivo en cerca de 2 000 millones de personas, a causa de la pobreza, escasas políticas de concienciación o una deficiente labor educativa en niños, adolescentes y jóvenes. También las personas mayores, casi siempre entre las de bajos ingresos, carecen del acceso imprescindible a los útiles de limpieza y ni tan siquiera a lavabos y baños acordes a la ancianidad. El acceso al agua limpia es crucial en esta ecuación, manos-higiene.

Algo anda muy mal en la Humanidad cuando un único jabón puede costar 3800 dólares. Se trata del artesanal “Qatar Royal Soap”, confeccionado de polvo de oro, miel virgen y diamantes. Sus consumidores viajan en lujosos jets y pueden alejarse de las zonas de guerra, mientras los niños de Gaza malviven en medio de la suciedad, mueren de enfermedades infecciosas y de aguas contaminadas. Ellos ansían como ningún otro niño una mano extendida, libre de sangre y sí, limpia, ahora, de crímenes.




















