Misterioso cajón dentro del “tubo”. Un IL-76 soviético y un helicóptero cubano cuadran también la caja. Proa hacia la frontera con Namibia. Otra de esas “bombas” con que Fidel acostumbra a matar al adversario, sin dañarle ni un cabello
Que nuestro Comandante en Jefe era sencilla y divinamente impredecible, que solía aparecer con las soluciones, alternativas y decisiones que nadie imaginaba… es algo incuestionable.
Entre las numerosas ocasiones que pude percatarme de ello, suele acudir a mi memoria una de las vivencias más interesantes que tuve en suelo angolano y que incluí muchos años después en un libro titulado Arma secreta de Cuba en Angola, aguardando por impresión y presentado digitalmente el 2 de diciembre de 2025.
A continuación, ese relato.
Fidel deja helado a Pieter Botha
–¿Por qué si el IL-76 está listo, no acaban de mandarnos a subir y nos vamos ya? —indaga, medio inquieto, un teniente.
De inicio, nadie le responde, pero al cabo de unos segundos un fornido mulato de ojos saltones, con charreteras de capitán, le explica:
–Hace un rato pregunté eso mismo y me dijeron que estamos esperando a que llegue el vuelo de Cubana… así es que, mucha paciencia.
Tras emitir un chasquido de lengua, el joven baja la mochila que trae a la espalda, la pone en el piso y se acomoda en un asiento.
Afuera, la pista del aeropuerto parece hervir a fuego lento, en medio del fino vapor que despide el asfalto, incluso en el área donde permanecen algunas aeronaves, acaso a la espera de ser reabastecidas para volver a levantar vuelo.
–¡Ahí está! –grita, por fin, una voz y todas las cabezas giran hacia el extremo de la resplandeciente vía, donde acaba de posar su seguro tren de aterrizaje el IL-62M.
Y pensar que 14 horas atrás sus turbinas vieron reducirse al tamaño de una maqueta, y luego desaparecer, las instalaciones del Aeropuerto Internacional José Martí, la avenida de Boyeros y esa Habana, en peso, que posiblemente nunca destiló tanta añoranza, entre un número tan alto de cubanos, lejos de ella.

Envueltos en no sé cuántas meditaciones así, el grupo de combatientes observa las operaciones de rutina en el aparato, cuyas insignias en rojo, blanco y azul lo hacen incomparablemente bello. De repente, un elemento atrae la mirada de casi todos los presentes. Es el voluminoso cajón de madera que un equipo de carga traslada desde la panza del “tubo” (así los cubanos bautizaron a ese tipo de avión, quizás por su alargada estructura) hacia la rampa del IL-76.
Minutos después, operado por pilotos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la potente aeronave toma altura rumbo al aeropuerto construido por Cuba en Cahama, flanco sudoccidental de Angola. Junto al grupo de soldados, sargentos y oficiales ocupa deferente espacio el enigmático bulto, quién sabe con qué tipo de pertrechos militares dentro.
El aterrizaje deviene nueva demostración de pericia. Con las turbinas aún “encendidas”, desde un costado de la pista, se acerca otro montacargas que, apenas se abre la rampa de la aeronave, desliza sus “tenazas” por debajo del bulto, se asegura de que está firme y lo lleva hasta un helicóptero, cuya tripulación, cubana, debe haber estado esperando también, con la paciente intranquilidad de aquel teniente, en Luanda.
En elegante despegue, casi vertical, el aparato toma altura y pone proa hacia la sureña profundidad de un territorio donde meses atrás campeaban patrullas de exploración, blindados y otros medios pertenecientes al invasor ejército sudafricano, obligado a replegarse por el avance de las fuerzas cubanas, en cooperación con angolanos y namibios.
Acostumbrados a no preguntar más de lo prudente o necesario, varios combatientes observan cómo el helicóptero desaparece sobre el reseco horizonte.
Solo un soldado rubio, pecoso, con la gorra metida hasta la base de las orejas y cara de jodedor, se acerca y, en tono confidencial, comenta: ¿Usted vio qué caja más extraña? A saber, qué lleva dentro. Lo que me llama la atención es que el helicóptero cogió directico para la frontera con Namibia. ¿Qué será?
–No te preocupes –le digo tratando de no sonreír–, a lo mejor dentro de unos minutos sentimos acá la explosión, cuando nuestros pilotos dejen caer esa caja sobre Ruacaná y volemos la presa con enemigo y todo lo que se pare por delante.
Incrédulo, el muchachón abre los ojos, me mira como diciendo “usted está loco de remate”, agarra su mochila, el fusil y sale corriendo hacia el carro que ya abordan otros combatientes.
Quizás por un instinto más periodístico que de curiosidad humana, permanezco unos minutos pensando en la misteriosa valija. Es obvio que debe contener algo muy importante. Como buen cubano y haciendo gala, una vez más, de aquella vieja afirmación, creo estar pensando bien, pero demasiado tarde. Debí haber sacado discretamente la Nikon para tomarle una foto a aquel cajón. No dudo que con él se me haya escapado la mejor noticia de todo el sur angolano. Pero ya lo sabremos.
Lejos, muy lejos, a años luz de la verdad, estamos todos los que presenciamos el traslado de la valija. Sucede que cerca de la frontera, en suelo namibio, tiene lugar una de las reuniones de la comisión conjunta militar, donde confluyen representantes de Angola, Cuba y Sudáfrica, en el contexto de conversaciones encaminadas a encontrar una solución que ponga fin al conflicto en la región.
Conforme a la tendencia de esos contactos, este tiene lugar en un ambiente de respeto, donde, en función y defensa de sus intereses, cada parte hace gala de la profesionalidad y rigor que en casos así suelen distinguir a los diplomáticos y sobre todo al personal militar.
Interesados en llevarse algún recuerdo de los cubanos, fuera de la reunión varios soldados de Pretoria quieren cambiar por una gorra de camuflaje su sombrero beige de tela, conservar una charretera, un sello, una insignia…
Al final de las deliberaciones, los asistentes a la cita degustan uno de esos helados que dejan en el paladar un regusto directamente proporcional a los deseos de pedir más.
–¡Excelente! –admiten los sudafricanos, quienes suponen que el producto ha sido elaborado por expertos cubanos en algún lugar de Angola.
La sorpresa cunde entre ellos cuando una voz explica que, en realidad, “fue traído desde La Habana… es un obsequio que ha querido hacer el Comandante en Jefe Fidel Castro para que ustedes prueben la calidad de nuestro helado”.
Cerca de allí, un cajón cuadrado, abierto ya, reposa tranquilo, frío, pero “en llamas”. Es el que, ante la curiosa mirada de soldados, sargentos y oficiales, fue transportado en el IL 62M, luego a bordo del IL-76 y finalmente dentro del helicóptero de nuestra fuerza aérea para que el helado Coppelia contenido en su interior llegara a su destino, delicioso, duro, como acabadito de hacer.
La broma usada con el pecoso soldado en Cahama se quedó pequeña. Lo que contenía la misteriosa caja era peor que una bomba.
Si Fidel es capaz de poner a más de 14 000 kilómetros, luego de sobrevolar el océano Atlántico y casi toda Angola, un helado con las más rigurosas normas de consistencia, sabor, calidad, ¿qué no podrá garantizar en términos de aseguramiento propiamente militar para ganar una guerra, en cuya balanza es cada vez más vano el peso correspondiente al régimen racista del apartheid?
No sé si una pregunta similar se haga Pieter Willem Botha cuando sus generales le comuniquen ese “simple detalle”, o si opten por guardar silencio a fin de evitar que el ilustre mandatario del régimen segregacionista quede totalmente “helado” en esa silla presidencial que, para bien de su nación y de todo el continente africano, jamás debió ocupar.


















