Más de 274 000 cubanos protagonizaron de manera voluntaria como maestros esta cruzada educacional, en la cual, a cinco días de iniciada, el terrorismo contrarrevolucionario cobró su primera víctima mortal
Por. / PEDRO ANTONIO GARCÍA*
Era el 23 de enero de 1961. Se celebraba el acto de graduación del Segundo Contingente de Maestros Voluntarios. Tras canciones e himnos revolucionarios interpretados por el coro del Ejército Rebelde y poemas de Nicolás Guillén declamados por él mismo, cuatro de los 1 100 egresados recibieron simbólicamente sus diplomas de manos de Fidel Castro Ruz y de Armando Hart Dávalos, entonces ministro de Educación.

Existía una gran expectación por la programada intervención del Comandante en Jefe, quien en los inicios de su discurso señaló: “como resultado de aquel llamamiento que se hizo un día para resolver un problema que parecía difícil, llevar los maestros a las montañas, es esta la segunda vez que se gradúa una legión de maestros […].
“Se hizo el llamamiento y acudieron a ofrecerse cerca de 5 000 jóvenes; y, al cabo de seis meses apenas, la república cuenta con 2 500 nuevos maestros, que sí fueron preparados en el espíritu de las montañas […], que sí se propusieron desde el primer momento ir a enseñar en los más apartados rincones del país.
“[…] esos maestros han dado un resultado formidable [no solo] como maestros de los campesinos, sino también como maestros de los soldados del Ejército Rebelde, y como maestros de [integrantes de] las Brigadas Juveniles de Trabajo Revolucionario”.
Casi al final de su exposición, Fidel se refirió a la muerte de un maestro voluntario, un graduado del Primer Contingente, acaecida el 5 de enero de ese año, a cinco días de iniciada la Campaña de Alfabetización: “He ahí las tres razones por las cuales los agentes del imperialismo lo asesinaron; era joven, era negro, era maestro”.
Lamentablemente no sería el último educador ultimado por alzados contrarrevolucionarios.
Un terrible mal
De acuerdo con el censo de población de 1953, el 23.6 por ciento de los cubanos era analfabeto, aunque organizaciones estudiantiles católicas y publicaciones estadounidenses, entre ellas el Reader Digest, hablaban de un 30 por ciento. En las áreas urbanas el 11.6 por ciento de las personas era iletrada; en el campo este índice llegaba al 41.7. El 35 por ciento de los pobladores en el Oriente cubano no sabía leer ni escribir; en Pinar del Río, el 30 por ciento.

Ya en los primeros días de la Revolución en el poder, Fidel insistió en la necesidad de librar a la patria de ese terrible mal. Con protagonismo singular del Che y Camilo, la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde comenzó la impartición de clases dentro de sus filas en febrero de 1959.
El Ministerio de Educación, el 17 de ese mes, declaró iniciado el Plan Urgente de Alfabetización de Cuba para el cual creó la Comisión Nacional de Alfabetización y Educación Funcional, bajo el liderazgo del prestigioso educador y pastor presbiteriano Raúl Fernández Ceballos.
Unos 100 000 cubanos mayores de nueve años aprendieron a leer y escribir entre febrero de 1959 y diciembre de 1960. Simultáneamente se crearon más de 10 000 aulas en las enseñanzas primaria y media, se incrementó la matrícula en la primera de ellas (en el curso 1959-1960, la de sexto grado superaría en 5 000 alumnos a la del anterior año lectivo).
El 22 de abril de 1960 Fidel convocó mediante la televisión a todos los jóvenes cubanos a cubrir las plazas de las escuelas rurales. Y cuatro meses después, él clausuraba la primera graduación de Maestros Voluntarios en la cual egresaban 1 400 educandos. Allí anunciaría: “El año que viene vamos a librar la batalla contra el analfabetismo”.
El primer mártir
Uno de aquellos graduados de ese primer curso emergente fue el joven matancero Conrado Benítez. Lo ubicaron a impartir clases en la Sierra del Escambray, la cual constituía en 1960 el principal foco de alzados contrarrevolucionarios, constantemente pertrechados por la CIA.

Según documentos actualmente atesorados en el Museo de la Alfabetización, cuando al yumurino le preguntaron su disposición de marchar a esa región montañosa situada en el centro de nuestro país, respondió afirmativamente: “todo el tiempo que fuera necesario”.
El sitio exacto de su ubicación, Sierra Reunión, era en aquella época un intrincado lugar de la entonces provincia de Las Villas, hoy perteneciente a Sancti Spíritus. A su llegada al lugar, con la ayuda de los campesinos, transformó una tienda de víveres abandonada –su propietario recién se había alzado– en una flamante escuela.
Sus antiguos alumnos lo recuerdan como alguien de poco hablar: “fue el primer maestro por aquí, en Sierra Reunión. Daba las clases a los niños y ya estaba organizando las de los mayores”. Dicen que era muy preocupado por los niños: “quería que tuvieran ropa, calzados y uniforme, les tomó las medidas a cada uno para conseguirlos.
“A la primera casa que entró Conrado en la zona fue a la mía”, recordaba la campesina Abilia Crespo a un reportero cubano en 1961: “Topes de Gavilanes se llamaba antes Corrales de Fragoso. Me preguntó dónde se podían dar las clases. En la Sierrita, le dije, almorzar y comer allá le es más cerca, pero si quiere puede venir acá”.
De acuerdo con testimonios, “él iba a las casas a ver por qué los niños no iban a clases, jugaba con ellos. Era noble, callado y serio. Ayudaba a los campesinos en las tareas agrícolas como cualquier hombre de campo”.
Tras las vacaciones de fin de año de 1960, Conrado regresó a la zona donde alfabetizaba. En Topes de Gavilanes (4 de enero) almorzó junto con una alfabetizadora en casa de un campesino. Este les sugirió pasar la noche en su bohío y aunque ella aceptó, él siguió solo el camino: “Tengo necesidad de llegar rápido porque les llevo regalos a los niños”, dijo.
Alzados contrarrevolucionarios armados lo secuestraron esa noche. Cuentan que el jefe de la banda le propuso incorporarse a ella. “Ante todo soy revolucionario y no traicionaré a mi pueblo”, replicó Conrado. Días después, debajo de un árbol, tapado con hojas secas, los milicianos encontraron su cadáver. Tenía solo 18 años.
Retrospectiva desde 2026
El asesinato de Conrado Benítez causó una gran conmoción en el país. La prensa de la época divulgó los detalles del hecho y reprodujo el acta levantada por sus asesinos, fue suscrita por tres de ellos. Al decir de Fidel: “¡Y no tuvieron ni siquiera el pudor de ocultar sus nombres! ¡Y tuvieron la impudicia de consignar sus nombres en semejante documento, que fue preámbulo del espantoso crimen!”.
La alfabetización, no obstante, no se detuvo. A una nueva convocatoria del Jefe de la Revolución a los estudiantes de la Enseñanza Media, dijeron presente, de manera voluntaria y con permiso de sus padres, más de 105 000 jóvenes y adolescentes entre 18 y 12 años –aunque también acudieron algunos entre los siete y los 11– para conformar la Brigada Conrado Benítez de Alfabetización.
El 16 de abril llegó al campamento ubicado en el balneario de Varadero el primer grupo de este contingente con el fin de recibir entrenamiento en su tarea educacional. Se les enseñó la metodología de la alfabetización y se les explicaron las dificultades que encontrarían en los lugares donde serían ubicados.
Un importante refuerzo constituyó la creación, cuatro meses después, de las Brigadas de Obreros Alfabetizadores Patria o Muerte. En total, de manera voluntaria, un poco más de 274 000 cubanos, con la Cartilla Venceremos y el Manual Alfabeticemos en ristre, enseñaron a leer y escribir a sus compatriotas durante la cruzada educacional, entre ellos, más de 120 000 alfabetizadores populares, 13 000 brigadistas Patria o Muerte, 34 000 maestros y 105 000 brigadistas Conrado Benítez.
Tampoco, por desgracia, la contrarrevolución se detuvo. Y nuevos nombres engrosaron la lista de alfabetizadores asesinados.
*Periodista y profesor universitario. Premio Nacional de Periodismo Histórico por la obra de la vida 2021.
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Fuentes consultadas
El libro De Conrado a Manuel, de Olga Montalbán. Documentos localizados en el Museo de Alfabetización y en el Archivo Central del Ministerio de Educación.



















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Excelente