El inmueble, casi cuatro veces centenario, pertenece al complejo de museos arqueológicos de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. / LEYVA BENÍTEZ
El inmueble, casi cuatro veces centenario, pertenece al complejo de museos arqueológicos de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. / LEYVA BENÍTEZ

Recintos multicolores

Un set de película, imágenes rescatadas de mansiones coloniales, sonoras palabras italianas aguardaban a los visitantes


Hermosa esa casona de la calle Obispo entre Mercaderes y Oficios con sus balcones de madera, su pequeño patio interior y su aire de longevidad bien llevada. Data de 1648 y es la más antigua (entre las aún existentes) del Centro Histórico habanero. En ella radica, desde 2006, el Museo de la pintura mural, donde este año se ha retomado un Andar que tiempo atrás despertó el interés de disímiles personas.

Este año el Andar por la pintura mural incluyó la proyección de audiovisuales y el recorrido por salas de la casona donde se exhiben dibujos creados en diversos siglos. / Cortesía de la entrevistada

“Anteriormente los asistentes recorrían varios inmuebles de La Habana Vieja. Ahora lo realizamos de manera virtual, mediante audiovisuales para enseñar qué son estas pinturas, su importancia histórico-cultural, la relevancia del museo”, puntualiza Aitana Lambert Rodríguez, Licenciada en Preservación y Gestión del Patrimonio Histórico, del Colegio Universitario San Gerónimo.

Durante el ciclo del presente agosto -–como periodistas de BOHEMIA quisimos asistir al tercer encuentro–, ante asiduos participantes en las Rutas y Andares de la Oficina del Historiador, la especialista no solo les presentó los audiovisuales, sino también los condujo a algunos espacios de la casona y les expuso –vista hace fe– las características de “los collages y vestigios arqueológicos, los ornamentos globales y puntuales, los zócalos –se elevan hasta un metro y algo por encima del suelo, con decoraciones que pueden ser de un solo color, imitar a las flores o consistir en una banda horizontal gruesa, una línea fina de una coloración diferente y abajo pequeñas hojas que simulan arbolitos– y las cenefas, localizadas sobre las puertas y en los arcos y columnas que sostienen el techo”.

También les describió “el proceso de consolidar las pinturas murales, esa conservación preventiva que se les aplica para evitar su deterioro; y la precisión que se debe tener a la hora de hacer los reintegros”. Ese último término significa que a partir de los segmentos visibles se procede a reproducir, en las áreas donde se ha perdido, el diseño original. Asimismo, disertó acerca de las acciones emprendidas por el museo en cuanto al inventario y a la catalogación de las ornamentaciones descubiertas en construcciones del Centro Histórico.

¿Qué aspectos les interesaron más a los andantes de las semanas anteriores?, le pregunto.

“Una de las interrogantes que se repite es de qué modo se preservan mejor las pinturas. En segundo lugar, pidieron información sobre el inmueble, de quién había sido, por qué se convirtió en museo”.

Sorpresa tras sorpresa

Aitana Lambert define las técnicas empleadas para extraer, completar y preservar los hallazgos. / LEYVA BENÍTEZ

Como muchas de La Habana Vieja, la edificación pasó por varios dueños y funciones. Su primer propietario fue Antón Recio. Y, por ejemplo, aquí funcionó la Casa de la moneda.

Nos explica igualmente la museóloga: la institución cuenta con cinco salas: “La número uno contiene una monografía acerca de la pintura mural en Cuba, desde el arte rupestre hasta la actualidad; la dos se nombra Cecilia Valdés porque en ella se grabaron escenas del filme Cecilia y las figuras que cubren sus muros fueron hechas para la película. A la tercera la denominamos la sala ambientada, ahí se recrea una parte de cómo pudo ser siglos atrás ese espacio: un salón comedor, o incluso de descanso, donde el dueño se sentaría a escribir sus cartas. La cuarta está dedicada a los procesos de restauración, los visitantes observan cómo se consolida el muro, se fija el dibujo, se reintegran los fragmentos faltantes y se aplica el barniz protector.

“La sala cinco, en la planta baja, es de exposiciones transitorias, allí se exhiben hallazgos arqueológicos de otros inmuebles (mayormente objetos rescatados de las letrinas). También en dicha planta mostramos la historia de la casa; asimismo, un croquis en el cual se señalan varias edificaciones de las cuales se han extraído pinturas murales”.

Segmentos de ornamentaciones resguardadas por marcos o dentro de vitrinas atraen la mirada en el segundo salón. No son originales del edificio.

Existen tres variantes para recuperarlas y preservarlas cuando las superficies en las cuales se asientan están en mal estado, aclara la experta. La técnica del strappo consiste en adherir una gasa sobre lo dibujado, “mediante pegamento, se deja secar y luego se extrae la imagen, se traslada a un soporte, se le hacen los reintegros que se consideren necesarios y se expone”. Con el procedimiento del stacco la pintura se desprende junto con el enlucido, o sea, la capa de yeso o estuco encima de la cual esta se colocó inicialmente. Y el sttaco a massello implica sacar el trozo de pared.

 En la cuarta habitación escuchamos que “cuando se interviene un inmueble se empiezan a hacer pequeñas calas en el muro para identificar sus pinturas. Es un trabajo muy laborioso, se efectúa capa por capa, con un bisturí”.  Al ver el colorido de los collages (parecen diseños puestos al azar uno al lado del otro, en realidad corresponden a numerosos niveles) inquiero qué tintes se emplean para restaurar y completar las imágenes.

“Eso lleva un estudio. Ante todo, necesitamos saber cuál fue la técnica usada en su confección –al fresco, al seco–. En dependencia de esta se seleccionan los pigmentos; tratamos de utilizar los más compatibles. En la mayoría de las pinturas al fresco se recurre a colorantes naturales”.

Vuelvo a indagar: ¿se conoce quiénes decoraron esta casa?

“No, ese tipo de ornamentación (zócalos, cenefas) lo realizaban artistas hoy anónimos. En otras edificaciones del Centro Histórico sí se han identificado obras de José Nicolás de la Escalera y Juan Bautista Vermay”.

Afanes de un profesional devoto

Collage arqueológico descubierto en la planta alta del inmueble. Cada diseño corresponde a una capa diferente de pintura. / LEYVA BENÍTEZ

En la sala Cecilia Valdés encontramos a Jorge Orta, especialista principal del museo, entregado a la labor de restauración. Pero su quehacer es mucho más amplio, pues incluye la preparación de un catálogo con los datos de todas las pinturas murales intramuros de La Habana Vieja. Su propósito es desarrollar un Protocolo de Registro que garantice dejar constancia de los hallazgos y de ese modo facilitar su protección.

Varias construcciones han cobijado “imágenes preciosas”, surgidas a lo largo de diferentes centurias, nos comenta. Entre dichos inmuebles el experto menciona la Casa de la Obrapía, la de Guayasamín, la Farmacia Sarrá.

Caminamos por la galería del museo hasta la zona en la cual se exhibe el paisaje que engalanó un patio en la calle Teniente Rey, número 159, esquina a Aguiar. Según la leyenda cercana a la pieza, la vivienda se edificó a finales del siglo XVII o a principios del XVIII. Durante las transformaciones posteriores, en sus recintos se fueron superponiendo pinturas murales que constituyen “evidencias del esplendor del edificio cuando era propiedad de la familia Martínez Oropesa”. En el rectángulo salvado percibimos torreones, una chimenea, árboles, la tapia que delimita la urbe. Lamentablemente, no resultó posible restaurar tal paisaje en su locación primigenia y mantenerlo allí, puesto que el muro se encontraba muy dañado.

Aunque las obras originales del museo son menos impresionantes, su variedad y cantidad llaman la atención. Orta precisa: “En la galería del primer piso y en las escaleras hay distintos tipos de zócalos, con colores como el rojo, el verde, el amarillo, el ocre”.

Sobre la tarea asumida por él esta mañana, especifica: “Estoy fijando capas. Lo hago despacio, con sumo cuidado”. Luego de veinte años dedicados a la profesión, el museólogo e investigador domina cualquier dolencia de las pinturas, desde las causadas por el desgaste de los morteros hasta las provocadas por la existencia de clavos cuya oxidación erosiona las paredes. A estos los extrae con instrumentos específicos y la pericia de “un estomatólogo”.

Decimos adiós a Aitana Lambert y a Jorge Orta con la esperanza de volverlos a ver el próximo verano y junto a ellos visitar no solo el Museo de la pintura mural, sino todas aquellas construcciones sobre las que tantas maravillas nos han hablado.

A las decoraciones originales de la edificación se suman algunas provenientes de otras construcciones coloniales. / LEYVA BENÍTEZ
El especialista principal del museo, Jorge Orta, restaura la sala Cecilia, una de las locaciones donde se filmó hacia 1980 la película cubana homónima. / LEYVA BENÍTEZ

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