Criterios poco entusiastas despierta la tendencia a ejercer más de un empleo. Agotamiento, desgaste intelectual excesivo, dificultades para concentrarse y desempeñar con calidad las tareas constituyen algunas de las objeciones. Aunque no les falta razón a los críticos, ¿cómo llegar de otra manera a fin de mes, pues la inflación galopa desbocada, sin bridas?
Por otro lado, conozco a alguien que se ha propuesto salir airoso en su paso por las aguas –a menudo vertiginosas– del pluriempleo. Lo llamaré Jorge. Hace apenas dos años era un hombre pasadito de peso, jadeaba al subir las escaleras, su sedentarismo y nula iniciativa ante los retos de los nuevos tiempos le acarrearon un divorcio desmoralizador.
Hasta ese momento Leyla, su esposa, ponía sobre la mesa la mayor parte del dinero, mientras él seguía acomodado a la rutina oficinesca en una institución con almuerzo –un verdadero milagro– y guaguas para el personal.
El primer y el segundo mes de soltería se limitó a rumiar desdichas. El tercero, su estómago empezó a protestar por el mermado volumen de alimentos. El cuarto, se preguntó si habría una manera de estirar el salario. El quinto, los pantalones le quedaban anchos; descubrirlo no lo alegró, porque en lugar de sentirse en forma se estaba poniendo flácido, es decir, pellejudo, como le lanzó a la cara, cual si fuera la mejor broma del mundo, un colega. El sexto, en una reunión con el colectivo laboral, el director del organismo anunció el fin del almuerzo y la suspensión temporal del transporte. “Comprendan, compañeros –explicó– la actual cuota de combustible no alcanza”. Esa misma semana el protagonista de esta crónica tomó una decisión radical. Adiós al buró.
Comenzó por aceptar una plaza en el agromercado cercano a su casa: una hora diaria, de cinco a seis de la mañana, descargando mercancías. Al principio, aquello fue durísimo, a punto estuvo de perder la contrata. Mientras los demás acarreaban tres cajas, él movía una. “Mijo, ¿pa’ cuándo es esto?”, le gritó cierta vez un camionero impaciente. ¡Ay, los sacos de yuca! A sus puntas les encantaba incrustarse en los omóplatos, las clavículas, las costillas.
Sin embargo, sobrevivió. Algún día será uno de esos vendedores con tarima propia y bicicleta eléctrica –me ha confesado–, entonces Leyla lamentará su decisión. Entretanto, desempeña otros dos empleos. A partir de las nueve de la mañana, luego de soltar, bajo la ducha, tierra de varios colores, limpia los pasillos de su edificio. Son 18 plantas y jamás utiliza el elevador después de que un apagón lo sorprendió dentro de la chirriante caja metálica. Lo peor no es la cantidad de escalones, sino el descaro de algunos moradores. Apenas acaba de pasar la frazada y ya alguien tira en un rincón la jaba con la basura. Además, ¡esos gaticos y perritos que se escapan de las viviendas y hacen sus “gracias” en las áreas comunes!
No todo es negativo, por suerte. Numerosos jubilados habitan en el inmueble, se cruzan con él e intercambian saludos, noticas, chismes. Incluso lo admitieron en su peña dominical de dominó.
Al mediodía descansa. De cuatro a seis se convierte en mensajero. Lo principal es mantenerse informado: ¿Llegó el arroz?, ¿el azúcar?, ¿Habrá este mes productos para el aseo?, ¿Por fin recibieron las compotas destinadas a los niños?, ¿Se sabe algo sobre el café? Contados son los días en los cuales las jabas pesan. Y resulta agradable visitar a los clientes, avisarles cómo marchan las cosas, renovar sus esperanzas.
La anciana del décimo piso, una viuda sin parientes en La Habana, es un caso especial. Siempre lo aguarda con una merienda, extensos comentarios sobre las telenovelas e historias de su niñez. Jorge la escucha, la anima. Elogia el pudín, las torrejas. La señora cocina muy bien y sus ingredientes son inmejorables. Él mismo se los compra en la tienda de Boyeros, dólares mediante. De proveer los billetes se encarga el hijo, desde Islandia.
¿Por qué se fue tan lejos?, quiso conocer una tarde. A digerir el relato de 45 minutos y casi 100 fotos digitales lo ayudó una cuña de flan como no había probado en toda su existencia, elaborado según un recetario familiar de un siglo atrás.
Ese es otro aliciente: puede comer cuanto quiera y no engorda ni una onza. De los ahogos quién se acuerda. Es verdad que a veces padece de insomnio o se le descompensa la presión al imaginar la jornada siguiente. Sin embargo, cuando se coloca frente al espejo y observa el vientre liso, los bíceps y tríceps desarrollados en el último año, se infla de vanidosa satisfacción.
“Usted anda hecho un modelo –lo piropeó recientemente el vecino del apartamento 84, con voz acariciadora–, ¿dónde ha conseguido tanta salud?”. Por poco le da una mala respuesta, pero recordó los derechos refrendados en el Código de las Familias, esbozó una medio sonrisa y se alejó a la carrera.
Antier, mientras le reactivaban la vacuna contra la covid, una doctora del policlínico lo miró de una forma… Tal vez valdría la pena…
Aunque solo fuera para darle celos a su exmujer, quien al coincidir con él en la panadería todavía levanta desdeñosa la nariz. ¿Corazón de hielo u orgullo porque le gana por una cabeza, es decir, un empleo? Hasta la 1:00 p.m. ella atiende pacientes en el consultorio. De 2:00 p.m. a 5:00 p.m. vende artículos en el portal de la casa de su tía, donde reside. A las 6:00 p.m. pasea un cachorro lanudo, criado a todo trapo por la anciana conversadora del décimo piso. Después de comer prepara adornos destinados a las fiestas de bodas y quinces que organiza una amiga suya, también enfermera.
Hoy conversé con un Jorge de rostro entre feliz y asustado.
–¿Hablaste con la doctora? –le pregunté.
–Mucho mejor.
–¡Salieron tan pronto!
Demoró en responder. Disfrutaba atizando mi curiosidad.
-Anoche me desvelé… se me ocurrió una idea… Internet está lleno de sitios…
–¿De citas?
Negó con la cabeza.
–Le escribí por WhatsApp. No me hizo caso. Insistí y nada… Finalmente tecleé la palabra mágica: emprendimiento.
–¿¡Cómo!?
–Le propuse a Leyla crear juntos una página web sobre vida activa y saludable. Incluiríamos publicidad, anuncios clasificados…
–Algo así demora en ser rentable. ¿Piensan conservar los demás trabajos?
Hizo una mueca. Se frotó las manos.
–Claro. Ella cree que podremos con todo. Ya me mandó a averiguar dónde obtener los permisos, a hacer una lista de anunciantes, a encontrar un informático, una computadora de alta gama.
–Tranquilízate, saldrá bien –le palmeé el hombro mientras pensaba: pobrecito, te has puesto la soga al cuello. ¿Pero qué decirle a un hombre enamorado?




















