Por. / María Luisa García Moreno
Los topónimos encierran curiosidades. El de América, como se sabe, se debe a Américo Vespucio, explorador florentino nacionalizado en Castilla, quien participó en algunos viajes al Nuevo Mundo y se atribuye un papel protagónico en el “descubrimiento” de estas tierras.
De acuerdo con nuestro origen mezclado, dos son las fuentes primarias de los nombres de nuestros países: una, los que los pobladores autóctonos se daban a sí mismos y los conquistadores asumieron; y, la otra, derivada de la visión de los europeos.
Entre los que proceden de las lenguas originarias se hallan México, viene del náhuatl Mexihco, que significa “en el ombligo de la luna”; Haití, cuyo nombre nos llega del arahuaco y equivale a “tierra montañosa”; Jamaica, surge del arawakan Xaimaca y quiere decir “tierra de bosques y aguas”; y Guatemala, cuya denominación se deriva del maya Goathemala, “territorio muy arbolado”; entre otros. El topónimo Cuba –ya lo referí en otra ocasión–, según don Fernando Ortiz, tiene origen taíno, procede de la raíz ciba: “piedra, montaña, cueva”. Según el holguinero José Juan Arrom, proviene de Kuban,“mi campo, mi terreno” y el lingüista Sergio Valdés Bernal plantea: “tierra labrada o habitada”.
Entre los que deben su nombre a los europeos se hallan República Dominicana, por santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos; Barbados, en las Antillas Menores, por la asociación hecha entre las higueras que abundan en la isla y cuyas largas raíces aéreas se asemejan a barbas; Venezuela significa “Venecia pequeña” y surge de la relación establecida por los españoles entre el lago Maracaibo y aquella ciudad italiana (debe recordarse que los sufijos uelo y a se usan para formar diminutivos, como en chicuelo); Argentina viene del latín argentum, “plateado”, por el río La Plata; Brasil de brasa, por el ibirapitanga o palo-brasil, su árbol nacional, de excelente madera roja como el fuego.
Mezcla de etnias, de costumbres, de lenguas: eso somos.


















