José René Alfonso Alfonso siempre tiene una sonrisa en los labios cuando te muestra una propiedad donde más de 600 especies crean un ambiente divino, aunque prefieran llamarla finca agroecológica, ubicada en el antiguo Cordón de La Habana
Las únicas barreras visibles en la Finca Alborrego son las de piedra, o las zanjas. Cada roca va guiando el agua por el camino que desea el dueño: José René, quien aprendió a vivir en armonía con la naturaleza y vive seducido por ella.
Llegas a la portada de la propiedad de poco más de media hectárea, en la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Luis Ruiz Pallarés del municipio de Cotorro y es posible que la primera imagen sea la de la niña de la casa, Angely Sunely, amoldando caprichosamente los pedruscos de la entrada, con los cuales reducen el acceso del agua de lluvia a la vivienda y a las áreas de elaboración de la minindustria.
Yusleidys, la mamá, de vez en cuando le llamaba para ubicarla. La chica respondía entre los ecos capaces de tronar en un lugar algo escondido, donde antaño concibieron el llamado Cordón de La Habana. Quizás llegar al sitio fuera más fácil si las carreteras de acceso tuvieran menos baches y cunetas.
“Cuando piensas en la agroecología, lo primero para concebir una buena obra es la familia”, diserta José René y continúa señalando hacia unos palos ubicados a la derecha del portón:
“Esto es un depósito de energía para la minindustria, la cocción de alimento animal y la casa. Al lado está la reserva de heno en tiempo de seca”.
El amasijo de palos, cáscaras de coco y ramas permanecen de forma ordenada, de mayor a menor.
–¿Entonces tienes una minindustria?
–Sí. Mira esta es una batidora moderna. Me la entregaron por el Proyecto español de Sistemas Agrícolas Resilientes en Cuba. Ya la probé y es muy efectiva con el chopo, la malanga y la pera. No vayas a meter la mano porque las cuchillas son tremendas, me advierte el guajiro, quien nació aquí y tiene, por herencia de los abuelos, esas exiguas tierras en el lugar que antes fue llamado el Cordón de La Habana.
Luego precisó, señalando la labor que realiza Yusleidys: “Esa es la famosa pera cubana. Este año se me adelantó la cosecha. Mi esposa separa la masa de la semilla y luego la hervimos, antes de pasarla por los molinos. Así creamos la pulpa”.

Al diálogo se suma la mujer:
“Son un poco semiácidas y en Oriente le dicen Albaricoque. Usamos un nailon cuando no tenemos chapas nuevas de botellas para sellar bien el jugo. Puede durar bastante tiempo a temperatura ambiente”.
Luego José René mostró varios diseños de batidoras criollas creadas por él en coordinación con centros científicos e innovadores.
Se movió un poco el sombrero de alas demasiado anchas.

“Estoy tratando de resolver el problema de poner aquí la corriente trifásica, por la cantidad de inventos usados. Este es el lavador de botellas, la enchapadora, la nevera. La mujer enciende este chucho, las enjuagamos con cloro y las ponemos dos días al sol. Podemos conservar el producto por dos años. Todo es artesanal, de acero al níquel”, acota.
Se agita inquieto. Le avisamos de la visita solo un día antes y demostró cómo la organización y clasificación forma parte de su rutina.
Reanimó el diálogo: “La finca tiene más de 20 componentes. El fundamental en el agrosistema, reitero, es la familia, luego viene el suelo”.
El hombre de pequeña estatura abre una verja y continúa:
“Algo fundamental es la producción de humus de lombriz. Toda la semana depositamos aquí el estiércol fresco de un buey y una vaca, más los subproductos. Ponemos una malla. La lombriz come el excremento y debajo queda el humus de la especie California Roja. Producimos más de 20 toneladas al año. Aquí hay 133 libras de estiércol. Lo peso para aportar argumentos a la Maestría en Agroecología y Agricultura Sostenible en la cual estoy”.
Muestra todo lo logrado, con el orgullo de saberse en buenos pasos, este ingeniero agrónomo graduado en el Instituto de Ciencia Animal, en el municipio de San José de las Lajas, Mayabeque.

“En esta misma nave tenemos la apicultura. Comenzamos en el 2023. Debemos llegar a 20 panales este año. Las abejas son fundamentales en la fertilización y la biodiversidad de las diferentes especies”.
Argumentó que las abejas no tienen aguijón, por eso nunca pican. Cogió en sus manos una de las pequeñas cajitas y apuntó: “El año pasado alcanzamos 0.8 kilogramos en cinco colmenas. Esta especie es la Apis Melífera, un poco menos productiva en cuanto a miel, pero muy efectiva en la polinización. En Cuba la llamamos la Abeja de la Tierra. La miel es de mejor calidad que la otra y tiene muchas propiedades medicinales”.

Dio media vuelta en la misma nave y se acercó a una jaula de cuyes, luego a las de los conejos. Al estar ubicadas las jaulas encima de las lombrices, aprovecha también el estiércol y la orina en la producción de humus, uno de los fertilizantes naturales más potentes conocidos.
“Fíjese que estamos cerca de la casa y nunca sientes hedor. La naturaleza es sabia. Solo es importante saber guiarla. Los cuyes son ornamentales, aunque también pueden comerse. Yo vendo muchos pies de cría. Son poco exigentes en la alimentación, como los conejos.
“Estos conejos son de la raza Chinchilla, tienen los ojos rojos. También tenemos la California y el Pardo cubano”.
Agarra un macho enorme y me dice: “Cógele el peso a este Pardo cubano…” Me niego, conociendo los límites de quienes somos ajenos en terreno fértil.
Calculo que debe tener siete libras
“No, te equivocaste, tiene ocho y media”, aclara.

Un poco más adelante mete el brazo en un saco y muestra el pienso criollo elaborado por él, con semillas de titonia, canavalia, morera… buscando un balance, capaz de cubrir las necesidades de ambas especies. Continúa diciendo:
“Antes tenía un convenio con el Estado, pero a partir de la pandemia, el documento quedó sin efecto. Tenía 30 reproductoras. Ahora tengo en general 66 ejemplares. Un frasco para la enfermedad del conejo me cuesta 25 000 pesos. El medicamento se llama cunipravá y es importado.
“Para evitar que los ratones me coman las crías, cierro las jaulas con mallas finas. Así crecen sin problemas los gazapos –así se le dice a las crías pequeñas–, los cuales están con la madre hasta el destete”.
Salimos del Centro Multiplicador de la Cunicultura y cuando imaginé concluido el recorrido, me interceptó… “Ahora vamos para la finca”. (Continuará)



















