Foto. / Leyva Benítez
Foto. / Leyva Benítez

El disfrute de volver a ver

En la pantalla televisual se suscitan reencuentros con puestas de directores destacados, Chucho Cabrera y Abel Ponce, quienes influyeron en el conocimiento de los clásicos y en las interpretaciones creativas de desempeños actorales


En la era de la comunicación cultural, las ficciones audiovisuales transmiten conocimientos, rupturas e innovaciones mediante la conflictiva experiencia de realizar apropiaciones e invenciones de mensajes y códigos diseñados para espectadores diversos.

A veces, solemos pensar que series, telenovelas o telefilmes realizados en épocas pasadas pasaron de “moda” o perdieron actualidad. Experiencias recientes demuestran lo contrario. En la sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba varias personalidades recordaron no hace mucho la prominencia del director Chucho Cabrera. Por su parte, la cineasta Lourdes de los Santos y la directora radial Caridad Martínez trajeron al presente el legado de un artista virtuoso, batallador, maestro de generaciones, el primer decano de la Facultad Arte de los Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte.

Por estos días, volvemos a ver “su” serie En silencio ha tenido que ser (Cubavisión, sábado, 9:30 p.m.). Escrita por Abelardo Vidal y Nilda Rodríguez colocó en la pantalla una percepción del policíaco bien fraguado en todos los sentidos.

¿¡Quién no ha recordado un conmovedor pensamiento audiovisual por la manera de expresarlo un actor o una actriz!? Su gesto, la intencionalidad al decir un bocadillo o la sonrisa suave, discreta, son parte de ese acto creativo que necesitamos ver en la pantalla para comprendernos mejor, sí, a nosotros mismos.

Ese dilema interior, esa mirada lacerante o el grito ahogado pueden decir más que un parlamento carente de sentido. Pero todo esto debe estar presente en la visualización de la escena y en lo previsto durante la dinámica luz, color, foto que produce provocadoras connotaciones.

¿Por qué la elaboración espiritual de la sensualidad es tan poco frecuente en las recientes producciones cubanas? ¿Falta coherencia entre el montaje visual y el buceo interior de los personajes?

Ambas interrogantes suscitan otras relacionadas con el arte de contar historias. Esta prioridad, en apariencia simple, requiere dominar tres especialidades: dramaturgia, actuación y puesta en escena. Ninguna de ellas admite improvisación. En el proceso creativo todas son esenciales, pues forman parte del género dramático elegido y de la frase matriz presente en el desarrollo del filme, la serie, la telenovela o el corto.

Los públicos no “leen” explícitamente la moraleja de un relato, esta debe expresarse mediante valores icónicos y lingüísticos, incluso a través del silencio que suele hablar a voces.

La concreción de la moraleja elegida depende de la construcción del juego de las expectativas. Así ocurre en la vida real. Pocas veces identificamos las motivaciones, los fracasos, las angustias y los pesares de las personas.

Ese complejo universo de sensaciones y emociones nunca pertenece al pasado, tampoco es olvidado. Otro ejemplo memorable lo patentiza la retransmisión de la telenovela Rosas a crédito (Cubavisión, martes y jueves, 2:00 p.m.). Es una puesta del maestro Abel Ponce. Hay que verla para apreciar la labor creativa de la primera actriz Tahimí Alvariño y otros destacados intérpretes.

Precisamente, es imposible olvidar las lecciones de sabiduría del notable director, él siempre estuvo empeñado en enseñarnos la vigencia del maestro Stanislavski: “El objetivo del arte no es solo crear la vida del espíritu humano del papel a interpretar, sino también transmitirlo externamente en forma artística”.

Al enfrentar la realidad ningún creador toma la realidad para copiarla. Al apropiársela, la convierte en soporte de una significación de carácter humanista.

Guionistas y directores no siempre son conscientes de la importancia de los clásicos. Para transgredir maneras de contar es preciso conocer lo sedimentado, la experimentación, en tanto valor artístico responde a necesidades expresivas. De ningún modo basta decir “algo” nuevo, hay que resignificar la construcción de lo real.

Disímiles planteamientos en narrativas audiovisuales no son un mero instrumento pasivo en la construcción del sentido en imágenes, palabras, diálogos, puestas, estas nunca son inocentes, repercuten en procesos sociales, conflictos políticos y estructuras económicas.

En un mundo interconectado, si bien la TV no es la única responsable del enriquecimiento cultural de las mayorías, puede hacer mucho por él. Cada ficción lleva implícita una teoría filosófica, que debe ser desentrañada, refigurada dentro de un corpus general.

Nunca puede faltar la inteligencia lectora ante contenidos y fábulas, que alcanzan su clímax en narraciones concebidas para explorar las complejas dimensiones de actitudes y afectos en los seres humanos.

El manejo de la libertad creativa no es un don del cielo, se construye. Las artes intercambian indicios, metáforas, elipsis, preguntas, suelen fecundarse unas a otras mediante las incitaciones de los niveles temáticos, estéticos y expresivos.

¿Existe la originalidad? ¿Nos fijamos en cómo lo han hecho otros para elegir nuevos caminos? ¿Existen nuevos caminos o hay que encontrarlos? Hay tanto que preguntarse desde la filosofía de los antiguos griegos. Ellos no conocían el término crear; les bastaba con hacer, esta, en definitiva, es una palabra de orden y de acción. Pensemos en esto.

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