El autoproclamado “Presidente de la paz” y frustrado aspirante al Premio Nobel ha sido, sin embargo, el más belicista de los últimos tiempos
A la altura de esta década del siglo XXI se esperaban promesas de crecimiento económico y justicia social sin fin, de desarrollo global y derechos humanos, de un mundo basado en el comercio pacífico. Pero cómo cambian las cosas. Hoy, el futuro se ha vuelto una amenaza: pandemias, crisis climática y energética, países en desmoronamiento, la operación militar en Venezuela, colonización digital. Los cambios parecen destinados, casi con certeza, a empeorar.
Donald Trump acaba de destruir lo poco que quedaba del tan mentado “orden mundial basado en reglas”. El bombardeo de múltiples instalaciones militares –con los daños sobre civiles– en Caracas y otros sitios, seguido del secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros, pone al sistema internacional al borde del colapso.
El mandatario arma hasta los dientes al genocida Benjamin Netanyahu y le prodiga toda clase de protección, desde la diplomática hasta la militar y mediática; obliga a los europeos a comprar armas y pertrechos militares para sostener a Volodimir Zelenski en una guerra, la cual Trump había prometido terminar en 24 horas.
Además, se atribuye logros de paz imposibles: asegura haber traído estabilidad a Gaza, cuando en realidad la población enfrenta hambre, sed y colapso sanitario, mientras más de seis mil camiones cargados de alimentos, agua y medicinas esperan hace meses en la frontera; y se vanagloria de haber logrado la paz entre Camboya y Tailandia, aunque los ataques entre ambos países continúan sin pausa.

Ahora una operación fugaz y costosa terminó con el secuestro del Presidente de Venezuela y su esposa, Cilia Flores. En su conferencia pública, Trump aseguró: este operativo militar demuestra que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo, en un mensaje directo a China y, en cierto sentido, también a Rusia. No solo eso: se proclamó a sí mismo como administrador imperial de Venezuela.
La desesperación del republicano por mostrar algún éxito en política exterior, tras casi un año de continuos traspiés, lo llevó a apostar todas sus fichas en la operación venezolana. Nada de lo hecho por el magnate neoyorquino debería sorprendernos: los imperios, como hemos repetido cien veces, exacerban su violencia en su fase de declinación. Los himnos triunfales que hoy suenan en Pennsylvania Avenue se escuchaban también cuando se bombardeaba furiosamente a Vietnam y, décadas después, a Afganistán.
En ambos casos, Estados Unidos terminó sufriendo derrotas traumáticas y humillantes. Si algo enseña la historia es que las injerencias suelen terminar mal para el imperio.


















