En 1985 el escritor argentino Abelardo Castillo publicó su novela El que tiene sed. En Cuba salió a la luz en 2006 a través de la Editorial Arte y Literatura. Leerla es una larga borrachera y nos lleva a reflexionar acerca del hábito de beber
¿No le ha ocurrido que mientras lee la narración de un alcohólico le parece que usted mismo estuviera ebrio y conociera que la bebida es mucho más que ingerirla? Esta es la sensación experimentada por el lector al entrar en el mundo que el narrador, poeta y dramaturgo argentino Abelardo Castillo (27 de marzo de 1935-2 de mayo de 2017) le ofrece en el libro El que tiene sed. Publicado por la Editorial Arte y Literatura en su Colección ORBIS, pone al lector a reflexionar en torno a los efectos de una de las drogas –¿blandas?– que más daños ocasiona hoy en el mundo.
“No deberías seguir tomando”. Así empieza el escritor Esteban Espósito –protagonista– al contar su torturante historia por el mundo de los beodos que no quieren oír, porque el alcohólico no es él, sino otro. El personaje, un promisorio escritor, acaba con su carrera sumergido en las copas.
“Yo estaba ahí, sí, en esa mesa junto a la ventana, en el bar Nilo –cuenta–, y la muchacha era Mara y me hablaba a mí; hablaba en voz baja, sin mirarme y en el tono casual con que uno se dirige a un sujeto peligroso o a un chico trepado a una cornisa; pero yo estaba como a un metro de mí mismo y lo veía beber. Y el que se emborrachaba por mí, o más exactamente por los dos y hasta por el mundo en general, era el otro. Otro con mi nombre y mi cara…”.
Se narra, hasta el detalle, el actuar simulador del drogadicto, su proceder como supuesto dueño de las situaciones y sus miedos interiores que le embargan cuando, luego de un estado casi de letargo total a causa de la bebida, olvida todo cuanto ha hecho.
Es la tercera vez que leo El que tiene sed, un libro alucinante, el cual nos arrastra a ese andar por la sordidez de un mundo que, para abrazarte, no marca líneas de discriminación, como todas las adicciones. Y en el agujero oscuro del vicio se encuentran pobres y ricos, blancos y negros, jóvenes y adultos. Este libro es una invitación a querer saber más.


¿Qué es el alcoholismo?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el alcoholismo es una “enfermedad crónica por la que una persona siente deseo de tomar bebidas alcohólicas y no puede controlar ese deseo. Una persona con este padecimiento también necesita beber mayores cantidades para conseguir el mismo efecto y tiene síntomas de abstinencia al interrumpir el consumo”. A nivel mundial, es uno de los principales problemas de la salud pública, y representa una grave amenaza al bienestar y a la vida de la humanidad. Por esta razón, en la actualidad, muchos países dedican cuantiosos recursos financieros a su investigación.
La OMS destaca que un consumo excesivo se aprecia cuando una mujer ingiere más de 40 gramos y el hombre, 60 gramos. Se considera un problema de salud cuando se beben más de 50 gramos en el caso de las mujeres y 70 gramos en los hombres.
El consumo frecuente o habitual de esta sustancia está considerado una de las mayores toxicomanías. Muchos expertos consideran al alcohol como droga portera, por ser patrón que conduce a depender de otras más peligrosas y dañinas para la salud.
Los expertos aseguran que la gravedad del alcoholismo adquiere una mayor connotación al constituir a una adicción cada vez más frecuente entre los adolescentes, devenido hoy uno de los principales grupos de riesgo.
¿Cuál es la prevalencia del alcoholismo en Cuba? Vale preguntar. Diversos estudios e informes arrojan que, en el país, el 45.2 por ciento de la población consume bebidas alcohólicas, con un índice de prevalencia de 6.6 por ciento. En los últimos 15 años, este índice ha crecido notablemente. Existen patrones de consumo de alto riesgo y una actitud tolerante ante su uso indebido, porque “el cubano es bebedor por naturaleza”, un criterio bastante generalizado.
Esteban Espósito, personaje central de El que tiene sed, libro que nos ha llevado a estas reflexiones, dice: “Yo creo que empecé porque sí. O por lo mismo que bebe todo el mundo”. Es un modo de justificar –sin sustento real– el mundo sórdido en el cual está.
Dice en su nota de presentación la Editorial Arte y Literatura: el alcoholismo de Esteban Espósito, lindante con la locura, es “… una lúcida y penetrante indagación de la realidad. El personaje, que se debate entre la angustia y las culpas cotidianas en la búsqueda de lo inexistente, asiste a su propia degradación, que lo lleva a las salas de un manicomio…”. La pérdida de la memoria y de la noción del tiempo y el espacio que sufre, conforman una novela densa y compleja, nos recuerda en muchos momentos a la escritura de otros creadores de obras sobre el tema. Solo que en este caso nos parece una larga borrachera.

Y de las enfermedades ¿qué?
El párrafo anterior es un puente ideal para reconocer que el efecto del consumo de alcohol no es solo en la mente, sino en todo el organismo. Es una enfermedad a cuyo estudio los países dedican cuantiosos recursos. Datos divulgados por la OMS indican que, cada año, se registran 2.6 millones de defunciones atribuibles al consumo de alcohol, un 4.7 por ciento del total de muertes. A esta ingestión se asocian: el sangrado de estómago o esófago, la pancreatitis (inflamación y daños en el páncreas), daños al hígado, desnutrición al no alimentarse adecuadamente. Y, en general, cáncer de esófago, hígado, colon, cabeza y cuello; mamas y otras áreas.
Del alcohol cualquiera tiene algo que contar, porque hay muchas historias. Por ejemplo, desde el punto de vista social hay elementos preocupantes: hombres homicidas de sus parejas estaban ebrios; igual que los perpetradores de maltrato con consecuencias fatales. Algunos encarcelados por violaciones han estado bebiendo antes del hecho.
Si echamos un vistazo a los países, apreciaremos que, en 2024, Hungría era el primer país del mundo en el consumo de alcohol, con un 18 por ciento de las personas mayores de 15 años. Le seguían Rusia y Bielorrusia –17 por ciento–, y Eslovenia –12 por ciento–, aproximadamente.
En Latinoamérica, Argentina es el de mayor consumidor, se encuentra en el lugar 59 de 189 países. Al parecer no es un fenómeno nuevo, porque cuando aún estaba vivo Abelardo Castillo, a quien denominaban “el escritor de las borracheras”, afirmó: “El alcoholismo al que aludo es el de ese doble millón de argentinos cuyo número abruma como la cifra de un campo de concentración… El alcohol en un país subalimentado como el nuestro, mata e inutiliza más gente que el mal de Chagas, el cáncer o el sida”.





















