Ella lo deseaba, necesitaba comerlo sin demora. Él intentó persuadirla: mejor aguardar hasta el cobro, al día siguiente. La mujer se negó.
–Mira lo que dicen en Internet: ayuda a la digestión. Y tú sabes lo revuelto que está mi estómago. Además, contiene proteínas, fibra alimenticia, vitaminas A, C y E, potasio, magnesio, hierro, calcio y sodio.
Cuando el esposo le suplicó un poco de paciencia, su media naranja apeló a la “sabiduría” popular: no satisfacer el antojo de una embarazada lleva a consecuencias terribles.
–Si se te acabó el dinero, mi hermano podría…
La atajó. Ni hablar; solo muerto dejaría de ser el proveedor de su familia, ese era un principio inviolable. No iba a empezar a pedir favores y menos a…
No terminó en voz alta la frase. Cada vez que el nombre de su cuñado salía a relucir, se armaba una tormenta. Cogió la mochila, la vara de alzar la tendedera y partió sin despedirse.
Justo a la entrada de su centro laboral, junto a la tapia, había prosperado una mata de aguacates. Aunque era domingo, la temperatura ascendía a 30 grados a la sombra y la distancia entre un punto y otro no bajaba de 40 cuadras, intentó recuperar el buen humor. Aprovecharía para realizar ejercicios.
Por supuesto, el custodio lo saludó con extrañeza. Pero al conocer el dilema del futuro padre aceptó colaborar; él sabía cómo eran esas cosas, se había casado tres veces y tenía cuatro hijos. A falta de escalera, le prestó una mesa, colocó encima una silla y se dispuso a sostenerlas de modo que no se movieran.
Incluso así la vara quedaba algo corta. Tuvo que empinarse y estirar los brazos cuanto pudo. Ya casi agarraba la fruta, giró unos centímetros a la derecha…
Entonces sonó el teléfono. A esa hora siempre el director verificaba si la empresa andaba en orden. El improvisado ayudante miró hacia la recepción, a escasos 10 metros.
–Ten cuidado, vuelvo enseguida –avisó al equilibrista y soltó los muebles. Logró descolgar el auricular antes del último timbrazo. El diálogo fue breve. Dio unos pasos en dirección al muro.
Estrépito y alarido al unísono. (¿Verdad que lo estaban presintiendo, queridos lectores?). En el suelo, retorcido, el joven continuó quejándose a gritos.
Imposible que el custodio abandonara su puesto. El accidentado debió transigir y localizar a su cuñado, dueño de un carrito eléctrico.
El hombretón llegó refunfuñando, por ver interrumpido su descanso dominical y por la tacañería de su pariente. ¡Si un aguacate cuesta menos de 200 pesos! Sin miramientos levantó las 130 libras del caído como si se tratara de una pluma –le sobraban fuerza y experiencia: había sido entrenador deportivo, ahora vivía de transportar mercancías para las mypimes– y lo acomodó en el asiento trasero del auto.
A la máxima velocidad posible lo condujo al hospital ortopédico. Allí, ni dedicó un segundo a averiguar si existía alguna camilla. Volvió a tomar en brazos al lesionado y entró al cuerpo de guardia.
Dos minutos antes el médico había subido a la sala a comprobar la evolución de un paciente. Durante un tiempo que le pareció eterno, además de soportar el dolor y el incesante caminar del cuñado, el socorrido escuchó su murmullo acusatorio: “Debía estar jugando dominó y tomándose una Parranda fría, no en una consulta… Él sí trabajaba muy duro, bajo el sol, la lluvia, no como otros –alusión inconfundible– que se la pasaban sentados detrás de un buró… Qué mala suerte… ¿Se demoraría mucho el cirujano?”.
Al punto del desmayo, vio aparecer al especialista. Necesitaban hacerle una placa, lo trasladarían a Rayos X en cuanto el sillón de ruedas estuviera desocupado, le oyó decir. El acompañante no quiso esperar, cargó nuevamente el cuerpo maltrecho y precedido por una enfermera se dirigió al departamento indicado.
Era la hora del almuerzo. Afortunadamente el técnico daba las mordidas finales al pan con perro caliente que le había regalado una amiga. Dada la urgencia del caso, el refresco lo dejaría para luego.
Mientras aguardaba en el pasillo, el transportista llamó a su hermana.
–Oye –informó sin preámbulos–, estoy con tu marido en el hospital…
–¡¿…?!
–No te alteres. El problema es en una pierna… Se cayó tratando de tumbar un aguacate en… Eso es asunto de ustedes. Lo mío es llevártelo a la casa… Espéranos ahí.
Tal vez, pensaba el hombre, al otro lo enyesaban pronto y él tendría chance de plantar por la tarde la mesa de dominó en el portal.
Pero ya había sonado el cañonazo de las nueve de la noche cuando socorrista y doliente arribaron al apartamento de la embarazada antojadiza. Nada más soltar su carga en el sofá, el primero salió a la carrera. Apenas si le devolvió, con un gruñido, el saludo a su hermana.
Recostado sobre los cojines, con el pantalón abierto por un costado y la extremidad inmovilizada mediante la escayola, el joven recordó que desde el desayuno no comía nada. Su estómago gruñía. Sin embargo, no se atrevía a pronunciar palabra alguna. Cómo hacerlo, si la esposa seguía parada en medio de la habitación, con las manos en la cintura y un gesto en el rostro que iba de la inquietud al enojo y viceversa.
Sonrió, conciliador. A su lado, se hallaba la mochila. Introdujo una mano y palpó el fondo. Sacó las llaves, la billetera… Sin comprender, ella sentía crecer en su pareja la consternación. Emergió una jaba transparente, un pañuelo estrujado, el celular.
–¡Esto es increíble, si la tuve cerca todo el tiempo! –exclamó sacudiendo la bolsa–. ¿Quién (epítetos impublicables) me robó (más sapos y culebras) el dichoso aguacate?


















