Hay varias razones para explicar la afinidad de entre estas dos grandes personalidades del siglo XX, estrechamente unidas en el desvelo compartido por el patrimonio histórico y cultural de la nación cubana. A esa relación fraternal se refiere este testimonio con evidencias únicas que permiten catalogarla como una “hermandad de leyenda” [1]
La luz intensa iba tornándose en reflejos ocres. La tarde languidecía. El viento arremolinaba la hojarasca en la Plaza de la Revolución. Transcurría enero de 1993. La primera vez que estuve en el despacho del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, en el Palacio de la Revolución, él me habló de Eusebio Leal Spengler.
Habíamos charlado largo rato sobre múltiples temas: los preparativos de la expedición del Granma, los avatares en México, el recuerdo de viejos compañeros de lucha, la guerra insurreccional en la Sierra Maestra, el destino trágico del Che, al faltarle siempre el inhalador en los momentos más difíciles, y acerca de libros como El Quijote y Los Miserables, o narraciones mágicas de lo cotidiano continental como Crónica de una muerte anunciada y Noticia de un secuestro del Gabo, o la sorprendente obra de Stephen Hawking: Breve historia del tiempo: del big bang a los agujeros negros. Pero fue cuando conversábamos sobre pasajes de la vida de José Martí, que por muchos años habían avivado la polémica entre los estudiosos, que Fidel valoró las virtudes de Eusebio y súbitamente, y con un gesto resuelto, me dijo: “vamos a llamar a Leal”.
¿Y por qué Fidel acudió a Leal? Porque para él, Leal era una persona de una humanidad y una comprensión inconmensurable para con el otro; estaba seguro de que Leal no vería en modo alguno desapegos ni mancha en un alma natural y buena como la del Apóstol. Tan profundo resultaba ese sentir en Eusebio, que Fidel tenía plena convicción de que Leal, desde su fe cristiana, como católico, no iba a juzgar a José Martí.
Al constatar tanto amor en las cartas de José Martí a María Mantilla, nos preguntábamos si sería cierto o no que ella era hija de nuestro Héroe Nacional. Para Fidel resultaba vital intercambiar opiniones con alguien que, desde el punto de vista moral, pudiera entender que José Martí -además de todo- era un ser humano, alguien que podía actuar fuera de la norma moral de su época sin que ello lo disminuyera, sino todo lo contrario y que, precisamente, como ser humano podía vulnerar normas, preceptos acerca de lo pecaminoso, prejuicios y dejarse llevar por algo intenso, un fluir espiritual noble, amoroso y bello. (1)
Y entonces, Fidel llamó a Leal y a intervalos, con una voz susurrada, detenía el diálogo y me ponía al tanto del parecer de Leal y yo recuerdo que Eusebio corroboró que sí, que él consideraba que María Mantilla era hija de José Martí.
Por algunos historiadores supe que, durante la visita de María Mantilla a Cuba con motivo del Centenario del natalicio de José Martí, a cargo de cuya conmemoración estuvo el eminente historiador Emilio Roig de Leuchsenring, la viuda del hijo de José Martí exclamó al verla algo así: “Ay, pero si es mi esposo con faldas”. Otros expertos, contando los días, las semanas, los meses hasta el nacimiento de la niña, desestimaban tal probabilidad; aseguraban que, al llegar a Nueva York, la relación con Carmen Miyares tendría que haberse establecido de forma muy repentina para ser cierta, una circunstancia para ellos imposible.
Por mi parte, expresé mis certezas: Martí, ese ser extraordinario, era una persona que maravillaba al instante, y Carmen, a su vez, se encontraba en una situación muy compleja de su vida personal, y yo creí siempre que María Mantilla era hija de los amores entre Martí y Carmen. Para mí una prueba irrefutable era la fotografía donde aparecen Martí y María en Palm Beach, en la cual es tan evidente el parecido; en vuelo hacia arriba: el mentón, los labios, las mejillas, la nariz, los ojos, la mirada profunda, la frente anchurosa… al menos era lo que siempre yo había querido creer después de leer la intensidad de las cartas del Apóstol a María y observar aquella cercanía de estampa, aliento y presencia que la imagen captó, como un instante revelador en el tiempo, expresión de sentires sublimes de un hombre enamorado de Carmen, de un padre deslumbrado ante su hija. (2)
Pensando en la que siempre consideré instantánea fascinación de Martí por Carmen, recordé unas palabras dedicadas a una joven inglesa que José Martí conoció en Southtampton, al sur de Inglaterra, lugar de paso en viaje a los Estados Unidos en 1874; el barco atracó allí y él permaneció en el puerto muy brevemente: “Hasta en Southampton, durante una luminosa media hora, vi una dulce muchacha, nos quisimos, y nos dijimos adiós para siempre…”.(3)
Pienso que Fidel apeló a Leal porque reconocía en él un alma gemela en los desvelos, por su amor a los seres humanos y la pasión por la historia. La relación entre ellos era entrañable, cercana. Leal, con un respeto extraordinario, trataba a Fidel con mucho conocimiento del hombre que era, con sus virtudes y defectos; viéndolo de modo familiar, admirado y natural. Tenían una costumbre: de pronto, ambos se apartaban un poco de los demás, Fidel echaba el brazo sobre los hombros de Leal y mientras andaban despacio un breve trecho, intercambiaban asuntos propios y angustias en el batallar constante del perenne edificar, unir, fundar… en voz baja, como quien comparte confidencias.
Durante muchos años, la proximidad entre ambos seres excepcionales fue espléndida también por los amplios y detallados conocimientos que compartían en relación con la historia de Cuba, América Latina y el mundo. Fidel vio en Leal algo que le faltaba en su entorno general, una vastedad singular en los saberes acerca de la historia y una fineza y elegancia poco comunes. Hay que tener en cuenta que, en el trabajo, quienes colaborábamos con Fidel entonces, no alcanzábamos ni de lejos su erudición; sin embargo, Leal podía sostener una conversación con él de carácter, pudiéramos decir, trascendente.
Leal, además, era una persona muy parecida a Fidel: ambos muy solemnes; para las pequeñas cosas de la vida, los detalles mínimos de lo cotidiano que entretejen con sutileza la historia. Solemne Eusebio ante la existencia de un simple machete, aunque haya pertenecido al último de los mambises del Ejército Libertador. Leal significaba el hecho de que hubiera caído en nuestras manos. Fidel percibía la importancia de los pequeños, casi imperceptibles momentos; alguien atento al simbolismo de los días, las horas, los minutos; de los instantes cuando están de regreso en las coincidencias y las confluencias históricas: los cien años, los ciento cincuenta, los doscientos años de un acontecimiento que marcó vidas y sueños como el inicio de las Guerras de Independencia, el desembarco de Gómez y Martí por Playitas de Cajobabo o la caída en combate del Apóstol en la encrucijada de Dos Ríos.
Un día le hablé a Leal de Alba de Céspedes, cubano-italiana nieta del Padre de la Patria; por ese entonces yo estaba descubriendo cosas que nunca antes había leído y le digo: “me encantaría escribir una novela sobre Alba de Céspedes”.
Leal me pregunta: “¿pero conoces la historia?” Y rememora que Fidel y Alba dialogaron en 1968, cuando la conmemoración del centenario del inicio de las guerras de independencia. Alba fue muy cercana a Celia Sánchez, a Fidel y a Cuba. Después de su visita a nuestro país, desplegó esfuerzos por aplicar la experiencia cubana de la alfabetización en el sur de Italia, entonces un territorio de personas muy desfavorecidas, discriminadas. Leal contaba que Fidel y Alba conversaban, que el Comandante le hablaba a ella de sus proyectos: “voy a hacer esto, aquello” como quien levantaba castillos en el aire, y de pronto, Alba le preguntó con qué contaba para hacer realidad todo, de qué recursos disponía para cumplir tales sueños y que entonces Fidel le respondió rotundo: “Con gran amor”. Esa hermosa historia la narraba Leal con ese estilo suyo, invariablemente fervoroso y emocionado, tal como el que empleaba cuando se refería a seres en la vida de Fidel como la misma Celia o Pastorita Núñez, o Monseñor Méndez Arceo, Arzobispo de Cuernavaca, o a los exploradores Thor Heyerdalh y Antonio Núñez Jiménez o a las monjitas de las congregaciones religiosas en La Habana.
Un día de 2015 fui con la compañera Juanita Martínez, entonces Embajadora de Cuba en el Perú, a visitar a Eusebio en su casa durante su primera convalecencia. Juanita Martínez lo había recibido en Lima con motivo del Doctor Honoris Causa que le concedió la Universidad de San Marcos; siendo ella misma muy solemne y leal, a partir de entonces estrechó amistad con él. Aún se percibía en Eusebio la impresión por la gravedad vivida, creía que el tiempo se le acababa y comenzó a recordar y a hablar de Fidel y de otras ilustres personalidades. Afortunadamente, nuestra presencia lo reanimó, juntos vivimos una mañana de remembranzas para nunca olvidar. La charla tomó el rumbo de los recuerdos sobre Fidel y el peruano Francisco, Paco, Moncloa. En los años 60 y 70, este hombre de letras, militante de la causa progresista al lado del militar revolucionario Juan Velasco Alvarado, demostró su solidaridad con la Revolución Cubana y llegó a tener una relación muy cercana con Fidel y Raúl. Eusebio evocaba que Moncloa había sufrido un accidente en el que perdió su brazo derecho, un golpe tremendo para él, cuya intensa actividad periodística se había convertido en el centro de su vida, y emocionado, recordaba que Fidel y Raúl quisieron darle ánimos y le escribieron algunas frases con la mano izquierda y cartas muy alentadoras, todo como prueba y símbolo de que se podía vencer tal adversidad. Al regresar a Perú, Juanita visitó a la viuda de Paco y ella le mostró los originales de aquellos papeles. Luego, copias de tales documentos fueron enviadas a Fidel, Raúl y, por supuesto, a Eusebio.
Hay que recordar que tanto Fidel como Leal admiraban el pasado portentoso de nuestro Continente, con las civilizaciones que lo poblaron como la incaica, la tiahuanacota, la maya y azteca, entre otras. Las civilizaciones prehispánicas eran una prueba de la frondosidad perdurable de unos pueblos que fueron capaces de construir monumentales sitios como Tiahuanaco, Machu Pichu, Teotihuacán, Chichen Itzá, donde los templos, las casas, los espacios y su vínculo con los parajes en derredor resultan sorprendentes. Ambos sentían orgullo ante las creaciones y los conocimientos de los originarios de esta parte del mundo: la noción del cero en los mayas, los diseños de Nazca, que solo pueden apreciarse desde una altura de 2000 o 3000 metros, esparcidos en plenas llanuras, construcciones que eran obras de ingeniería, resultado de saberes que no existían en Europa cuando la conquista del hemisferio occidental, entre múltiples ejemplos. Y así, compartían el asombro por las pirámides que la floresta ocultó a lo largo de los siglos, con el mismo asombro con que ambos hablaban de las gestas libertadoras y de los hombres preclaros y valientes de nuestra historia continental y nacional. Fidel y Eusebio visitaron juntos San Pedro Alejandrino, estancia donde murió el Libertador Simón Bolívar. La fascinación era un sentimiento común ante lugares, acontecimientos, sublimes recuentos. Ambos estrecharon lazos amistosos con el pintor de Iberoamérica Oswaldo Guayasamín y vislumbraron tempranamente hidalguía y extraordinario liderazgo en el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, hijo de una Venezuela ubicada en la geografía entrañable de las gestas emancipatorias de Nuestra América.
Libros, mapas, exploraciones, rostros sepias, diarios, héroes, enigmas históricos y de la naturaleza, pasajes de lo callado por ser de lo recóndito del alma, del hogar; cosmos y hormigas, fonógrafos, álbumes familiares, oratoria elocuente e inusitada, fervientes luchas, sentimientos, catedrales ortodoxas: griega, rusa… puntos de una cartografía que repasa la identidad de sueños y obras definitiva entre Fidel y Leal, una hermandad de leyenda: noches enteras, madrugadas, porque a Fidel le gustaba amanecer y para esas horas de insomnio, con mucha frecuencia, el Comandante mandaba a buscar al Leal Spengler para nombrarlo como se debe, en el mismo estilo patriótico mambí con que él llamaba a Raúl, General Presidente.
Hay otras razones vitales para tal afinidad: el amor al pueblo, a los seres que fundan con presteza, ánimo y frondosidad; la cubanía, ambas personalidades apegadas no solo a la historia, sino también a las costumbres, tradiciones y al habla del país, con expresiones muy criollas y vívidas en el paladear de las palabras y el de cursar de los días, desde nuestros aborígenes hasta hoy mismo, decididos e indeclinables Quijotes del tiempo, en la voluntad de hacer pervivir contra viento y marea lo cubano y su territorio: el Archipiélago amado; por ello el desvelo compartido ante el patrimonio histórico y cultural de la nación. A esa llamarada persistente y frondosa, la vida toda en una confluencia mágica y singular que pudiéramos definir en un palpitar: Fidel Leal.
Notas:
- (1) Habría que recordar la autodefinición que Martí apunta en un cuaderno sobre sí mismo: “una personalidad briosa e impotente, libérrima y esclava, nobilísima y miserable, — divina y humanísima, delicada y grosera, noche y luz”.
- (2) Para entonces, aún no podía conocer que algunos descendientes de María Mantilla visitarían Cuba y tampoco los estudios que durante años había desarrollado el antropólogo, arqueólogo, médico legal, espeleólogo y escritor Ercilio Vento, cuyos resultados arrojaron luego de comparar 66 caracteres antropométricos en Martí y María Mantilla, un 74, 3 por ciento de semejanzas.
- (3) “Impressions of America (By a very fresh spaniard)” es el título original de una serie de crónicas concebidas en inglés. Martí las escribe bajo tal seudónimo, que ha sido traducido habitualmente como “un español muy fresco” o “impertinente”, aunque también como “un español recién llegado” (JM: “Impressions of America”, OCEC, t. 7, 2003, pp. 142-143.).
[1] Crónica originalmente publicada en el número especial de Opus Habana como homenaje póstumo a Eusebio Leal Splenguer que fue elaborado bajo la concepción editorial y gráfica de Árgel Calcines Pedreira, editor general y fundador de la revista y su actual director. Epígrafe y sumario de este trabajo son de su autoría. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, Número Especial 2020/2023, pp.136-138.























