En junio, 27 países eligieron sus 720 diputados al Parlamento Europeo hasta 2029. Se reforzó la extrema derecha. Comunista griego habla especialmente para BOHEMIA
“Psicológicamente, como siempre, estoy bien; pero me siento muy cansado por los temas políticos. En las elecciones al Parlamento Europeo me sucedió algo que jamás me había pasado: hasta el último minuto tuve dificultades para decidir por cuál partido votar. Por ejemplo, el Partido Comunista de Grecia –del que fui miembro hasta 1989, cuando se produce la escisión– nunca expone un programa de gobierno que sea puramente práctico; no quiere colaboraciones con otros partidos políticos y organizaciones cuyo objeto de apoyo sea una posición leninista; pone a Rusia al mismo nivel que al imperialismo estadounidense. Y, por otro lado, cómo ver otras opciones si Syriza, que estuvo liderado por Alexis Tsipras, comenzó como un partido de izquierda y luego traicionó a nuestro pueblo, que lo llegó a respaldar en 62 por ciento en los propósitos de negociación con la Unión Europea (UE). En la actualidad, Syriza es uno de los peores partidos socialdemócratas de la región”. Palabras estas del sociólogo griego y comunista de entraña Anastasio Saradopuls, quien accedió dar sus opiniones a Bohemia en exclusiva.

La República Helénica –una de las más pobres de la Unión, ubicada en el sureste del continente– despertó grandes simpatías mundiales por sus posturas progresistas y populares, las que resultaron cortinas de humo, porque, como bien dijo Anastasio, el entonces partido de Gobierno le dio la espalda a los ciudadanos, decantándose por los intereses comunitarios y de los grupos de poder. En ese suceso de decepciones llegó la hora del partido conservador Nueva Democracia,de Kyriakos Mitsotakis, el cual volvió a repetir su victoria con algo más del 40 por ciento de los votos, lo que; sin embargo, no puede verse como un éxito completo, ya que frente a la boleta muchísimos de sus compatriotas tuvieron la misma duda de Anastasio (en la actualidad es militante de una nueva agrupación comunista). De ahí, el alto porcentaje de abstencionismo y de papeletas en blanco de una ciudadanía sumamente atada al alto costo de vida, derivado de años de políticas de austeridad y de reformas económicas neoliberales.
El hastío, los sentimientos de indefensión, la pérdida de confianza en las izquierdas tradicionales y la apatía política condicionaron en Grecia lo que puede marcarse como tendencia general: el auge de la derecha y la extrema derecha. Sobre ese particular nuestro entrevistado expresa su indignación por la fragmentación de la izquierda “clásica”, la cual debería pensar en objetivos superiores y no en enfrascarse en guerritas intestinas: “En Grecia hay 14 tipos de Partidos de izquierda, con porcentajes muy pequeños de incidencias. Y lo peor: discuten sobre quién es más marxista que los demás, evitan el diálogo entre sí para mantener una supuesta pureza ideológica. Dicho esto, es muy difícil entonces decidir por quién votar, porque es como si te asesinaran los probables caminos. Lamentablemente, para los griegos las cosas salieron mal; el partido de derecha que –en su opinión- es Gobierno, primó, aunque en total la derecha y la extrema derecha obtuvieron el 52 por ciento; en tanto, el Partido Socialista (socialdemocracia) el 13 por ciento y Syriza un 15 por ciento. Los comunistas alcanzaron un nueve por ciento; el resto de la izquierda junta, cerca del seis. Este es nuestro panorama, bastante similar a lo ocurrido en las demás naciones donde se ven retrotraer aspiraciones que han movido a la humanidad. Ahora, en cambio, avanzan peligrosamente ideas tenidas ya como anacrónicas, pero si miramos sociológicamente todos los componentes sociales, la mesa está servida para lo peor del espectro político de derechas. Aunque no nos llamemos a engaño: en el fondo, existen coincidencias de principios entre todo ese espectro elegible ‘democráticamente.”
Pintura general
El 2024 es ya particularmente tensionante para la comunidad internacional, por la serie de sucesos conocidos por los lectores. A la UE se le añade la elección de 270 diputados a la Asamblea Legislativa de sociedades que, como pocas veces antes, están acosadas por crisis económicas, inflacionarias, migratorias, políticas y de los más variopintos signos. Los 27 países llamados a votar hicieron un alarde de independencia y de confianza en sus instituciones democráticas, que, como las décadas del 30 del pasado siglo, se ven amenazadas por una nueva ola de fascistización, contenida en discursos de odio de cara a grupos marginales, entiéndase emigrantes o los “diferentes”.

El Parlamento Europeo repite liderazgo con el Partido Popular Europeo (PPE, europeísta y de centroderecha), con 191 diputados; le sigue la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas (S&D, se autodenominan de centro-izquierda, con 137 diputados, mas deberán pelear duro para conseguir legislaciones sin mayores trabas debido al auge de la extrema derecha. Situados estos elementos de la ecuación, debe subrayarse que se catapulta a los extremistas hacia lugares prominentes de la política europea, pues su vinculación con el gran capital transnacional tal vez sea una de las condiciones decisivas. Con leguaje tipo Trump o Bolsonaro exacerban los sentimientos y así logran disfrazar sus verdaderas intenciones económicas, proclives al neoliberalismo. En el punzante artículo “Viejos y nuevos fascismos”, el catedrático universitario e investigador social argentino Marcelo Colussi reflexiona que estas ultraderechas se revisten de planteos conservadores siempre “ligados a posiciones supremacistas, racistas, patriarcales y homofóbicas, excluyentes de cualquier tipo de diversidad; pero fundamentalmente: defensoras acérrimas del capitalismo. Más aún: defensoras de un capitalismo salvaje que se ha venido imponiendo con los planes neoliberales desde hace ya casi cinco décadas. Se elige, quizá sin saberlo claramente, la entronización del mercado, de la supremacía absoluta de los capitales sobre la masa trabajadora, se opta por la pulverización de la protesta social y el endiosamiento del ´sálvese quien pueda’ individualista que se ha venido imponiendo en estas décadas, con una adoración absoluta de la iniciativa privada sobre el Estado, al que se considera inservible, sobrante”. (1)
Colussi desentraña, asimismo, algo fundamental con respecto al triunfo del supremacismo blanco, la xenofobia y un conservador terror anticomunista: “los actuales planteos supremacistas de ultraderecha se dan todos en el marco de esa democracia burguesa, parlamentaria. La gente, con voto popular, elige a estos dirigentes neofascistas, quizá sin saber lo que están prefiriendo. Por tanto, abominamos esa democracia, llamada representativa. En ese sentido no está de más recordar una muy pormenorizada investigación desarrollada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el 2004 en países de Latinoamérica donde se destacaba que el 54,7 por ciento de la población estudiada apoyaría de buen grado un gobierno dictatorial si eso le resolviera los problemas de índole económica”. El intelectual argentino residente en Guatemala enfatiza la necesidad de “abrir un debate genuino sobre el porqué la población votante lo expresa así. Democracia formal sin soluciones económicas no sirve, no es democracia. Años después, en el 2022, la encuestadora CID-Gallup realizó una investigación similar en doce países de la región, encontrando resultados análogos: la media de conformidad con la democracia como solución a los problemas cotidianos no supera el 50 por ciento. Debe entenderse en ese contexto que ahí ‘democracia’ es sinónimo de acto electoral y no más que eso. Por eso a las poblaciones, ese ritual repetido cada tanto tiempo no le soluciona sus problemas más acuciantes (…). La dicotomía real del mundo sigue siendo ‘capitalismo-socialismo’. En otros términos: la lucha de clases, y no otra cosa, es la que continúa dinamizando la historia humana”. Lo óptimo sería que el ideal de un socialismo no prostituido atrape otra vez el imaginario de pueblos entregados a la orgía capitalista, que como en Grecia todavía pagan caro la traición.
Negación de los resultados
El ejemplo más ilustrativo del terror burgués a causa del reciente tambaleo de su democracia representativa, acostumbrada al juego del Gatopardo, lo protagonizó el presidente francés, Emmanuel Macron, cuando anunció la disolución de la Asamblea Nacional para convocar a elecciones legislativas anticipadas, después de que la derecha, específicamente el Partido Reagrupación Nacional (RN) venciera a su alianza política de centro. Mientras escribíamos este comentario se daba la primera vuelta de las elecciones gala (30 de junio), la segunda se efectuará el 7 de julio del 2024. En una presentación ante los medios periodísticos, Macron declaró que los resultados preliminares de las elecciones al Parlamento Europeo «no representan un buen resultado para los partidos que defienden Europa”. «Los partidos de extrema derecha avanzan en todas partes del continente. Es una situación a la que no puedo resignarme”, apuntó. (2)

Le faltó ser honesto y encarar la realidad de la gente que no solo ve mermados sus derechos en el bolsillo, sino también en la protesta ciudadana. La brutalidad policial de París contra las movilizaciones populares en reclamo de mejores salarios o acuerdo ambientales y comerciales, dirigidas por Los Chalecos Amarillos o Francia Insumisa, de Jean Luc Melénchon, recuerdan las “mejores” épocas del imperio francés, reafirmando la idea sobre el espejismo de la conmiseración de los ricos. Tal cual. Contrariamente a Grecia, en Francia puede estarse articulando la consolidación de una izquierda que en el futuro le haga resistencia al RN. Una encuesta del Instituto Elabe pronosticaba que ese partido, en alianza con Los Republicanos (LR, derecha conservadora), iba a obtener una sólida mayoría relativa o incluso una mayoría absoluta, con lo cual la extrema derecha sería la fuerza líder, con entre 260 y 295 asambleístas.
En cuanto a la llamada locomotora de Europa (que ahora se mueve muy lentamente), Alemania, allí la coalición gobernante va perdiendo popularidad. Algunos expertos indican que esto se debe al apoyo a Ucrania y a las sanciones contra Rusia, que resultaron un bumerán, con el deterioro económico de las mayorías teutonas. A diferencia de Macron, el canciller Olaf Scholz, en entrevista con la cadena de televisión ARD, si bien admitió que el asunto en cuestión “se trata de un problema geopolítico muy grande que Alemania es incapaz de resolver», también mencionó como componente crucial para la pérdida de simpatías las afectaciones sobre todo a la población de Alemania Oriental, que siente una «terrible decepción» al no ver cumplidas sus ilusiones de vivir como la otra parte del país. Para el veterano político esa es la razón principal del desplazamiento de los votantes hacia la derechista Alternativa para Alemania, AFD. (3)
























3 comentarios
Muchas gracias por éste excelente análisis sobre la derechizacion europea y su nefasto impacto para el mundo.
creo.en la democracia con justicia social, alimentación sana, agua corriente, electricidad, respeto al medio ambiente, transporte, salud para todos, servicios públicos garantizados, en fin el buen vivir. Mucha democracia sin nada de eso es inutil
Excelente análisis. Muy actual y sobre un fenómeno lamentablemente ‘en pleno desarrollo’, la ultra derechización de la política y auge neoliberal, no solo en Europa. No es el entorno más favorable para nuestros heroicos esfuerzos por hacer triunfar el asediado proyecto socialista cubano. Por suerte también avanza un cada vez más fuerte movimiento contra hegemónico al que procuramos integrarnos.