El retorno electoral del pinochetismo es una señal de alerta regional. El triunfo de José Antonio Kast expone el avance de derechas que gestionan la crisis reduciendo derechos y expectativas
La victoria de José Antonio Kast en las elecciones presidenciales chilenas no puede leerse como un episodio aislado ni una simple alternancia de gobierno. Su triunfo expresa una inflexión política de mayor alcance, remite a la historia reciente de Chile y a una reconfiguración más amplia de las derechas en América Latina.
El país que sufrió uno de los experimentos neoliberales más radicales del continente vuelve ahora a ese ideario por decisión democrática. Sin embargo, ese viraje no ocurre en soledad: cohabita con la Argentina del libertario y sus ajustes y con el Ecuador del servil Noboa, entre otros.
El trasfondo de una victoria
El triunfo del ultraderechista se produjo en la segunda vuelta electoral frente a la candidata del oficialismo, Jeannette Jara, a quien superó con el 58.6 por ciento de los votos frente al 41.4 por ciento, según los datos oficiales del Servicio Electoral de Chile. Se trata de una de las victorias presidenciales más amplias desde el retorno de la democracia y convierte a Kast en el primer presidente chileno que se declara abiertamente pinochetista.
El resultado selló una derrota contundente del progresismo nacional y confirmó el desplazamiento del electorado hacia una opción de derecha dura, en un contexto de voto obligatorio y alta participación.
La nueva realidad consolida a la extrema derecha local, fuerza política mayoritaria. La obligatoriedad del sufragio jugó un papel decisivo e incorporó a un electorado amplio, despolitizado y poco vinculado a organizaciones sociales.
Y fue en ese contexto donde el discurso sobre la inseguridad, la estigmatización de la migración y la exageración sistemática de la criminalidad funcionaron como eficaces mecanismos de canalización del malestar. La capacidad de producir temor, amplificado por la cobertura mediática, convirtió la inseguridad en eje casi excluyente del debate público.
El programa de Kast no anuncia correcciones menores, sino una profundización del modelo neoliberal. Se proyecta un “gobierno de emergencia”, estructurado en torno a la seguridad pública, el crecimiento económico, el empleo y el control de la migración irregular.
Paralelamente, se anticipan medidas tales el endurecimiento de la política penitenciaria, la reducción de impuestos a grandes empresas y la expulsión masiva de extranjeros indocumentados. Además, prevé recortes en el gasto social, la revisión de avances en derechos de las mujeres y un Estado reducido a funciones mínimas de control y administración.
La narrativa que sostuvo esta propuesta se apoyó en calificar de “ineficiente” al gobierno saliente, el temor a la delincuencia y la idea de un país en crisis. A ello se suma la promesa de recortar el gasto fiscal en seis mil millones de dólares durante los primeros 18 meses de la próxima administración, en un contexto en que las derechas describen un deterioro de las finanzas públicas.
Más que una ruptura con el pasado, propone una restauración del ideario de la década del 70 del siglo pasado en la nación austral. Además, abre la puerta a un alineamiento más estrecho con Estados Unidos, al igual que sus aliados de Argentina y Ecuador.
Variaciones de un mismo ciclo
La nueva realidad dialoga directamente con esos procesos recientes. En Argentina, Javier Milei encarna una derecha de ruptura, sin anclaje en una tradición autoritaria estatal previa, pero con un programa ultraliberal que propone la demolición del Estado desde dentro.
El ajuste extremo, la desregulación total y la confrontación permanente con sindicatos y movimientos sociales configuran una experiencia inédita por su radicalidad y velocidad.
Daniel Noboa, en Ecuador, representa otra modalidad: una derecha empresarial y tecnocrática, menos ideologizada en el discurso, aunque profundamente autoritaria en la práctica. La militarización de la vida social y el uso recurrente del estado de excepción colocaron a la seguridad como argumento total del gobierno, aun cuando los indicadores sociales y de violencia continúan deteriorándose.
Poco después de la primera vuelta chilena, el politólogo argentino Atilio Borón ofrecía una lectura estructural del momento regional. En Chile, advirtió, se disputa el rumbo entre las demandas abiertas por el estallido social de 2019 y el retorno del pinochetismo en su versión más radicalizada.
En contraste, destacó el caso ecuatoriano en un sentido inverso: el rechazo popular a las bases militares extranjeras y a las reformas impulsadas por Noboa fue interpretado como un freno a proyectos alineados con intereses estadounidenses y una reafirmación de la soberanía política.
Son derechas distintas; sin embargo, coinciden en algo esencial: administrar la crisis reduciendo derechos y estrechando los márgenes de la democracia, todo bajo la apariencia de normalidad institucional.
Reacciones en América Latina
El triunfo de Kast generó reacciones inmediatas en la región. Desde México, la presidenta Claudia Sheinbaum interpretó el resultado como un llamado de atención para los movimientos progresistas latinoamericanos.
Señaló la necesidad de reflexionar sobre las causas del viraje electoral hacia la derecha, subrayando la importancia de la unidad política, el cumplimiento de compromisos y la obtención de resultados concretos en materia social.
Al mismo tiempo, enfatizó el respeto por la decisión democrática del pueblo chileno y contrastó ese escenario con la experiencia mexicana, donde –afirmó– el respaldo popular se sostiene en la reducción de la pobreza y las desigualdades.
Desde Colombia, el presidente Gustavo Petro reaccionó con dureza al resultado chileno, caracterizándolo de retorno del pinochetismo por vía electoral y alertando sobre el avance de tendencias autoritarias en la región.
Más allá del tono, su intervención expresó una inquietud compartida en amplios sectores progresistas: la capacidad de las derechas para convertir el malestar social en proyectos regresivos legitimados democráticamente. Se vienen “vientos de muerte para la región”, auguró el líder izquierdista.
Chile vuelve así a funcionar como anticipo. No necesariamente de lo inevitable, pero sí de lo posible. América Latina ya conoce estos ciclos y sabe que suelen comenzar con promesas de orden y terminar con sociedades más desiguales y democracias más frágiles. Ignorar esa experiencia, una vez más, no sería solo un error político, sino una amnesia histórica de consecuencias previsibles.


















