El éxito de las metas pasa también por atrevernos a cambiar de método para tocar todas las luces y las sombras personales y del país
Errar una dirección equivale a adentrase en lo poco, nada, conocido; en visualizar, respirar y palpar algún sitio tal vez increíblemente cercano al radio de acción habitual.
Es descubrir barrios distantes de nuestro imaginario citadino, ya sea como oasis de una tranquilidad semibucólica o como espejo de una “barbarie” desbordada de basura, edificaciones precarias, ruidos indefinidos…

Ayuda a sopesar los contrastes de la vida, deviene purificación de un almanaque anclado en las rutinas, con la peligrosa amenaza de extenderse por 12 meses más si no nos acogemos a las sorpresas del viaje.
Perderse en la ciudad es abrir los ojos, es ir de los planes añorados a lo concretamente logrado, ¿posible? Pasear sin rumbo exacto y sin ceñirse a una visita anunciada permite calibrar la máxima de la sociología callejera: “tanto tienes, tanto vales”. Es medir con adecuada vara aquello de “la conciencia transforma al ser” y su reverso.
Errar una dirección, y hacerlo a propósito, valida las leyes de la Dialéctica, ya seas periodista, poeta, burócrata, dirigente. Implica rejuvenecer la historia cotidiana de nuestros seguros pasos, es abrirnos a conocimientos cualitativamente diferentes, nos puede colocar ante personas calculadoras, egoístas, pero también puede llenarnos las venas con otras amables, risueñas, trabajadoras.
Magnífica ocasión para “afincarnos en la tierra”, en los asuntos importantes y, al mismo tiempo, levitar en el paisaje de creencias colectivas, esas que la ciudad perfila y donde ponemos los sueños. Regala horizontes nuevos, sin necesariamente extraviar el ancla ni alejarnos de las cosas esenciales y los puntos fijos del camino. Andar la ciudad en un recorrido consciente, es comparable a los fuegos artificiales de fin de año, sorpresivos y esperados.
Echar mano a un mapa inventado, así, de forma espontánea y meticulosa, en una dualidad no excluyente, es vivir la ciudad real. Es goce, y sobre todo deber.



















Un comentario
Todo tiene su tiempo, la información novedosa alimenta al conocimiento, claro, si fluye por caminos fructíferos del cuerpo.