China es un gigante económico, financiero, social, cultural, y también diplomático, lo mismo para sí como hacia afuera. Pésele a quien le pese
Sigue sin “caer” la República Islámica de Irán porque, además de las victorias militares y de logística, tiene un pueblo que la respalda; los persas no se han embriagado de autosuficiencia y han asumido con plena responsabilidad tanto la tregua de dos semanas como las conversaciones con los Estados Unidos en Pakistán.
Uno de los actores decisivos detrás del telón ha sido, y es, la República Popular China (RPCH), la cual este 13 de abril, a través del primer ministro Li Qiang, recalcó que su país está listo para “desempeñar un papel constructivo y contribuir a la restauración de la paz y la tranquilidad en la región del Golfo”. Pronunciamiento ocurrido luego de reunirse en Beijing con Khaled bin Mohamed bin Zayed Al Nahyan, príncipe heredero de Abu Dabi, Emiratos Árabes Unidos (EAU).

El gigante asiático constantemente insta a las partes contendientes (Israel-EE.UU.-Irán) a cesar las operaciones militares y a encontrar un lenguaje común, acercando diferencias, para una paz duradera. De ahí que contraste su postura conciliadora e inteligente con las nuevas bravuconadas del presidente Donald Trump al reaccionar a supuestas constataciones de ayuda militar china o misiles portátiles antiaéreos a Teherán. Este 12 de abril lanzó a su homólogo asiático una “dura advertencia”, como consignan los medios de prensa yanquis. El magnate mandatario se invistió de emperador del mundo cuando señaló: “Si China hace eso, tendrá grandes problemas”. Incluso amenazó con imponer aranceles del 50 por ciento.
Como corresponde a una acusación de ese calibre, Liu Peng, portavoz de la embajada de China en Washington, negó categóricamente el supuesto envío, afirmando que Pekín “nunca ha proporcionado armas a ninguna de las partes en conflicto: la información en cuestión es falsa”. Y dijo más: “Como gran potencia responsable, China cumple sistemáticamente con sus obligaciones internacionales. Instamos a Estados Unidos a que se abstenga de formular acusaciones infundadas, establecer conexiones maliciosas y recurrir al sensacionalismo; esperamos que las partes pertinentes hagan más para contribuir a la reducción de las tensiones”.
Con un espíritu de paz se impregna completamente la vida de una de las naciones de mayor peso global, ganado a base de tesón, trabajo duro y mucha sabiduría. De estas aguas bebe a diario, lo mismo hacia afuera de sus fronteras como puertas adentro.
En ese último espacio puede definirse la monumental paciencia en relación con la isla de Taiwán, considerada por las autoridades y el pueblo chino parte inseparable de un todo aglutinador. Este 10 de abril, Xi Jinping, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de China, y Cheng Li-wun, presidenta del partido Kuomintang, se reunieron, en lo que significa un punto de partida importante para las dos filiaciones, algo pendiente desde hacía una década.
A partir de entonces, Beijing ha presentado un paquete de 10 principios y medidas en asuntos de comunicación entre los dos partidos, infraestructura, viajes, comercio y cultura, tendientes a darle oxígeno a los intercambios y la cooperación entre la parte continental y Taiwán.
Sobre el singular y muy esperado acercamiento comenta en exclusiva a Bohemia el especialista cubano Eduardo Regalado: “El encuentro refleja la prioridad de fortalecer el fundamento político común del ‘Consenso de 1992’ de reanudar el diálogo entre ambos lados del estrecho y contener las fuerzas separatistas de ‘independencia de Taiwán’. Sus implicaciones son favorables para la estabilidad regional, la protección de los intereses de los compatriotas, la reducción de tensiones y el avance de la reunificación nacional pacífica, dentro del marco político que Pekín considera legítimo y necesario para preservar la paz”.





















