El general de Ejército Raúl Castro, en diálogo con Tamayo, al concluir el vuelo cósmico. / Archivo de BOHEMIA
El general de Ejército Raúl Castro, en diálogo con Tamayo, al concluir el vuelo cósmico. / Archivo de BOHEMIA

Paseo turístico no, arriesgada aventura científica

El comandante soviético de la Soyuz-38, Yuri Romanenko y el piloto cosmonauta cubano teniente coronel de las FAR Arnaldo Tamayo Méndez, dieron 18 vueltas al planeta Tierra  


Tras dos años de entrenamiento, el jueves 18 de septiembre de 1980, a las 22:19:50, hora de Moscú, un oficial del ejército de la patria de Martí y Maceo, se convertía en el primer latinoamericano y ser humano con sangre africana en sus venas que llegaba a la inmensidad del Cosmos. Un diario argentino lo anunció así: Rusos llevan a pasear a un cubano al Cosmos.

Partieron desde el cosmódromo de Baikonur, en el Asia central soviética. Era la séptima tripulación internacional para el acoplamiento de la Soyuz-38 al complejo orbital formado por la Soyuz-37 y el laboratorio espacial Saliut-6.

El cohete portador, de más de 300 toneladas de peso y 20 millones de caballos de fuerza, llevaba a los dos hombres en su “nariz” rumbo al espacio sideral. Cada escafandra empleada pesaba 42 kilogramos. En tres instantes diferentes del vuelo los cosmonautas las vestían para mantener temperatura, presión, humedad y el oxígeno necesario dentro de ella: durante el despegue, el acoplamiento y el descenso.  

La delegación cubana visitante

El cosmonauta cubano saliendo de la nave. / Archivo de BOHEMIA

La delegación cubana que viajó a la otrora Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas -URSS- a observar la partida estuvo presidida por el entonces segundo secretario del Comité Central del Partido y ministro de las FAR, Raúl Castro Ruz. La integraban también los periodistas cubanos que presenciaron el arranque.

A los 120 segundos del despegue, a unos 50 kilómetros de altura, cuatro depósitos gigantescos de combustible ya agotados completamente, conformaron la parte que primero se suelta y cae en un punto predeterminado del desierto asiático soviético de Kazajstán. A 120 kilómetros de nuestro planeta Tierra –165 segundos después de partir– se desengancharía la segunda parte del cohete portador. En la punta, estaba la cápsula espacial; es decir, la nave donde volaban Romanenko y Tamayo.

Exactamente en la cola del cohete comenzaba todo el riguroso proceso del vuelo cósmico; es la parte del vehículo aéreo llamada o conocida como primera y segunda etapas. Transcurridos 235 segundos del desprendimiento de la segunda etapa, se alcanzaba la denominada “primera velocidad cósmica”: 7.91 kilómetros por segundo, entonces “se escapaba” la Soyuz-38 de la fuerza gravitatoria de la Tierra.

Raúl dijo al Comandante en Jefe por teléfono: “Te informo que a las 22.11:04 –hora de Moscú– fue lanzada la nave Soyuz-38 con Romanenko y Tamayo. Ya pasaron los momentos de mayor peligro y se encuentran en el cosmos, según lo planificado”. Y Fidel comunicó su felicitación “a todos los amigos soviéticos por el nuevo éxito obtenido, en nombre del Partido, del Gobierno y del Pueblo cubanos”.

Indicativos secretos de la travesía

Los nombres en clave de los cosmonautas del laboratorio espacial Saliut-6, eran “los Dniepers”; o sea, los correspondientes a Leonid Popov y Valeri Riumin. “Zaría” el apelativo también en clave del Centro de Dirección de Vuelos Espaciales en las afueras de Moscú. Y los indicativos secretos de los cosmonautas Romanenko y Tamayo eran “los Taimires”.

No existe diferencia alguna entre la nave de práctica y la que volaba tripulada por ellos dos. Antes de partir, el cosmonauta tiene que conocer su vehículo con los ojos cerrados, saber dónde está cada tornillo, cada tuerca, cada alambre, y nada puede quedar a la sorpresa y poner en peligro su vida.

En una esfera con su sistema de acoplamiento instalado y un volumen interno de seis metros y medio trabajan y descansan los cosmonautas, junto a los aparatos radiotécnicos de aproximación, televisión y mantenimiento de la vida dentro de la nave. Debajo de esta importante porción de la cosmonave está el módulo de ascenso y descenso donde se conciben tres situaciones críticas del vuelo: cuando despegan, maniobran para el acople con el laboratorio orbital y cuando descienden.

Hay, por supuesto, pequeños motores de salvamento en caso de algún problema en el despegue y así evitar quedarse dentro de la nave, atrapados a los asientos, y poder lanzarse en paracaídas.

Curiosidades del acontecimiento

Los alimentos eran ingeridos en tubos plásticos semejante al de la pasta dental. Cada vuelta a la Tierra duraba una hora y media. Al circunvolarla a más de 300 kilómetros de altura, la noche duraba solo 37 minutos y el día no pasaba de entre 45 y 47 minutos

La Soyuz-38 se acercó a unos 45 metros de su meta y redujo la velocidad de aproximación a solo 60 centímetros por segundo. La diferencia de velocidad de ambas naves se había reducido a solo 30 centímetros por segundo y cuando “chocaron” al fin, los tripulantes de los dos vehículos espaciales debieron haber sentido solo, según dijeron viejos cosmonautas, como el sonido de dos vagones de trenes cuando se enganchan.

El pacífico “tropiezo” tuvo lugar al finalizar la vuelta 18 a nuestro globo terráqueo, el 19 de septiembre, a las 23 y 49 horas de Moscú. La primera estación orbital que comenzó a circunvolar la redondez singular de nuestro globo terráqueo, fue un suceso mundial en abril de 1971.

Investigaciones de ambos cosmonautas

Ambos tripulantes espaciales festejan su éxito. / Archivo de BOHEMIA

Unas 20 investigaciones médico-biológicas, de exploración de nuestro planeta, físico-técnicas y sicométricas efectuaron los dos cosmonautas. Por ejemplo: la actividad eléctrica del cerebro, la función del arco del pie, los cambios hormonales por el estrés, si crecen o se encogen los viajeros cósmicos, la repercusión circulatoria de la sangre, la detección de los principales recursos naturales de Cuba -terrestres y marinos-, y el levantamiento fotográfico del territorio de nuestro archipiélago y su plataforma insular.

Fue todo un acontecimiento emocional y humano ver en el cielo de la capital cubana el 23 de septiembre de aquel 1980 el paso nocturno del complejo orbital sobre el cielo de La Habana, entre las 19.51 horas y las 19.58 horas. Fácil de ver porque la atmósfera estaba despejada tras una tarde lluviosa. Daba la impresión de ser una pequeña pero nítida estrella muy alta que se desplazaba del suroeste al noroeste.

Para terminar, la sensacional palabra del propio piloto cosmonauta Arnaldo Tamayo Méndez sobre una pregunta que nadie, por temor, la efectuaba: ¿Cómo orinaban y defecaban en el cosmos?: Por el momento, explicaría Tamayo, me autoadjudico el palo periodístico que explica esta función tan natural de una persona en el espacio cósmico: Existe una taza sanitaria con un sistema especial de succión que conduce la orina y el excremento hasta unos dispositivos herméticos, los cuales son periódicamente liberados y lanzados al vacío espacial, donde se queman hasta desintegrarse totalmente como resultado de la enorme fricción.

Aquella bola de fuego que bajaba hacia la Tierra, se trasladaba con una impresionante rapidez, tomó un color rojizo unos segundos para después apagarse completamente cual fósforo sumergido en un recipiente de agua. Al salir de las capas densas de la atmósfera, a una velocidad cercana a los 700 km por hora, entró en funcionamiento el sistema de paracaídas que, de un tirón, la redujo a solo 30.

El sonido producido por este paracaídas al abrirse a 10 000 metros de altura, se escuchó en un radio de 100 kilómetros a la redonda, según informaron los expertos después. Al menos se divisaba en medio de la oscuridad de la noche, gracias a la escandalosa pintura anaranjada y blanca que cubría sus 1 000 metros cuadrados de tela especial y a la pequeña luz intermitente situada en la parte superior del módulo, como gritando bien alto: Aquí estoy ya.   

Sépase algo más: en el descenso final los cosmonautas fueron depositados sobre las arenas del desierto de Kazajstán, con la misma delicadeza con que una madre coloca a su infante en la cuna. A solo un metro de la tierra, el freno ocurrió de esta manera: bajó la velocidad a 3.7 metros por segundo: aproximado a 13 kilómetros por hora. Uno de los veteranos de los viajes al espacio universal, aclaró: “Si difícil es subir, mucho más difícil es bajar, pues a los cosmonautas en sus naves en vuelo, al efectuar la bajada, no son ayudados por los santos, sino empujados”.

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Fuente consultada

Vámonos, de Gilberto Caballero Almeida, Editorial Gente Nueva, La Habana, 1981.

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