La casa donde residiera durante sus últimas décadas de vida Dulce María Loynaz acoge una tertulia para recordar a la escritora
ESCENARIO: Un portal habanero, rodeado de arbustos y flores.
PROTAGONISTAS: Dulce María Loynaz (poeta y narradora cubana), con su voz en off. Tomasa González Pérez (investigadora, poeta y anfitriona del espacio Tertulias en el Jardín). Fernando Rodríguez Sosa (periodista, crítico literario y promotor cultural).
Dulce María: Amor es ponerse de almohada/ para el cansancio de cada día; /es ponerse de sol vivo/ en el ansia de la semilla ciega/ que perdió el rumbo de la luz, /aprisionada por su tierra, /vencida por su misma tierra…
Tomasa (de pie, dirigiéndose al auditorio): Buenas tardes. Amor es compartir nuestra alegría, el afecto hacia Dulce María Loynaz, una mujer universal.
(Breve pausa para presentar a su principal invitado. Alza un papel. Lee).

Hoy tenemos un gran privilegio. Fernando Rodríguez Sosa llega con su andar de lector incansable, con su mirada que acaricia los libros y su palabra que los envuelve como puente; crítico que no juzga, sino que abraza; periodista que no corre, sino escucha. Su voz ha sido faro en la radio, en la televisión.
Fernando (luego de agradecer el encomio): El Centro Dulce María Loynaz es un templo de la cultura cubana, porque aquí vivió ella los últimos años de su existencia y pudo atesorar el talento que aparece en sus obras. Resulta estremecedor haber comenzado la tarde escuchando Amor es, un hermoso canto. Ese poema fue grabado en esta casa, por un maestro de la radiodifusión, Orlando Castellanos. (Mira en dirección a su interlocutora, quien ya se ha sentado tras la mesa, junto a él). Es un placer asistir a Tertulias en el Jardín, encuentro que Tomasa organiza desde hace un año.
Tomasa: Aunque no conociste personalmente a Dulce María, has estudiado sus obras. Quisiera que nos hablaras sobre alguna en específico.
Fernando (gira el rostro hacia los espectadores): Generalmente, se menciona su poesía. No niego el valor de dicho quehacer lírico, sin embargo, hay una zona menos abordada por la crítica y los lectores; a excepción de la novela Jardín, con numerosas impresiones en Cuba. Pero dentro de los textos narrativos de Dulce María Loynaz se halla Un verano en Tenerife, sobre aquellos años en los que viajó con Pablo Álvarez de Cañas por esa región de la geografía española. También escribió Fe de vida, volumen igualmente dedicado a su segundo esposo, en el cual nos brinda sus memorias de una familia y una época.
Contamos, asimismo, con su epistolario. Ediciones Loynaz, de Pinar del Río, ha tenido el buen tino de darlo a conocer en varios tomos. Uno de ellos, Cartas a Julio Orlando, se publicó gracias a las gestiones de Aldo Martínez Malo –un hombre imprescindible en el rescate de la obra de Dulce María Loynaz– y la coordinación entre la editorial pinareña y Gente Nueva. Es revelador porque hasta su salida existía una visión un poco cerrada, alejada, de la personalidad humana de la escritora. Si uno lee Cartas a Julio Orlando, dirigidas a un niño, el sobrino de Martínez Malo, puede darse cuenta de que detrás de una dureza aparente había una mujer de gran ternura.
(Se escucha un violín. Música del compositor alemán Georg Telemann. La interpreta una estudiante del Centro Sinfónico Infantil de La Habana Vieja. Concluye).
Dulce María: Este río de nombre musical/ llega a mi corazón por un camino/ de arterias tibias y temblor de diástoles…
Él no tiene horizontes de Amazonas/ ni misterio de Nilos, pero acaso/ ninguno lo mejore el cielo limpio/ ni la finura de su pie y su talle.
Suelto en la tierra azul… Con las estrellas/ Pastando en los potreros de la Noche…/ ¡Qué verde luz de los cocuyos hiende/ y qué ondular de los cañaverales!
O bajo el sol pulposo de las siestas,/ amodorrado entre los juncos gráciles,/ se lame los jacintos de la orilla/ y se cuaja en almíbares de oro…/ ¡Un vuelo de sinsontes encendidos/ le traza el dulce nombre de Almendares!
Su color, entre pálido y moreno:/ –Color de mujeres tropicales…–/ Su rumbo entre ligero y entre lánguido… / Rumbo de libre pájaro en el aire.
Le bebe al campo el sol de la madrugada,/ le ciñe a la ciudad brazo de amante.
¡Cómo se yergue en la espiral de vientos/ del cubano ciclón…! ¡Cómo se dobla/ bajo la curva de los Puentes Grandes…!
Yo no diré qué mano me lo arranca,/ ni de qué piedra de mi pecho nace:/ Yo no diré que él sea más hermoso…/ ¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!
Tomasa: Fernando, te pido que nos hables del poema y del libro donde se encuentra.
Fernando (asintiendo): Es un canto a la cubanía, a la identidad nacional, dedicado al río que discurre por la capital de Cuba. Fíjense, ella dice al final: “mi raíz, mi sangre”. Al Almendares pertenece a Juegos de agua. Versos del agua y del amor. El volumen, uno de los primeros publicados por esta autora, fue estructurado en varias secciones, en torno a la lluvia, el mar, los ríos. Algunas de sus poesías han sido narradas oralmente o musicalizadas. Porque tienen una característica esencial: la musicalidad presente en toda la poética de la escritora.
En general los elementos de la naturaleza son fundamentales en los textos de Dulce María. Los encontramos, por ejemplo, en Poemas sin nombre, esos aforismos o reflexiones acerca de la vida, que también han sido musicalizados en muchas ocasiones.
Tomasa (con fervor). Queremos que la obra de Dulce María Loynaz siga viva y las nuevas generaciones puedan disfrutarla.
Fernando Rodríguez Sosa (acercándose al micrófono, cual si pretendiera recalcar la idea): Hay otra zona que debemos revalorizar, la de sus crónicas. Ediciones Loynaz ha publicado algunas, no obstante, sería oportuno reeditarlas. En ellas se entremezclan la realidad y la ficción. Una trata sobre la visita de la infanta Eulalia de Borbón, miembro de la realeza española, a Cuba en 1893. Por supuesto, Dulce María no vivió en aquella época, pero a partir de lo que leyó en la prensa de entonces pudo recrearla.
(Regresa la música. Los violines son tocados por otros estudiantes y un profesor. Entre tema y tema, la directora del Centro y organizadora de la tertulia pide a unas cuantas personas sentadas en el auditorio que lean versos de Dulce María. Lo hacen).
Tomasa (complacida, optimista, extiende los brazos hacia la numerosa concurrencia): Espero que este espacio se mantenga con igual vitalidad y afluencia de personas. (Se vuelve hacia su compañero de mesa. Lo invita a proseguir).
Fernando: Te propongo oír una grabación que reafirma la cubanía de Dulce María Loynaz. Ella obtuvo dos relevantes galardones por el conjunto de su obra: el Premio Nacional de Literatura (en 1987) y más adelante el Premio Miguel de Cervantes, concedido en España. En su discurso de agradecimiento, durante la entrega del primero, en el Palacio del Segundo Cabo, la homenajeada hizo una importante reflexión.
Dulce María: Sin pensarlo ni buscarlo, salta mi nombre a la publicidad, con motivo del anuncio de dos prestigiosos lauros, el Cervantes de España y el Nacional de Cuba. Parece, o por lo menos así se me ha dicho, que estuve a punto de alcanzar los dos.
(Las frases, coherentes y seguras, no delatan la avanzada edad de la oradora).

Yo recibo el de Cuba. Y el de Cuba tiene para mí un especial significado, que no puede tener, naturalmente, el de España, porque no estoy respecto a ella en la misma situación que estoy con relación a mi país. Trataré de explicarme, aunque es difícil.
El Premio Cervantes hubiera puesto mi nombre más allá de nuestras playas, lo hubiera puesto en todos los cintillos periodísticos de la América hispánica, en todas las pantallas de televisión, en todas las grandes editoriales, en todas las tertulias literarias. Eso hubiera sido, lo confieso, muy hermoso para mí. Hubiera sido muy hermoso hace 40 años. Pero a estas alturas de la vida, después de todo lo pasado y no pasado, puedo decir que en verdad no necesito esas vanidades.
(Pasa a valorar el galardón otorgado en la Isla. Y ahora percibimos un énfasis mayor en la pronunciación. Luego, un pequeño quiebre, como de llanto contenido).
Espero que comprendan mi emoción. Era un lauro cubano, y me lo ofrecía mi país para demostrarme que aún en medio de mi clausura, voluntaria o involuntaria, no se me había olvidado.
(Recupera la compostura, el tono firme).
El Premio Cervantes me hubiera dado fama. El Premio de Cuba me da, o me devuelve, lo que di por perdido, me devuelve el calor humano, la confianza en mí misma, el amor de los míos[…] y yo, señoras y señores, puesta en el caso, elegí siempre el amor.
(Tomasa alerta con un gesto a su último convidado. Saúl Rodríguez, ganador del premio de Interpretación en el Concurso Nacional de Guitarra, auspiciado por la Uneac en 2024, acomoda el instrumento. Aún conmovidos por la disertación de Dulce María Loynaz, el público y su anfitriona escuchan tres piezas clásicas, un tanto nostálgicas, cálidas. Cesan las notas. El portal, el jardín, se colman de aplausos).


















