La ofensiva arancelaria impuesta por el mandatario norteamericano no distingue entre aliados y adversarios en la región
Hace poco más de 100 días, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se preparaba para entrar en la Casa Blanca por segunda vez. Aunque el mundo ya conocía el estilo disruptivo de su primer mandato, pocos anticiparon cambios tan tajantes y rápidos.
El magnate ha redefinido radicalmente la política exterior estadounidense hacia la región, abriendo nuevos frentes geopolíticos y reposicionando estratégicamente a Estados Unidos. Pero lo más sorprendente fue su inesperada ofensiva comercial: en cuestión de semanas, todos los países latinoamericanos, sin excepción, enfrentaron amenazas arancelarias o sanciones económicas.
Durante su campaña, Trump había intensificado la retórica antinmigrante. Sin embargo, nadie esperaba la crudeza con que ejecutaría deportaciones masivas de forma unilateral, generando tensiones diplomáticas con Brasil, Colombia y México, mientras destrozaba de a poco el ya debilitado “sueño americano”.
Frente a esta nueva ofensiva diplomática, el establishment republicano intenta capitalizar la ola conservadora en la región apoyando a sus aliados. Sin embargo, enfrenta una paradoja: le resulta imposible construir relaciones sólidas con gobiernos que simultáneamente castiga con aranceles, como Argentina, Paraguay, Guyana, Ecuador y El Salvador.

Los datos por países demuestran que no primó el enfoque ideológico: a pesar de las medidas contra Venezuela y Cuba, también se vieron afectados otros tradicionales aliados de Washington, sin establecerse excepciones según el grado de alineación geopolítica.
Mientras tanto, México y Brasil, afectados por la guerra de impuestos, están ajustando rápidamente sus relaciones comerciales, lo que indica que las grandes economías de América Latina están profundizando, cada una por su cuenta, sus relaciones con un mundo multipolar. Esto obliga a Estados Unidos a acelerar sus maniobras.
La mayoría de los gobiernos latinoamericanos han preferido esperar que la nueva gestión comience a cometer errores, tanto en el plano interno como en el exterior. Quizá este tiempo de cautela ante la belicosidad de la Casa Blanca no haya permitido alcanzar mayores acuerdos en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada en abril en Tegucigalpa.
Pasados 100 días de la toma de posesión, el panorama de las relaciones entre América Latina y Washington ha mutado significativamente. Han emergido nuevas cartografías de alianzas y conflictos, así como zonas de influencia que antes permanecían ocultas.
El juego de Trump recién comienza, y, pese a sus aparentes contradicciones, dejó clara su determinación. Los próximos meses serán decisivos para evaluar no solo su capacidad de navegar los obstáculos que surjan, sino también para determinar si América Latina encontrará la unidad necesaria para enfrentar la tormenta que se avecina.


















