
Basta asomarse a las redes sociales para descubrir un auge de espacios dedicados a la sexualidad, donde los mandatos clásicos del amor y la fidelidad en pareja han dejado de ser ley para convertirse apenas en una sugerencia. Entre confesiones, comunidades afines y encuentros en bares, toman formas dinámicas de vínculos que ensanchan sin pudor los márgenes de la relación tradicional. BOHEMIA escuchó las historias de quienes decidieron poner la monogamia en pausa
POR. / TANIA RENDÓN PORTELLES Y ALEJANDRA MOREJÓN FUENTES
El bar casi se desdibuja bajo las luces tenues. En una esquina, varias personas comparten risas discretas y guiños cómplices, como si asistieran a una reunión cualquiera… aunque no lo es. Carla y Martín respiran hondo antes de lanzarse a una experiencia largamente conversada: su primer encuentro de intercambio. En el ajuste nervioso de una camisa, el retoque frente al espejo y los silencios breves, asoman la curiosidad, el miedo y cierta adrenalina difícil de disimular, incluso por encima de la música suave.
“¿Y después de esto seremos los mismos?”, se pregunta ella, todavía aferrada a una mezcla extraña de incertidumbre y entusiasmo. Porque, si bien a alguien puede parecerle una extravagancia moderna o un simple “relajo”, detrás de esas decisiones suele existir algo menos frívolo: pautas, límites claros y diálogos que duran bastante más que una noche.
Muchos calendarios han caído desde los tiempos en que la fidelidad venía con manual adjunto y cualquier “extravío” merecía escándalo familiar. Hoy se pronuncian, sin demasiada ceremonia, términos como poliamor, relación abierta o swingers, con una naturalidad impensable hace apenas una década. Lo curioso es que, mientras algunos anuncian el funeral definitivo de la monogamia, otros apuestan por renegociar las reglas afectivas sin renunciar al respeto ni al compromiso.

Del “para siempre” al “depende”
Antes de que existieran las aplicaciones de citas, los chats secretos y los emojis con doble intención, la humanidad llevaba siglos inventando maneras creativas de complicarse el corazón. Las bacanales dionisíacas de la antigua Grecia –mezcla de vino, música y libertades que harían sudar a medio Facebook– recuerdan que el deseo rara vez ha sabido quedarse quieto demasiado tiempo.
Luego vinieron épocas de puertas cerradas, persianas bajadas y una moral con candado. La fidelidad se convirtió en requisito social, religioso y hasta económico. El matrimonio también se erigió como garantía de estabilidad, herencia y apariencia pública. Lo demás permanecía, sí, pero refugiado entre susurros, escenarios discretos y “viajes de trabajo” frecuentes para resultar creíbles.
El siglo XXI sacó a la luz conversaciones las cuales antes dormían bajo siete llaves. La tecnología, por supuesto, hizo lo suyo. En Francia surgió en 2009 la plataforma Gleeden, que afirma superar los 11 millones de usuarios en el mundo y se promociona para quienes buscan salir de la rutina sentimental.
Feeld, nacida en 2014, terminó convirtiéndose en una especie de plaza pública para exploradores afectivos y reporta actualmente una comunidad de alrededor de 14 millones de miembros a nivel global.
Cuba tampoco vive al margen de esos movimientos. Con la expansión de Internet móvil y una generación dispuesta a hablar de placer y acuerdos emocionales, comienzan a ganar visibilidad prácticas que durante años permanecieron en el ámbito de lo secreto y la culpa.


La aprobación del Código de las Familias en 2022 abrió discusiones públicas acerca de diversidad, afectos y derechos que hace apenas dos décadas parecían improbables en cualquier sobremesa cubana. Las cifras cuentan parte de la historia: en 2024 se registraron 955 matrimonios de personas del mismo sexo y los divorcios superaron los 21 mil casos, de acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Estadística e Información publicados en el Anuario Demográfico de ese período, en un contexto atravesado por la migración y la crisis económica.
No se afirma que las rupturas nupciales sean consecuencia directa del abandono del paradigma de exclusividad; sin embargo, las estadísticas reflejan lo que antes era un secreto a voces: la vida en pareja no se vive, ni se explica, de una sola manera.
En ese giro hay términos que todavía suenan a herejía sentimental para algunos. El poliamor, definido por la Real Academia Española, es una relación afectiva entre varias personas con el consentimiento de todas las partes, y se presenta como alternativa basada en acuerdos y transparencia. Las relaciones abiertas y el intercambio de parejas, por su parte, insisten en una idea que hace unos años habría parecido escandalosa: el anhelo sexual no necesariamente cancela el compromiso.
¿Se trata de un apocalipsis romántico a la vuelta de la esquina? Tal vez no. Quizás el amor se vistió con otro traje y amplió su vocabulario… o, como Carla y Martín prefieren verlo, “sin drama”.

Deseos a la 2.0
Hubo un tiempo en que encontrar compañía para aventuras fuera del guion matrimonial requería habilidades detectivescas. Miradas largas en una fiesta, señales discretas sobre la mesa y un sinnúmero de códigos improvisados funcionaban de contraseña sin levantar sospechas. En ciertos rincones nocturnos del archipiélago, cuentan habituales de la vida bohemia, bastaba una camisa de determinado color o un gesto previamente acordado para reconocer a “los entendidos”.
Ahora, lo que antes dependía del azar, se organiza desde el teléfono móvil. El amor posiblemente siga siendo complicado; la logística sentimental, no obstante, se modernizó al 2.0.
En nuestro archipiélago, pese a una buena dosis de reserva criolla, han comenzado a multiplicarse sitios y grupos virtuales. Badoo y Twoo (en menor medida) se han convertido en espacios frecuentes para parejas interesadas en relaciones abiertas, intercambios o fantasías compartidas. Igualmente, en plataformas específicas –como CubaSwinger– abundan perfiles cuidadosamente redactados y reglas definidas, asentadas en el consentimiento.
A la par subsisten grupos privados en Telegram, foros cerrados y páginas administradas en redes sociales, en los cuales la principal norma resulta menos cinematográfica: la discreción.
Antes –comenta Mauricio, habanero de 41 años– se dependía de encontrarse “por suerte” en un bar o por recomendación de alguien; ahora, en cambio, “se entra a un chat, se conversa semanas, se verifican afinidades y después se decide si se ven. La gente busca sentirse segura”, asegura entre risas.
Opinión compartida por Lía, diseñadora de 34 años, quien dice haber encontrado en esas plataformas una forma de explorar sin exponerse. “Se aclaran cosas tan importantes como qué situaciones incomodan”, añade Leo, ingeniero informático de 45 años.
Incluso Revolico –asociado más a electrodomésticos y bicicletas que a revoluciones sentimentales– ha servido, en ocasiones, de terreno para mensajes cifrados y contactos discretos. Porque el ingenio cubano suele convertir cualquier espacio disponible en oportunidad.
Mientras para algunos esto suena a episodio tropical de una serie europea, la realidad apunta en otra dirección: las nuevas tecnologías han reforzado prácticas existentes, con mayor privacidad y opciones de control. Aun así, persiste un hilo común: lejos de impulsos desordenados, se busca el “relajito con orden”.

Sin caos y sin novela
Al abordar el tema con amigos o familiares, más de uno repite que ciertas cosas “no son de aquí”, como si el deseo también necesitara pasaporte. Sin embargo, las historias se cuentan cada vez con menos reservas.

Una comunidad consultada en entornos digitales confirma que el atractivo radica en la posibilidad de acordar reglas propias: qué se permite, qué no, con quién, cuándo y hasta dónde.
La clave, advierten psicólogos y consejeros, reside en la transparencia sostenida: todo se habla antes. Y en ese detalle –poco sensacionalista, pero esencial– se apoyan muchas de estas dinámicas. Normas claras: uso del preservativo, respeto absoluto a las decisiones individuales y una separación definida entre afecto y deseo. “Nadie actúa por su cuenta”, explica Vero.
Un rastreo informal en estos espacios virtuales revela que gran parte de los participantes percibe estas prácticas como acuerdos conscientes, sin ruptura de valores.
La literatura académica internacional coincide en que, cuando existen diálogo efectivo y límites bien definidos, estos modelos pueden sostenerse sin derivar necesariamente en conflicto. El desafío está en gestionar expectativas.
Ni tabú ni carnaval
Seguir las huellas de los “casanovas” contemporáneos no resulta sencillo: la discreción sigue siendo clave. Aun así, hablar de estas dinámicas ya no es raro; se parece, más bien, a una conversación de café.
Tres sondeos realizados por la revista —mediante formulario digital, Telegram y WhatsApp— delinean un panorama diverso, atravesado por la curiosidad, las dudas y la negociación afectiva.
La encuesta principal, respondida por 31 personas –en su mayoría mujeres mayores de 35 años–, mostró una percepción flexible respecto a la exclusividad sexual: siete de cada diez consideraron viable mantener vínculos íntimos fuera de la relación principal, siempre que existan límites definidos. Una minoría lo calificó como traición.

La relación abierta fue la modalidad más conocida, seguida por encuentros puntuales, tríos estables y, en menor medida, prácticas swingers o vínculos poliamorosos.
El sondeo también indicó que el fenómeno ya no resulta ajeno: casi la mitad conoce a alguien cercano que lo ha vivido, y otro grupo significativo afirma haberlo experimentado. Mientras, varios admiten curiosidad o disposición a considerarlo.
En Telegram, la tendencia refuerza esa apertura gradual. Cerca de la mitad considera válidas estas formas de relación; otros opinan que pueden funcionar con suficiente diálogo y madurez emocional.
WhatsApp, por su parte, dejó ver un tono más distendido: “Si hay que elegir… mejor relación abierta”, escribió un usuario; “poliamor suena bonito, aunque exige energía extra”, resumió otro.
Ana María Medina Fernández, máster en Sexualidades, salud sexual y derechos sexuales de la Universidad de La Habana, coincide con fuentes académicas como el Journal of Sex Research y la Asociación Americana de Psicología: estas prácticas no son nuevas; solo ha cambiado su visibilidad.
Desde una perspectiva histórica, explica que la monogamia se consolidó como estructura social vinculada con modelos patriarcales, donde la fidelidad femenina fue más estrictamente normada. Investigaciones en psicología social –incluidas las de Elisabeth Sheff– señalan que los modelos no monógamos consensuados buscan redistribuir la autonomía emocional y sexual, aunque no siempre logran escapar de viejas desigualdades.
En ese sentido, la revista Archives of Sexual Behavior destaca que la calidad de la comunicación y la claridad en los acuerdos son factores decisivos para el bienestar emocional, independientemente del tipo de relación.
Pese a ello, pueden emerger viejos patrones: decisiones desiguales, silencios incómodos o acuerdos no siempre de “dos”.
“Comencé una relación con una pareja que llevaba tres años en el estilo swinger. Nunca logramos que funcionara: la condición era compartir siempre juntos, algo difícil cuando el vínculo creció. A ella le molestaba verlo a solas conmigo”, cuenta Lisbeth, quien sospecha que, en el fondo, la otra mujer nunca estuvo realmente cómoda.
La psicología contemporánea insiste en una máxima: hablar, acordar y revisar constantemente los términos.
Carla y Martín lo saben. Mientras escuchan, sonríen y asienten, tienen la “espinita” de qué pasará cuando el cuerpo confirme lo que las bocas aceptaron. En estas historias, el conflicto suele aparecer cuando entra en escena ese tercero sin invitación.

Celos, el otro ¿evitable?
Los pocos entendidos imaginan dichas relaciones donde los celos se evaporan por arte de magia. A veces, por muy modernos que se pongan los arreglos sentimentales, el corazón sigue siendo corazón y, de vez en cuando, arma su pequeño drama interno, aunque exista consentimiento firmado casi con notario.
Ana María Medina Fernández, con 15 años de experiencia profesional, subrayó que una relación con confianza sólida y comunicación abierta no tiene por qué derivar en conflictos. Pero cuando surgen inseguridades –porque pueden incluso apoderarse de los más seguros de sí mismos–, recomienda lo contrario al silencio: expresarlas sin manipulación y sin hacerse el fuerte.
No todos llegan a estas relaciones desde el mismo lugar emocional. La académica destaca que factores como la baja autoestima, una educación sexual restrictiva o problemas previos de ansiedad pueden dificultar el manejo saludable de esas experiencias. También menciona algo frecuente en tiempos de redes sociales y fantasías idealizadas: “Tener expectativas poco realistas puede causar frustración”, resaltó.
En los testimonios prosperan contradicciones humanas que ni el deseo en ocasiones logra extinguir. “Puede arreglar una relación o complicarla”, reconoce Dania, una joven que participa en encuentros swingers.
Parejas “vividas” testifican que el tiempo y la comunicación ayudan a bajar la intensidad. “Nosotros conversamos todo”, cuenta César, quien lleva dos décadas junto a su compañera.
“La fidelidad puede expresarse en el respeto a los acuerdos establecidos”, afirma Ana María. Es decir, para estas parejas, ser fiel no significa exclusividad, en cambio sí honestidad con las reglas pactadas.
Claro, parece sencillo. Quien haya sobrevivido a un “¿tenemos que hablar?” sabe que las emociones rara vez vienen con compendio de instrucciones. Por eso, entre fantasías, chats privados y negociaciones sentimentales, unos descubren que el “para siempre” jurado y firmado, el cual abarca solo a dos, ha dejado de sonar como veredicto. En ese tránsito –entre la tradición que resiste y la curiosidad que insiste–, el deseo ha aprendido a convivir con algo menos perentorio … el “veremos”.

SEXO Y AMORES (PROS)
REESCRITOS
Desde La Habana, Mileyda Menéndez Dávila impulsa un debate que implica a buena parte de la sociedad cubana contemporánea: cómo reconciliar libertad, afectos y deseos sin quedar atrapados entre el miedo y la culpa.


























