Rehusarse a perder el alma

En medio de esta realidad áspera, una pregunta nos duele y e interpela como sociedad, ¿qué está pasando con nosotros? No me refiero a lo material, sino a algo más profundo. Me rehúso a pensar que la precariedad nos convierta en malos seres humanos.


Me rehúso. Cuando uno mira a su alrededor y tropieza con el cansancio acumulado en las esquinas de la ciudad o en los rostros de quienes hacen colas desde la madrugada, la tentación más grande es rendirse. Rendirse al mal humor, al desencanto, a la idea de volvernos malas personas.

Fuente: Generada con IA

Pero me rehúso a pensar que la precariedad, con su capacidad infinita para desgastarlo todo, pueda también minar el sostén de un pueblo durante generaciones: la solidaridad. Ese rasgo identitario, ese «toma», nos distingue en cualquier lugar del mundo.

Porque sí, las carencias hieren, duelen en el bolsillo, pero también nos ponen a prueba como seres humanos y, es ahí, en esa experiencia cotidiana, donde algunos han comenzado a flaquear, la insensibilidad se ha vuelto escudo para soportar y el «no me importa» se ha convertido en respuesta ante la desgracia ajena. Me rehúso a normalizarlo, a aceptar que, porque algo falta, también lo haga la empatía. Si hay algo demostrado en la historia, es la grandeza de Cuba, manifestada siempre en su gente.

Me rehúso a la insensibilidad, al agotamiento de volvernos extraños. Me rehúso a olvidar, incluso en las más absolutas limitaciones, el ser humano es verdaderamente lo importante.

Por eso me niego al maltrato como respuesta, ese de las ventanillas, en las que el funcionario de turno te atiende como si le estuvieras robando el tiempo; el de las colas, donde alguien te grita al preguntar el precio; el filtrado en las conversaciones de WhatsApp o comentarios de Facebook, en los que la descalificación y el odio han sustituido al debate. Me rehúso a la insensibilidad de quienes ya no se conmueven con la desgracia ajena porque la suya propia les ocupa.

La solidaridad ha sido siempre rasgo identitario del cubano. / escambray.cu

¿Acaso no importa? Importa la persona mayor en soledad, la madre soltera sin poder adquirir la merienda de su hijo, el enfermo necesitado de un medicamento. Al cerrar los ojos ante el sufrimiento del otro, estamos cerrando también la posibilidad de reconstruirnos como sociedad.

Rehusarse no es ignorar la realidad, es mirarla de frente, nombrarla, reconocer su crudeza y aun así impedirle dictar la última palabra sobre quiénes somos. Y si tú también te rehúsas, entonces todavía estamos a tiempo.

La pérdida de valores no es inevitable. Es una batalla librada en lo cotidiano. Cuando elegimos la amabilidad sobre el reproche o compartimos lo poco en vez de esconderlo, estamos derrotando a la mezquindad en su propio juego. Recordemos quiénes somos, un pueblo que, con menos, siempre ha dado más. Eso si no podemos darnos el lujo de perderlo. Por eso, hoy, me rehúso.

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