Escuelas espirituanas concretan cada mes acciones, en cooperación con especialistas y representantes de otros organismos y organizaciones sociales
Centros de educación en Sancti Spíritus han vuelto a concretar en días recientes una magnífica experiencia en torno al necesario enfrentamiento que, desde todos los puntos de vista, urge asegurar contra todo lo que huela a droga.
Tal empeño no es casual si se tiene en cuenta la tendencia que se ha estado observando a escala de país en el consumo de estupefacientes, como el llamado Químico, cuyas consecuencias pueden ser muy perjudiciales, sobre todo para la juventud.
El problema no es teórico, abstracto ni la intención es asustar. Se impone la necesidad de sembrar conocimiento, crear conciencia acerca del modo en que las drogas pueden provocar bronquitis crónica, enfisema pulmonar, alteraciones en el sistema cardiocirculatorio, aumento de la depresión, reacciones agudas de ansiedad, trastornos mentales, obstaculización del aprendizaje, problemas, problemas, problemas.
Evidentemente, la escuela ofrece un marco propicio para ofrecer información, argumentos, reflexionar, hacer pensar, con un sentido preventivo y educativo.
No es ella, sin embargo, el único cimiento. La estructura de la sociedad cubana permite insertar o integrar en ese empeño a especialistas de Salud, representantes de los órganos encargados del enfrentamiento a las drogas, Comités de Defensa de la Revolución, Federación de Mujeres Cubanas, delegados del Poder Popular en la base, organizaciones estudiantiles…
Con permiso de quienes discrepen, sigo considerando, no obstante, que el rol primario, decisivo, sigue recayendo en la familia, como célula fundamental de la sociedad.
Si –como sucedía en los años 60, 70, 80 del pasado siglo– la familia se mantuviera haciendo lo que bajo cada techo le corresponde, en ningún lugar de Cuba la escuela tuviera que estar asumiendo u ocupando espacio y tiempo en un asunto como la droga, que no es esencialmente docente, aunque sí educativo o preventivo.
Según explica Yosvany Rodríguez Herrera, subdirector general de Educación en la provincia espirituana, allí las acciones dentro del sector cobran intensidad cada mes, para fortalecer y hacer más efectiva aún la articulación con los profesores, la familia, la comunidad y las organizaciones sociales y de masas.
Los brazos cruzados nada resuelven. El peligro puede acechar, a cualquier hora del día o de la noche, en calles, plazas, parques, áreas de esparcimiento u otros espacios públicos.
¿Cuántos adolescentes y jóvenes pueden ser consumidos por la droga (y no al revés)? Tantos como descuido, indiferencia o inercia mostremos los adultos.
Por eso hay que librar el combate en todas partes, sobre todo dentro de esa misma vivienda donde no solo residimos cuatro, seis, ocho personas, sino también la herencia educativa, el ejemplo, la exigencia y el rigor que llevamos de nuestros abuelos y de un tiempo maravilloso en el que la droga, como la gusanera, la delincuencia y la contrarrevolución, no podían sacar la cabeza porque la propia mocha familiar y del pueblo se encargaban de cortarlas de cuajo.


















