Así lo definió Fidel en la despedida de duelo del relevante líder sindical hace 52 años
A Lázaro Peña lo conocí una mañana de verano, a inicios de los 70. En aquella época estudiaba el preuniversitario, y acompañé a mi padre en una cobertura periodística a una asamblea de trabajadores. La masa allí estaba molesta con la administración, ausente incluso en la reunión, y la dirección sindical era incapaz de controlar la situación.
Alguien propuso la intervención de un invitado sentado dentro del público. Era de complexión fuerte, manos gruesas, vestía una camisa gris remangada, de las entonces llamada “de trabajo productivo”, y un pantalón de mezclilla de producción nacional, en cuyo bolsillo posterior sobresalía una libreta doblada. Con pasos seguros avanzó hacia el estrado.
Sacó su cuaderno estrujado y dijo, más o menos, con voz ronca y entrecortada: “Hemos hablado con la administración, hemos dialogado con los obreros antes de la reunión y se ha podido sacar algunas conclusiones”. Comenzó a pormenorizar los problemas del centro y puso a discusión algunas soluciones, advirtiendo que solo serían eficaces si las emprendían colectivamente el sindicato, el Partido y la administración.
Convocó a esos compañeros quienes, según la administración, se pasaban el día hablando mal de todo, a llevar sus planteamientos a la asamblea general y en un ambiente fraternal, debatirlos allí. “Y hay que oírlos porque a veces esa gente tiene buenas iniciativas”, añadió.
Muchas veces se le oyó decir: “En las reuniones del sindicato es mejor que se hable, que siempre se discuta, que siempre haya opiniones, que se manifieste cada uno. Que se mantenga todo lo que históricamente ha dado fuerza al movimiento sindical de todas las épocas: el acatamiento de la voluntad de la mayoría por la minoría sobre la base de la explicación”.
Breve biografía
Nació pobre en La Habana el 29 de mayo de 1911. De niño, Lázaro tuvo un sueño: ser músico, violinista. Hijo de una despalilladora de tabaco y huérfano de padre, en el contexto de una sociedad injusta, renunció desde muy temprana edad a los sueños y a la infancia para ganarse el pan.
Entró de operario en una fábrica de tabacos y a los 18 años ingresó al Partido Comunista. Como dirigente sindical de base organizó paros, sufrió cárcel, participó activamente en la huelga de agosto de 1933 contra el tirano Machado. Los tabaqueros lo eligieron secretario general de su sindicato provincial en 1934. Fue detenido durante la huelga de marzo de 1935 y cuando salió de prisión, asumió la jefatura de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC).
En 1939 fundó la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), de la cual fue su primer secretario general. Comenzaron a llamarle “Capitán de la clase obrera” por tener que enfrentar a las pandillas gangsteriles, apoyadas por la policía, las cuales asaltaban sindicatos y asesinaban a líderes honestos; entre ellos, a Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias.
Con el derrocamiento de la tiranía batistiana, Lázaro Peña retornó a la secretaría general de la CTC. A los jóvenes dirigentes sindicales no cesaba de aconsejar: “Hay que querer discutir, querer convencer, querer oír; hay que practicar como lema y como conducta ineludible la democracia sindical”.
Maestro de dirigentes
Quienes le conocieron hablaban siempre de la sonrisa que nunca abandonaba, la mano presta al saludo, los dicharachos usualmente usados por él, la pasión por el boxeo, el béisbol y la música, su sentido del humor. Poco más de 20 años después de su muerte, en la sede de la CTC, oí aún a trabajadores de allí hablar de su sencillez.
Según una recepcionista: “Siempre daba los buenos días, se detenía a saludar a los trabajadores, cualquier asunto que uno le planteara, se esforzaba por darle respuesta”. Una ascensorista afirmaba: “Me preguntaba por la familia, mis problemas personales”.
Durante un recorrido por Cienfuegos, ya la Revolución en el poder, le dijo al líder sindical Vicente Pérez Fernández cuando estaban llegando a Cruces: “Vamos para casa de Martín”. “¿Qué Martín?”, dijo su interlocutor.
Lázaro hizo como si se pusiera serio. “¿Tú no sabes que aquí vive Martín Dihigo?”. Y relató la historia del deportista, sus proezas de pitcher y bateador, sus hazañas en Cuba, México y las ligas negras de Estados Unidos. “Es el mejor pelotero cubano de todas las épocas”, dijo a modo de resumen.
Años después Pérez Fernández relataría a un periodista su visita a casa de Dihigo: “Tenía unas manazas enormes. Lázaro me presentó: ‘No sé si has oído hablar de él’, le dijo al pelotero, ‘pero él dice que no te conoce, échale en cara toda la grandeza tuya para que él sepa’”.
Según Octavio Louit Venzant, combatiente clandestino en la lucha contra la tiranía batistiana, “nunca lo vi fuera de sus casillas; la paciencia era una de sus mejores armas. Una vez, a principios de la Revolución, tuve un brusco enfrentamiento con un representante de la patronal que trató de sobornarme, lo cual me condujo a discusiones estériles y desafortunadas.
“Enterado del asunto, Lázaro me llamó […] me dijo que no podía hacer eso, porque me ponía al mismo nivel del adversario. Lo grotesco, me explicó, te desarma, te quita argumentos, y eso es lo que buscan quienes te provocan”.
Defensor de la educación y la cultura

Desde la fundación de la CTC en 1939, Lázaro Peña asumió entre sus responsabilidades la de proporcionar educación a los trabajadores. A este fin promovió la salida de la revista CTC, del espacio radial La CTC en el aire yla fundación de escuelas de capacitación de cuadros.
En su condición de representante a la Cámara por la entonces provincia de La Habana (resultó electo en los comicios parciales de 1942), presentó ante el Congreso de la República un Proyecto de Ley de Defensa del Artista Nacional, destinado a proteger los intereses de los trabajadores del sector cultural. Igualmente, emprendió gestiones ante el Ministerio del Trabajo en demanda de incluir a músicos y actores en los beneficios de las leyes de Descanso Retribuido y Maternidad Obrera.
Fue auspiciador de la Primera Conferencia Nacional de Cultura de la CTC (24 de noviembre de 1945): este foro dedicó especial atención a los organismos culturales adscritos a la central sindical, como el Teatro Popular, con Paco Alfonso su máximo inspirador, y la Sociedad Popular de Conciertos.
Esta última llevó a su sede habitual (el teatro Auditorium, hoy Amadeo Roldán, cuya entrada a los trabajadores solo costaba una módica suma gracias a la subvención de la CTC), conciertos con destacadas estrellas de la época, entre ellos Rubinstein, Andrés Segovia y las notables sopranos Ellabelle Davis y Marian Anderson.
Encarando a un asesino
Solía relatar Juan Marinello que en días muy duros de la represión contra el movimiento comunista (1948): “fuimos invitados Lázaro y yo a tomar parte en un mitin en la plaza principal de Manzanillo. Seguía allí de jefe militar el capitán Casillas [Lumpuy], asesino de Jesús Menéndez.
“En los momentos de iniciarse el acto, ocupaba Casillas el balcón de una casa cercana donde contemplaba, rodeado de su banda de matones, el desarrollo del mitin. No faltaron los que, ante situación tan violenta, aconsejaron que no se hablara del asesinato de Jesús”.
La intervención de Lázaro, proseguía Marinello, “fue en todos sentidos una pieza ejemplar. En términos inequívocos, tajantes, que el momento imponía, acusó directamente y por su nombre al culpable y sus cómplices”.

Hermano entrañable
Ya aquejado de la dolencia que le causaría la muerte, hizo aportes fundamentales a la organización del XIII Congreso Obrero. Reelecto secretario general de la CTC, asumió esa importante tarea hasta el último aliento.
Durante sus honras fúnebres, Fidel expresó: “Fue para todos los trabajadores cubanos como un padre; y para los revolucionarios, un hermano entrañable […] El Partido ha perdido un dirigente respetado y querido por las masas; el movimiento obrero, su más esforzado paladín; la organización sindical mundial, uno de los cuadros más sabios, reconocidos y respetados; los trabajadores cubanos, un padre; la Patria, un hijo esclarecido”.
Fuentes consultadas
Testimonios ofrecidos por Juan Marinello, Jaime Gravalosa, Octavio Louit Venzant, Vicente Pérez y los trabajadores del Palacio de los Trabajadores (1991).





















