Múltiples actividades literarias tienen lugar mensualmente en el Centro. / TINO ACOSTA
Múltiples actividades literarias tienen lugar mensualmente en el Centro. / TINO ACOSTA

Desterrando el silencio

Versos, testimonios; evocaciones y actualidad de una institución que busca alternativas para continuar promoviendo la cultura, incluso en las circunstancias más difíciles


Algunos afirman que el alma de su dueña todavía recorre la casa donde la escritora, Premio Nacional de Literatura y Premio Cervantes, vivió medio siglo, hasta su fallecimiento. En el Vedado habanero (calle 19, esquina a E, número 502), la edificación muestra al público tres salas expositivas, una biblioteca, una hemeroteca y un recinto para conferencias ubicado en el antiguo garaje.

En el salón colonial, ubicado en la planta baja, se reunían décadas atrás los integrantes de la Academia Cubana de la Lengua. / flickr.com

Por el salón francés (su mobiliario es de estilo Luis XV y Luis XVI) y por el colonial (en él se exhiben objetos con valor patrimonial) caminó otrora Dulce María Loynaz, presidiendo las sesiones de la Academia Cubana de la Lengua o pensando en versos. Quizás llevara un libro o un abanico en sus manos. Allí recibió en otras ocasiones, feliz y elegante, a las amistades, el café servido en delicada vajilla.

Ya septuagenaria, recordaría los momentos transcurridos en esas habitaciones con su segundo esposo, el periodista Pablo Álvarez de Cañas, y empezaría a redactar en 1976 Fe de vida, obra biográfica porque se refiere a aquel cronista social y su época, autobiográfica porque al hablar de su marido, ella también queda dentro del cuadro. Sobre sí misma manifestó en la introducción: “¿qué soy? ¿qué represento en esta hora? Solo lo que él quiso que fuera. Pasé como una estrella fugaz en la noche y mi carrera duró lo que duró la mano que la impulsaba”.

Tal vez se detendría en el descanso de la escalera, frente al hermoso vitral que la ilumina, dudando en si debía o no divulgar sus evocaciones. Temor expresado en la segunda parte del volumen: “¿Valía la pena que yo hiciera este sacrificio de mis más guardados sentimientos, este desplegar al sol, ante gentes extrañas que no me conocieron, los secretos que nunca quise compartir ni aun con los que vivieron junto a mí?”.

Tomasa González recalca la labor rectora, en el ámbito cultural, de la institución que dirige. / TINO ACOSTA

En 1958, cuando ya llevaba una década mirando desde su portal esa esquina habanera, había concebido un poema sobre otra morada suya, antigua, entrañable. En Últimos días de una casa lamenta su decadencia:

Nadie puede decir/ que he sido yo una casa silenciosa; / por el contrario, a muchos muchas veces/ rasgué la seda pálida del sueño/ –el nocturno capullo en que se envuelven…/ con mi piano crecido en la alta noche, / las risas y los cantos de los jóvenes/ y aquella efervescencia de la vida/ que ha borbotado siempre en mis ventanas/ como en los ojos de/ las mujeres enamoradas.

No me han faltado, claro está, días en blanco. / Sí; días sin palabras que decir/ en que hasta el leve roce de una hoja/ pudo sonar mil veces aumentado/ con una resonancia de tambores. / Pero el silencio era distinto entonces:/ era un silencio con sabor humano.

[…]

Otro día ha pasado y nadie se me acerca. / Me siento ya una casa enferma,/ una casa leprosa. / Es necesario que alguien venga/ a recoger los mangos que se caen/ en el patio y se pierden/ sin que nadie les tiente la dulzura. / Es necesario que alguien venga/ a cerrar la ventana/ del comedor, que se ha quedado abierta,/ y anoche entraron los murciélagos…/ Es necesario que alguien venga/ a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.

También la residencia de 19 y E fue cediendo terreno al silencio mientras avanzaban los años 60. Durante décadas permaneció con sus puertas cerradas y las fugaces apariciones de la anciana intrigaron al vecindario. Contados investigadores, escritores y periodistas tuvieron la suerte de trasponer su umbral. Aldo Martínez Malo, uno de los afortunados, no solo visitó a su propietaria, sino que mantuvo con ella una dilatada correspondencia y la convenció de emprender la ya mencionada biografía de su esposo. Según él atestigua, la autora dejó constancia de que concluyó el texto “el 3 de agosto de 1978, un sábado lluvioso y a las tres en punto de la tarde”. Bajo el agua, ¿despertarían su melancolía los canteros descuidados, los senderos desiertos?

Manuel Díaz Martínez acudió a ella en el decenio de los 80, pues deseaba información para escribir un libro sobre su hermano, el poeta Enrique Loynaz. “Solo Dulce María podía ayudarme –asegura– y lo hizo con generosidad […] Así empezó nuestra amistad, una tarde de enero, en la casona […] donde la poetisa vivía […] aquella tarde la vi por primera vez: menuda, las manos posadas sobre su larga falda gris, finas y pálidas como su rostro. Allí le descubrí esa manera suya, discretamente triste, de sonreír. Allí escuché ‘en vivo’ su palabra, tan ordenada y precisa que al oírla tenía uno la impresión de no estar oyendo, sino leyendo”.

Durante las Tertulias en el Jardín, músicos reconocidos y estudiantes de las escuelas de arte muestran su talento. / TINO ACOSTA

Orlando Castellanos grabó la conversación que sostuvieron en noviembre de 1992, tras otorgársele a la escritora el Premio Cervantes de Literatura. En un texto periodístico compartió sus impresiones acerca de la vivienda: “luego de trasponer la verja del no muy cuidado jardín, se pasa, en el amplio portal, frente a un busto de su padre, el general del Ejército Libertador de Cuba, Enrique Loynaz del Castillo, situado muy próximo a la entrada principal.

“Siempre que visito esta casa, al llegar al salón de recibo, experimento la sensación de que el tiempo se detuvo entre los finales del pasado siglo y el comienzo de este que está por terminar”.

A la última de las interrogantes (cuál era su obra predilecta), la entrevistada respondió: “es como preguntar a una madre cuál es su hijo más querido. Yo los quiero a todos. Quiero a todos mis hijos. Quizás el que considero mejor logrado es Poemas sin nombre, y como lo escrito en muy buen español, Un verano en Tenerife”.

Ante los escollos

Tras el fallecimiento de su dueña (ocurrió el 27 de abril de 1997), el inmueble fue restaurado mediante un convenio entre la Junta de Andalucía y el Ministerio de Cultura cubano. En febrero de 2005 acogió la institución que lleva el nombre de la escritora y es, al mismo tiempo, el Centro Nacional de Promoción Literaria.

Hoy la literata e investigadora Tomasa González Pérez dirige la entidad, a la cual se subordinan metodológicamente los organismos afines creados a lo largo del país. De acuerdo con sus explicaciones, estos hacen llegar su programación mensual al Centro, el cual “conforma el programa literario que después enviamos al Ministerio de Cultura”. Asimismo, la institución “coordina las acciones relacionadas con múltiples premios: el de la Crítica, el Internacional Julio Cortázar, los Pinos Nuevos, los Premios nacionales de Literatura, Ciencias Sociales, Edición, Diseño del Libro. Además, desde la capital supervisamos los galardones literarios concedidos por las provincias”.

Otra función importante se vincula con la Feria Internacional del Libro de La Habana. “Aquí nace el programa (para la sede y las subsedes) de la mayor fiesta cultural de la familia cubana, supervisado por la dirección del Instituto Cubano del Libro.

“Contamos también con La letra del escriba. Al frente de su pequeño grupo de editores y diseñadores se encuentra Basilia Papastamatíu. Esta revista ya cumplió 20 años de fundada; ahora se publica digitalmente y la podemos hallar en la plataforma Cubaliteraria. Es muy importante, pues difunde obras de los más representativos escritores cubanos. Por eso prestigia a la literatura nacional”, finaliza Tomasa González.

Al mismo tiempo, la institución ofrece diversas opciones literarias. En uno de sus espacios fijos, Tertulias en el Jardín, escuché a Reinaldo Cedeño relatar cómo con osadía e insistencia logró ser recibido por Dulce María en 1994. Al traspasar la reja, él vio las hojas caídas, la fuente seca, una de las estatuas descabezadas. Luego, en la penumbra del interior, ella lo acogió sentada en un sillón, no lejos de la escultura que personifica a Safo, la poetisa griega. “Por favor, joven, solo una hora, las entrevistas me agotan mucho, y acérquese, el oído me empieza a fallar”, le dijo. “Era un lirio a punto de quebrarse, pero conservaba intacta su mente de ceiba”, declararía en otra ocasión este reportero y literato al evocar el suceso.

Frank Coto recuerda que Aitana Alberti mantuvo aquí, por alrededor de 15 años, el espacio Fe de Vida, con la participación de notables escritores e intelectuales. / TINO ACOSTA

Varios han sido los intelectuales que en las Tertulias… han charlado acerca de Dulce María. Por ejemplo, Miguel Barnet, Nancy Morejón, Virgilio López Lemus, Pedro Simón, María Elena Llana, Waldo Leyva, Fernando Rodríguez Sosa. Sobre esas peñas, puntualiza Frank Coto Hernández, promotor del Centro y especialista principal a cargo del Programa Literario Nacional: “Son conducidas por la propia directora, Tomasa González. Siempre traemos a una personalidad que haya conocido a la escritora o investigado acerca de su quehacer. Además, mediante lecturas y declamaciones se rememora su obra. En el segmento musical actúan prestigiosos artistas y estudiantes destacados de las escuelas de arte. Ha devenido un evento de considerable aceptación y concurrencia de públicos. Se realiza el cuarto viernes del mes, a las dos de la tarde, en el portal de la casona”.

Los restantes encuentros mensuales ocurren a la misma hora, en el salón Federico García Lorca. Memorias de la guerra (el segundo jueves) está a cargo de Elvis Rodríguez, vicepresidente del Instituto de Historia de Cuba. Expone hechos, efemérides, anécdotas. Gentes y lugares de La Habana (tercer miércoles) es presentado por el periodista Ciro Bianchi. Por último, en el Café Literario Aire de Luz (tercer jueves), Basilia Papastamatíu “promueve la mejor poesía cubana actual”, incluida la de jóvenes premiados, prosigue Coto.

“Dichas actividades se efectúan con un presupuesto mínimo, entregado por el Ministerio de Cultura. Y muchas personas contribuyen con iniciativas, ingenio, creatividad; los colaboradores ofrecen gratuitamente sus servicios. Ninguna se ha suspendido por los cortes de la electricidad. Hemos buscado alternativas: usar un proyector con baterías recargables, convidar a artistas que puedan acompañarse con instrumentos como la guitarra, el violín. Han cantado incluso a capela. El ejemplo más significativo es el concierto de Reynier Mariño y su grupo; aunque se hizo sin equipos de audio, ha sido una de nuestras mejores jornadas. Haber tenido la oportunidad de escuchar en la voz de Diana, la vocalista principal, poemas musicalizados por Reynier, como Al Almendares, fue muy hermoso”.

Festivales nacionales e internacionales de poesía, homenajes a intelectuales, presentaciones de libros, son acciones también comunes en los predios de la casona. A menudo, quienes llegan antes del inicio se sientan bajo la pérgola del patio. Intercambian saludos, dialogan sobre literatura. Los anfitriones los reciben sonrientes, sin dejar traslucir sus tribulaciones y esfuerzos para intentar que en el plazo más corto posible se emprendan en el inmueble reparaciones que mantengan su buen estado constructivo. Y honrar, sea cuales sean las circunstancias, como expresa Frank Coto, el pensamiento de Dulce María Loynaz: “La cultura sigue… y es a ella a quien debemos servir”

Estas composiciones integran el volumen Poemas sin nombre.

POEMA II

Yo dejo mi palabra en el aire, sin llaves y sin velos.

Porque ella no es un arca de codicia, ni una mujer coqueta que trata de parecer más hermosa de lo que es.

Yo dejo mi palabra en el aire, para que todos la vean, la palpen, la estrujen o la expriman.

Nada hay en ella que no sea yo misma; pero en ceñirla como cilicio y no como manto pudiera estar toda mi ciencia.

POEMA XLIX

Yo guardaré para ti las últimas rosas…

Porque no hayas sembrado, no tengas miedo de encontrar la casa vacía. Porque no la cerraste para la tormenta, no pienses que otros no pondrán su pecho contra el viento.

Ninguno firme como el tuyo, ninguno seguro como el tuyo cuando quiso serlo; pero con el huracán a la puerta, todos sabremos defenderla.

Yo salvaré la casa y el jardín; yo recogeré todo lo que aún es digno de guardarse; menos, quizá, de lo que cabe en el hueco de mis manos…

Pero yo guardaré para ti las últimas rosas, y cuando tú vuelvas y veas la casa sin luz, el jardín devastado, piensa con un poco de emoción que todavía hay rosas para ti.

Comparte en redes sociales:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Te Recomendamos