Heroísmo y dignidad con perfume de mujer

A Haydée Santamaría le asesinaron en forma alevosa a su novio y a su hermano en Santiago de Cuba tras el asalto al cuartel Moncada

Fotos. / Archivo de BOHEMIA


Del antiguo central azucarero Constancia, en Encrucijada, Las Villas, donde nació el 30 de diciembre de 1923, una joven delgada, rubia, de mirada penetrante, se traslada a un modesto apartamento del edificio ubicado en la esquina de 25 y 0, en el Vedado habanero, donde ya vivía uno de sus cuatro hermanos, Abel.

La historia les reservaba a los dos un espacio de lucha y de honor: ella, Haydée, como heroína del asalto al cuartel Moncada, la Sierra Maestra y el llano; y él, Abel, segundo jefe de la arriesgada acción combativa de Santiago de Cuba y Bayamo, ambos con sus apellidos de origen español: Santamaría Cuadrado.

Sus padres vinieron de niños a Cuba, procedentes de la península ibérica, se conocieron aquí y se casaron. Tuvieron cinco hijos, tres hembras y dos varones. Haydée, la mayor de todos.

Armando Hart Dávalos, uno de los combatientes fundadores de la Revolución, al referirse a Yeyé –como cariñosamente le decían sus familiares, amigos íntimos, vecinos y compañeros de lucha–, expresó en su libro Aldabonazo: “Fuimos prácticamente la misma persona. Era la mitad de mí mismo, y yo lo fui de ella. En mi vida personal no había nada ajeno a su alma. Trabajamos en común sin una sola diferencia o discrepancia política, ni revolucionaria. La recordaré siempre como la exquisita y maravillosa mujer que conocí”.

A Haydée Santamaría le asesinaron en forma alevosa a su novio y a su hermano en Santiago de Cuba tras el asalto al cuartel Moncada.

Ante el zarpazo batistiano    

Pronto les hincó a los dos hermanos el corazón el golpe abominable de un militar de mente traidora y asesina el 10 de marzo de 1952, y empezaron a pensar –junto al también joven revolucionario Fidel Castro Ruz– cómo acabar con aquel ambiente: robo de los fondos públicos, auge del gansterismo, división del movimiento obrero, sumisión del país a los designios imperialistas, lacras, vicios y espantos increíbles, herencia vil de los desgobiernos anteriores.

En unión de otros compañeros, Haydée y Abel editan Son los mismos, periódico mimeografiado que por oportuna iniciativa creadora después Fidel le cambia el nombre por El Acusador.

A la casa de ellos en el Vedado van con frecuencia –silenciosa y clandestinamente– jóvenes como el poeta y maestro Raúl Gómez García, Jesús Montané Oropesa, Ernesto Tizol, Boris Luis Santa Coloma, y algunos otros unidos por un ideal libertario común. Este último descubrió el calibre personal de aquella mujer villareña y será más adelante el novio de Haydée.

Esta mujer de poco hablar, pero de mucho sentimiento patriótico, talento, honradez, ética y coraje, va al Moncada con una compañera no menos heroica y brava, la joven abogada Melba Hernández Rodríguez del Rey.

Abel Santamaría Cuadrado, junto a Haydée y otros compañeros, toman, armas en mano, el Hospital Civil santiaguero, en aquella inolvidable y aguerrida madrugada de la Santa Ana, desde donde apoyan con su fuego el asalto al cuartel Moncada por el grupo comandado por Fidel.

Yeyé, la joven que en el batey no pudo ser enfermera, va a serlo allí, en mitad de la batalla, cuando es más necesaria que nunca esa urgente, humanitaria y honrosa labor. Incluso se apresta a atender a un soldado del régimen que cae al suelo mal herido; pide a un médico del centro hospitalario ir con ella, y el galeno, por temor a los tiros, se niega a acompañarla. Ella entonces logra que acuda a su llamado otro médico, quien comprueba que el militar ya había fallecido.

Más tarde, en el juicio por los aquellos sucesos, recibe la infamante acusación de que ella impidió a un médico atender a un militar herido que se desangraba. Ante esa calumnia, el facultativo al que le faltó en aquel momento el valor suficiente, para tratar de salvarle la vida al militar herido, tuvo la honestidad de contar cómo ella intentó atenderlo en compañía de otro galeno, pero no llegaron a tiempo.  

Cuando Abel comprende que el cuartel no ha sido tomado y no se combate ya en él, en lugar de tratar de escapar, ordena seguir disparando desde el hospital, decisión que resultó fatal; finalmente deciden hacerse pasar por enfermos ingresados en las camas del hospital y al ser descubiertos por un delator fue asesinado luego de ser torturado. Al combatiente del Movimiento y médico Mario Muñoz Monroy, quien formaba parte de ese grupo, lo asesinan de un tiro por la espalda, en plena vía pública, delante de Haydée.

Con un ojo ensangrentado en las manos se presentaron un sargento y varios hombres en el calabozo donde habían recluido casi a empujones a Melba y Haydée. Se Dirigieron a esta última, le mostraron el órgano que aún sangraba y le dijeron con el mayor cinismo del mundo: “Este es de tu hermano, si tú no dices lo que él no quiso decir, le arrancaremos el otro”.  

Ella, que quería con frenesí a su valiente hermano por encima de todas las cosas, les contestó, llena de moral y dignidad: “Si ustedes le arrancaron un ojo, y él no habló nada, mucho menos hablaré yo”. Al poco rato los asesinos volvieron y le dijeron a Haydée: “Ya no tienes ni novio, ni hermano, porque los hemos matado a los dos”. Y ella les contestó, imperturbable y firme como una estatua de acero: “Ellos no están muertos, porque morir por la patria es vivir”. En aquel momento, la combatiente revolucionaria no solo se entera del asesinato de ambos de modo espantoso e imperdonable, sino que ignora si Fidel vive.

En la Sierra Maestra, subiendo lomas, con Celia.

Una gesta militar, jurídica y política       

Empero, los asaltos al Moncada y al Carlos Manuel de Céspedes en Santiago y Bayamo, respectivamente, no fueron solo una acción militar, sino también jurídica y, sobre todo, política. Si una terminó en derrota, las otras se transformaron en victorias indiscutibles. En la parte jurídica Haydée se comportó como otra heroína, pues a ella los sicarios principales, el Tribunal y el jefe del cuartel la consideraron un verdadero peligro, pues vio las peores infamias cometidas por los soldados aquel 26 de julio.

Yeyé, la amorosa y distinguida hermana de Abel, vestida de negro por un luto sagrado, seria, muy firme, “sin estar tensa”, según diría en un libro la extinta colega Marta Rojas, dio fe de los hechos atroces, serena y firmemente, ante los jueces batistianos. A las dos mujeres las condenaron a seis meses de prisión en la cárcel de Guanajay, dura estadía entre presos comunes, con el propósito de que estos las agraviaran. Aunque se equivocaron, porque fueron con ellas más cuidadosos y tiernos que los otros, los delincuentes sanguinarios que detentaban el poder. En 1954, ya libres, ambas mujeres dieron a la publicidad el documento de Fidel Mensaje a Cuba que sufre, que había sido diseminado en silencio por los poblados cubanos.

Pronto su misión más trascendente fue la de editar La Historia me Absolverá, obra cumbre del líder Fidel Castro, cuyas cenizas se guardan para la eternidad en un hermoso monolito en Santiago de Cuba.

En los días que presidía la Casa de las Américas.

La protagonista principal de estas líneas pasó al clandestinaje total a finales de 1956 con el pseudónimo de María. Viajó a Santiago y allí, en apoyo al desembarco del yate Granma, el 30 de noviembre está entre los organizadores del alzamiento estremecedor de aquella ciudad y de Cuba entera.

Replegada con otros compañeros participantes en una estratégica casona, logra escapar de los verdugos, junto a otros jóvenes igualmente inolvidables: Frank País (David), Vilma Espín (Débora) y el intrépido joven abogado Armando Hart (Jacinto). Este último es detenido y trasladado a Isla de Pinos, cárcel eufemísticamente nombrada Presidio Modelo. Poco después la dirección del Movimiento envía a Haydée al extranjero, con disímiles tareas que realiza con éxito total.

En enero de 1959 Hart sale de la cárcel para dedicarse al Ministerio de Educación en el primer Consejo de Ministros de la Revolución triunfante y a Haydée se le designa poco después como Directora de la Casa de las Américas. Un día memorable ella escribiría con su irrefutable tino: “Fuimos al Moncada siendo martianos. Hoy somos marxistas y no hemos dejado de ser martianos, porque no hay contradicción en esto, por lo menos para nosotros. Allí acudimos con las ideas de Martí y hoy seguimos con las ideas de Martí, de Lenin, de Marx y de Bolívar”.

Por supuesto no podemos olvidar que el propio artífice de nuestro histórico proceso liberador y socialista, en La Historia me Absolverá, expresara: “Nunca fue puesto en un lugar tan alto de heroísmo y dignidad el nombre de la mujer cubana”.


Fuentes consultadas

Haydée Santamaría, La heroína del Moncada, la Sierra y el Llano; Perfiles y Aldabonazo, de Armando Hart Dávalos.

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