La IV Cumbre Celac-UE reunió a delegaciones de más de 60 países y constituyó el evento más relevante en el marco de las relaciones birregionales. /@petrogustavo
La IV Cumbre Celac-UE reunió a delegaciones de más de 60 países y constituyó el evento más relevante en el marco de las relaciones birregionales. /@petrogustavo

Entre la cumbre de los pueblos y el silencio de las sillas vacías

La cita Celac-Unión Europea evidenció ausencias del Viejo Continente y reclamos latinoamericanos de una nueva geometría del poder global, cooperación real y defensa regional


Santa Marta, la ciudad colombiana donde murió el Libertador Simón Bolívar, se vistió de gala para un reencuentro que prometía revitalizar el diálogo entre dos continentes. La IV Cumbre Celac-UE llegó cargada de simbolismo, pero también de contrapuntos elocuentes.

Previamente al encuentro birregional, las calles y auditorios paralelos acogieron la vibrante Cumbre de los Pueblos, donde movimientos sociales, organizaciones indígenas y académicos críticos alzaron su voz y recordaron que la integración verdadera no puede construirse sobre las asimetrías del pasado.

Ausencias que delatan y presencias que interpelan

No es lo mismo no poder que no querer. La inasistencia de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cuya agenda sí tuvo espacio para otras cumbres, junto con la notable falta de los líderes de Alemania, Francia e Italia, envió un mensaje tan claro como desalentador: en las altas esferas europeas, la asociación estratégica con América Latina y el Caribe sigue siendo un asunto de segunda categoría.

En contraste, destacó la significativa presencia de los estados caribeños, principales víctimas de una crisis climática que no han provocado pero cuyas consecuencias pagan cada día con el aumento del nivel del mar y la intensificación de los fenómenos meteorológicos.

Su voz, cargada de urgencia, recordó en cada sesión que la justicia climática no puede seguir siendo una promesa vacía.

Voces que marcaron la cumbre

Frente al silencio elocuente de las ausencias europeas, las intervenciones del mandatario Gustavo Petro, en su actual función de anfitrión y presidente pro tempore de la Celac, delinearon el tono y la ambición del encuentro. En la inauguración, su discurso resonó con fuerza histórica al señalar: “Aquí en Santa Marta tenemos que preguntarnos si estamos construyendo la unidad que soñó el Libertador o si seguimos reproduciendo las dependencias del pasado”.

Denunció que, bajo el amparo de tratados internacionales y en nombre de la democracia, aún se cometen ejecuciones extrajudiciales. Asimismo, planteó la urgencia de repensar este encuentro birregional como “un faro de luz” ante el avance de la barbarie e instó a definir “materias comunes de acción” para enfrentar los desafíos globales, respetando las diferentes posiciones de cada gobierno.

El presidente pro tempore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños abogó también por un diálogo entre civilizaciones, sin imposiciones ni visiones de superioridad. Concluyó con un llamado a construir una humanidad libre y una democracia global como bandera común.

Durante la clausura, el estadista colombiano fue aún más lejos al plantear: “el verdadero resultado de esta cumbre no se mide por las declaraciones firmadas, sino por nuestra capacidad para construir una nueva geometría de poder global donde nuestras voces sean escuchadas en igualdad de condiciones”. Más adelante afirmó que la declaración rubricada “no es solo un conjunto de compromisos: es una manifestación del fortalecimiento de la multilateralidad”.

Igualmente contundente resultó la intervención del vicepresidente de Cuba, Salvador Valdés Mesa, quien llevó a la cumbre las preocupaciones más sensibles de la región y llamó a la comunidad internacional a “movilizarse para detener esta agresión directa y las acciones militares de Estados Unidos en el Caribe, que ponen en peligro la paz, estabilidad y la seguridad regional”.

Entre la retórica y la urgencia

La Declaración de Santa Marta, un documento de 52 puntos, recogió formalmente las preocupaciones climáticas, pero los estados caribeños salieron de la cita sin compromisos concretos de financiación por pérdidas y daños, ni mecanismos claros de transferencia tecnológica que les permitan enfrentar la crisis climática.

El presidente del Consejo Europeo, António Costa, dijo que el encuentro enviaba un mensaje claro al mundo: “Europa, América Latina y el Caribe mantienen una apuesta por el diálogo en lugar de la división, la cooperación y no la confrontación”. Sin embargo, esta narrativa contrasta con la falta de respuestas concretas a las demandas históricas de los países más vulnerables al cambio climático.

El documento final ratificó el diálogo como herramienta de enfrentamiento a desafíos comunes y apoyo genérico al concepto de Zona de Paz sin compromisos operativos.

Lecciones de Santa Marta

Santa Marta será recordada no solo por las sillas vacías de los líderes europeos, sino por la elocuencia de las voces que sí se hicieron oír: la advertencia de Petro sobre las nuevas geometrías del poder global, el grito de auxilio de los estados caribeños frente al cambio climático y la denuncia cubana sobre la militarización creciente en la región.

La cumbre dejó en evidencia que, mientras Europa mantenga su mirada distraída, América Latina y el Caribe tienen el desafío de construir su propio camino en el mundo multipolar. Los acuerdos conceptuales sobre cambio climático, transición energética y cooperación deberán traducirse pronto en acciones concretas.

El verdadero legado de Santa Marta podría ser, paradójicamente, demostrar cómo la región debe aprender a caminar con sus propias piernas, construyendo alianzas Sur-Sur capaces de materializar lo que las cumbres birregionales solo han logrado enunciar.

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