Países donde gobierna más de un presidente. Sobre este curioso caso se interesa Gabriela Peña, de Pinar del Río
En la mayoría de los países del mundo la jefatura del Estado o del gobierno descansa en una sola persona. La imagen del presidente único como símbolo de unidad, autoridad y representación nacional parece incuestionable. Sin embargo, existen naciones donde el poder supremo no se deposita en un individuo, sino que se comparte entre dos o más figuras. No se trata de crisis institucionales ni de disputas por legitimidad, son modelos políticos reconocidos y regulados por la ley.
Estos sistemas, poco comunes y a menudo desconocidos, responden a historias complejas, equilibrios étnicos, tradiciones centenarias o a una profunda desconfianza en la concentración del poder.
Aunque escasos, estos países demuestran que la presidencia, lejos de ser una fórmula rígida, puede adoptar formas diversas, moldeadas por la historia, la cultura política o decisiones estratégicas del poder.
La República de San Marino mantiene uno de los sistemas políticos más antiguos y singulares del mundo. Desde 1243, el país elige dos Capitanes Regentes, ambos ejercen simultáneamente la jefatura del Estado durante mandatos de apenas seis meses.
Los dos poseen exactamente las mismas atribuciones y pueden vetar las decisiones del otro. El principio rector es evitar la concentración del poder. Lejos de ser un vestigio ceremonial, este modelo ha garantizado estabilidad institucional durante siglos.
En Suiza, la jefatura del Estado y del gobierno recae en un Consejo Federal compuesto por siete miembros que gobiernan de forma colegiada. Cada año, uno de ellos asume la presidencia de manera rotatoria, sin prerrogativas especiales sobre sus colegas.
El sistema refleja una profunda tradición de consenso, federalismo y desconfianza hacia el liderazgo personalista. El presidente suizo no gobierna por encima del resto, actúa como primus inter pares (el primero entre iguales).
Resultado de los Acuerdos de Dayton, Bosnia y Herzegovina adoptaron una Presidencia tripartita, integrada por un bosnio musulmán, un serbio y un croata. Los tres son elegidos por voto popular y comparten la jefatura del Estado, turnándose la presidencia cada ocho meses.
El diseño busca impedir la hegemonía de un grupo étnico sobre los demás. Aunque el gobierno ha sido criticado por su lentitud y complejidad, constituye un ejemplo claro de presidencia múltiple establecida por mandato constitucional.
El Principado de Andorra posee una jefatura del Estado compartida por dos copríncipes: el presidente de Francia y el obispo de Urgell, de España. Ambos ejercen funciones constitucionales conjuntas, mientras el poder ejecutivo cotidiano recae en un jefe de gobierno elegido democráticamente.
Este modelo, de raíces medievales, ha sido adaptado al constitucionalismo moderno y continúa plenamente vigente, convirtiendo a Andorra en uno de los Estados más singulares de Europa.
Desde enero de 2025, Nicaragua estableció, mediante reforma constitucional, la figura de la copresidencia. El poder ejecutivo y la jefatura del Estado son ejercidos de manera conjunta por Daniel Ortega y Rosario Murillo, sin jerarquía formal entre ambos.
A diferencia de los modelos colegiados o rotativos, el caso nicaragüense concentra la presidencia en un binomio permanente, con facultades compartidas para dirigir el gobierno, firmar decretos y representar al país en el ámbito internacional. La reforma no prevé mecanismos de arbitraje interno en caso de desacuerdo, aunque el discurso oficial presenta la cohesión política como garantía de estabilidad.
El modelo no surge de una transición ni de un acuerdo de paz, más bien de una redefinición del poder dentro de un régimen ya establecido. Más allá de las interpretaciones, Nicaragua reconoce formalmente dos presidentes en ejercicio simultáneo, un hecho excepcional en América Latina.
En casi todos estos casos, la presidencia compartida responde a una misma preocupación: cómo ejercer el poder sin concentrarlo. Ya sea para preservar equilibrios históricos, representar la diversidad social o redefinir el mando político, estos sistemas desafían la idea de que gobernar exige una sola voz.
¿El órgano sobrante?
Aunque el apéndice no es un órgano vital, la ciencia ha demostrado que podría tener funciones secundarias. Sobre el tema indaga Maritza Núñez, de Guantánamo

Durante décadas, el apéndice vermiforme ha sido presentado como el ejemplo perfecto de un órgano inútil: un vestigio de la evolución que no cumple función alguna y solo se hace notar cuando se inflama. Sin embargo, la ciencia contemporánea ha comenzado a desmontar esa certeza, revelando que este pequeño saco adherido al intestino grueso podría tener más importancia de la que se le atribuyó durante siglos.
El apéndice mide entre seis y 10 centímetros, y se localiza en el ciego, al inicio del colon. Su extirpación no parece generar consecuencias graves a largo plazo, por lo que reforzó la idea de que su presencia era prescindible; sin embargo, que un órgano no sea indispensable no significa necesariamente que sea inútil.
Investigaciones publicadas en la revista Journal of Theoretical Biology por el inmunólogo William Parker y su equipo de la Universidad de Duke señalan que el apéndice podría funcionar como un “refugio” para bacterias beneficiosas del intestino. Según estos estudios, en casos de diarreas severas o infecciones intestinales, entre ellas el cólera, cuando la flora bacteriana se ve arrasada, el apéndice ayudaría a repoblar el intestino con microrganismos saludables.
Esta hipótesis se apoya en la anatomía misma del órgano. El apéndice contiene una alta concentración de tejido linfoide, similar al que se encuentra en las amígdalas.
Desde el punto de vista evolutivo, el apéndice tampoco parece ser un simple residuo sin sentido. Un estudio liderado por la bióloga Heather Smith, de la Universidad Midwestern, publicado en la revista Comptes Rendus Palevol, analizó más de 500 especies de mamíferos y concluyó que el complemento ha aparecido de forma independiente varias veces a lo largo de la evolución. Para los científicos, esta recurrencia sugiere que el órgano ofrece alguna ventaja adaptativa relacionada con la inmunidad intestinal.
Investigaciones epidemiológicas han observado patrones llamativos. Un análisis difundido por la publicación Science Translational Medicine indica que las personas sin apéndice podrían tener un mayor riesgo de padecer infecciones intestinales recurrentes por Clostridioides difficile, una bacteria asociada a tratamientos prolongados con antibióticos.
Nada de esto implica que vivir sin él sea peligroso. Millones de personas llevan una vida completamente normal tras una apendicectomía. Pero sí obliga a replantear la narrativa tradicional que lo presentaba como un error de la naturaleza.
La ciencia actual prefiere hablar de un órgano con funciones modestas, aunque reales, cuya utilidad depende del contexto y de las condiciones del entorno. Tal vez no sea una pieza esencial, pero cada vez resulta más claro que tampoco es un simple estorbo biológico.


















