El centro para conductas deambulantes en Ciego de Ávila, más que un refugio, constituye un hogar para quienes han sido olvidados
Fotos. / PASTOR BATISTA
Segunda parte de En la calle y… ¿sin llavín?
Metido en un pulcro pijama y con la ecuanimidad de un científico sobre el microscopio, Nelson Cardoso Zulueta toma el teléfono y le comunica a alguien, tal vez un amigo, que mañana será trasladado hacia la institución que acoge a ancianos en el municipio de Venezuela.
La alegría, que en su lugar podría reflejar otro rostro, ha sido desplazada por una visible sensación de nostalgia.
Ha transcurrido casi un año desde que fue traído a este sitio que, como explica Lázaro Enrique Acosta Pérez –jefe del departamento de prevención, asistencia y trabajo social en la dirección municipal de Trabajo en Ciego de Ávila– no está concebido para hacer vida, sino para recibir a los que viven en las calles, asearlos, ofrecerles adecuada atención y garantizarles un destino final que puede ser su lugar de procedencia: seno familiar, una institución de salud, hogar para ancianos, centro psicopedagógico, hospital psiquiátrico…
Observamos a Nelson mientras recoge lentamente sus escasas pertenencias; para “amortiguar” un poco la tristeza que flota en el ambiente, le preguntamos en tono jocoso si lo han maltratado mucho en este tiempo aquí.
Un brillo de sana malicia inunda su mirada y –tal vez con el humor de aquellos días cuando trabajaba de cabillero en la planta de hormigón o de cochero, después– responde sonriendo: “Esta gente me maltratan todos los días. Fíjate si es así que… ojalá en el asilo para donde voy me sigan tratando como lo han hecho aquí. No quiero otra atención”.

Sostén
Ninguno de los 45 (42 hombres y tres mujeres) que han pasado por el centro, desde su apertura el 23 de julio de 2023, imaginó que en él encontrarían “otra familia”, esencialmente distinta a aquella que por razones de la vida quizás se extinguió o que, aun existiendo, les dio las espaldas totalmente, acaso obstinada por todos los insoportables efectos que trae aparejado el alcohol en quienes hacen de él “un placer” y de la calle su hogar.
“Comenzamos con muy poco en lo material, pero con mucho en el orden espiritual y en voluntad –explica Eider Prieto Santana, director desde el primer día.
“Hoy tenemos mejores condiciones para cocinar, la unidad de aseguramiento del Poder Popular Provincial nos abastece, ofrecemos desayuno, almuerzo, comida y meriendas; disponemos de jabón, pasta dental, detergente, una lavadora, televisor, refrigerador…”.

Los mismos trabajadores (menos en cantidad que dedos en una mano) se encargan de elaborar los alimentos, lavar y mantener la limpieza de la apacible instalación en una nave, otrora carpintería, a un costado del politécnico Armando Mestre.
Procedentes de la geografía avileña, y en notable medida de provincias como Santiago de Cuba, Granma y Holguín, algunas de esas personas (por lo general mayores de 50 años) han cooperado en algunas tareas dentro del centro e incluso se han reincorporado, luego, al trabajo social.
Comenta entusiasmado Eider que desde el principio un productor cercano, llamado Ramón Bello, aporta litros de leche, mientras otro campesino cercano ha obsequiado viandas de su finca.
Tales gestos armonizan con momentos como los vividos el pasado 8 de marzo, cuando el pequeño colectivo preparó, sobre la base de su propia gestión, una actividad por el Día Internacional de la Mujer, en la que, por vez primera en muchos años, estos hombres, amparados aquí, no fueron testigos marginales desde la calle, sino participantes directos, en total igualdad de condiciones.
Sorprendentemente, la visita nos reservaría un detalle en sus minutos finales: A la par de la montaña de preocupaciones y de ocupaciones que le genera su labor como “hombre orquesta” al frente del centro, Eider saca tiempo para adelantar la licenciatura en Educación Especial.
El tema de la tesis o el objeto de investigación es, precisamente, “inclusión social de personas con conducta deambulante”: algo que ni por asomo roza la mente de los 60 ciudadanos que, según controles, hoy vagan por calles, parques y suburbios en la provincia (aunque la cifra puede ser superior), olvidados o desatendidos por su familia, acaso condenados por sí mismos.
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