La frase que nos dejó don Matías

Cuando aquel 29 de junio de 1856 el improvisado aeronauta dejó abajo el Paseo del Prado, a bordo de su globo, lejos estaba de imaginar que pasaría a la historia y dejaría una expresión oral para la posteridad


–¿Y qué es de la vida de Juancho?; no lo he visto más.

El tipo miró con cara de chanza a su viejo amigo y en dos segundos resumió el asunto: “Voló como Matías Pérez”.

Aunque ya no resulta tan recurrente como décadas atrás, la frase –bastante entradita en años– conserva su oral valor de uso, sobre todo entre quienes acumulan más calendarios de vida.

Así nombró Matías a su globo.

Muchos jóvenes, en cambio, es posible que no tengan idea del origen y sentido de esas cuatro letras, que unidas significan “desapareció, se esfumó, se lo tragó la tierra…”.

Y como tampoco se habla tanto (yo diría que casi nada o nada) acerca de Matías, no sorprende que muchas personas también ignoren quién fue, dónde vivió, a qué se dedicaba, qué hizo o por qué pasó a la historia.

Trabajos periodísticos, otros textos, referencias gráficas y hasta historietas sostienen que fue un inmigrante portugués radicado durante el siglo XIX en La Habana, donde instaló un próspero taller de marquesinas y toldos, en la calle Neptuno.

Aunque antes había tenido contacto con la marina, se afirma que al hombre le deslumbraba la aeronáutica.

La mesa se la sirvió en 1856 el prominente piloto francés Eugene Godard, famoso en ese giro y constructor de globos (entiéndase: aerostatos). 

Para no inflar mucho este relato, Matías terminó comprándole uno de aquellos artefactos a Godard por un valor de 1 200 pesos duros. Consta que lo nombró “La villa de París” y, como muchacho con juguete nuevo, se lanzó a realizar su primer vuelo el 12 de junio de ese año.

El lector podrá imaginar la repercusión del acontecimiento entre los pobladores de la ciudad, cuando el dirigible tomó altura desde la Plaza de Toros (hoy Parque de la Fraternidad) hasta el fuerte Chorrera, con rumbo oeste, en el contexto de un breve viaje que abarcó poco más de cinco kilómetros… sin contratiempos, ayudado por magníficas condiciones atmosféricas.

Animado por el éxito, el intrépido hombre volvió a subir a su globo el 29 del propio mes, es de suponer que entre la expectante mirada de muchos que deben haber dicho: “¡Los fósforos, yo ahí no me subo ni amarrado!, mientras otros hubiesen vendido hasta la levita del próximo invierno para costear la excitante experiencia.

Mejor que no lo hayan hecho. Fuertes vientos no solo retrasaron el “despegue”, atardeciendo ya, desde Centro Habana, sino que empujaron al aparato con rumbo norte, hacia el mar Caribe y nunca más fue visto ni se supo nada acerca de su piloto, a pesar de que se realizaron acciones de búsqueda en tierra… por si acaso.

Se infiere, entonces, que con el paso de los años haya cobrado forma y jocoso contenido la frase “voló como Matías Pérez”, para designar que alguien o algo desaparecido completamente.

Por cierto, con el revuelo que sigue remontando el globo de los precios actuales, pocos días después de haber devengado el salario del mes un amigo me preguntó, les juro que al instante acudió a mi mente la imagen de don Matías y solo atiné a decir: ¡Voló!

Numerosas publicaciones cubanas se han inspirado en la historia de Matías Pérez.

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