Estados Unidos se arroga la condición de único sujeto soberano pleno. /eldiario.es
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Trump y el delirio de poder

La escena más célebre de Chaplin vuelve como metáfora de un presente en el que el mundo parece un juguete en manos del poder


Donald Trump ya no disimula: su codicia es insaciable. Su figura empieza a recordar, cada vez más, a Adenoid Hinkel, el personaje con el que Charlie Chaplin caricaturizó a Hitler. Al igual que aquel dictador de ficción, el republicano exhibe rasgos de grandilocuencia, egolatría y una peligrosa vocación manipuladora. No sorprende, entonces, que la célebre escena del globo terráqueo –símbolo del delirio de dominio absoluto– siga siendo una referencia inevitable cuando se piensa en el poder ejercido como farsa y amenaza al mismo tiempo.

Después de escuchar a Garbitsch, uno de sus hombres de confianza, Hinkel se deja llevar por ese infantilismo que también caracteriza a Trump y ensaya distintas piruetas con un globo terráqueo hinchable. El personaje del gobernante le ha animado a atacar al imaginario Austerlich, asegurándole que esa agresión provocará un shock global. Embriagado por estas palabras, el protagonista pide unos momentos de soledad y comienza a jugar con el globo terráqueo: lo hace girar como una peonza sobre un dedo, lo impulsa con el pie, las rodillas, el trasero, lo abraza. Su sueño de ser emperador del mundo está al fin al alcance de su mano, mas -cuando menos lo espera- el globo explota. Desolado, Hinkel se desploma sobre la mesa de su despacho y solloza como un niño. No sé si Trump lloraría en esa situación, pero sí está claro que sus delirios imperialistas están colocando al mundo al borde del abismo.

El secuestro de Nicolás Maduro en Caracas y los bombardeos selectivos que dejaron decenas de muertos –en su mayoría miembros de las fuerzas de seguridad del presidente, incluidos 32 cubanos– recuerdan inquietantemente a la Blitzkrieg hitleriana: ataques sorpresivos, uso desmedido de la fuerza y desprecio por el derecho internacional.

El Garbitsch de Trump se llama Stephen Miller. Jefe adjunto de Gabinete de la Casa Blanca, hijo de un especulador inmobiliario y aficionado a los trajes a medida; habló con el mismo cinismo durante una entrevista con Jake Tapper en CNN: “Vivimos en el mundo real, un mundo gobernado por la fuerza, la dureza y el poder”.

En este contexto, su gestión intenta que el poder político se vuelva asimétrico: Estados Unidos se arroga la condición de único actor plenamente autónomo, mientras las demás naciones serían tratadas como entidades subordinadas y dependientes, cuya legitimidad práctica se mide por su grado de alineamiento con la Casa Blanca.

Frente a esto, las vidas de los cubanos que en la noche del 3 de enero entraron en el desigual combate y murieron por la dignidad de todos los hombres y mujeres de este mundo no caben en la lógica ni en los cálculos de la maquinaria de muerte que pretende dominarnos.

La emoción profunda que nos une, al recordar a nuestros muertos y la certeza de ser el amor heredado de quienes nos dieron la vida, confirman la victoria. Como escribió el periodista italiano Vittorio Arrigoni en 2008, desde las llamas de Gaza “seguimos siendo humanos”.

El personaje de Chaplin tiene el sueño de ser emperador del mundo, pero cuando menos lo espera el globo explota. /elmundo.es

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