actualidad.rt.com. Imagen creada por IA
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La ouija informática

Las potencias se han puesto al galope en la carrera por la conquista de la última terra incognita, esa que promete un liderazgo más tangible que pisar primero la Luna


Sin pretensiones bíblicas, aunque sí homéricas, la Inteligencia Artificial (IA) desenfadadamente se ha colocado en lo más alto de la ambición humana y por sus prestaciones, con efectos impredecibles por cualquier epifanía, se ha convertido en asunto de Estado. Como un día fue la exploración espacial, digamos.

El fundador de DeepSeek, Liang Wenfeng, de 40 años, aseveró que la prohibición de los chips, dictada por Washington a Beijing, era su principal reto. / elfinaciero.com.mx

No existe nación que no aspire a ese vellocino de oro, ni empresa tecnológica alguna. Aquellas sin interés, en verdad hacen mutis por no tener suficientes monedas o el alto potencial facultativo que se demanda.

De esa codicia tal vez solo esté libre el Vaticano. Y no por ser pecado, sino porque numéricamente les importa más la trinidad que lo binario. Pero el resto, Dios lo sabe, intuye que la IA es una gran apuesta si se anhela dar un salto de pertiguista en el desarrollo, cuando es paradójico vivir en la era de la economía del conocimiento y desestimar la nueva nigromancia.

Con tales sazones, el artificioso raciocinio, como si lo contara Woody Allen en un filme, salió de las pantallas para hacerse del estrellato de la ciencia cotidiana. Ninguna tecnología parece poder robarle vedetismo. Si en 2025 no ha acaparado más sonados titulares, ha sido porque el flamante presidente estadounidense se ha robado el show con su rocambolesca política de niño abusado que de pronto descubre tener poderes maléficos.

Uno de los ruidos del repitente Donald Trump fue el casi inmediato anuncio de Stargate, apuesta grandilocuente que busca dar un brinco de muelle hacia el escalón superior de la IA, esa que llaman Inteligencia Artificial General o fuerte.

Esto significa, imagínese bien, una inteligencia similar a la nuestra: autónoma y con capacidad de autoaprendizaje; por tanto, un software capaz de realizar tareas para las que no está necesariamente entrenado. Ese sueño, ya viejo, no han podido cristalizarlo los grandes emporios de la industria.

Una de las razones de la decepción es la falta de suficiente plata para escalar a tal altura intelectual. El consumo energético que requiere, por ejemplo, es descomunal y los recursos de hardware necesarios lesionan cualquier cartera.

Por eso Trump, como Corleone, hizo una oferta irrechazable: un plan que descansa en la tinta de un cheque con 500 000 millones de dólares, centavos más, centavos menos.

Stargate, así lo llamó, inyectará esos dineros a un grupo de compañías privadas, rivales antes y unidas ahora como Avengers de la Marvel. El megaproyecto construirá un remedo de útero tecnológico con la infraestructura física y virtual que impulsará la próxima generación de IA, incluidos centros de datos en todo el país y más de 100 000 empleos para los estadounidenses casi inmediatamente.

¿Felicidad enlatada?

Mientras, la IA “normal” (esas máquinas y algoritmos que hoy están a mano y que entrenados imitan el razonamiento humano) corre feliz sobre todo en los celulares. Esa integración es una de las principales innovaciones.

Y ni se diga: su popularidad está exaltada, más entre jóvenes nacidos a partir del milenio. La mayoría de estos, boquiabiertos, considera que el nuevo juguetico, suerte de ouija informática sabelotodo, transformará la tecnología y provocará un impacto positivo en la calidad de vida.

En contraste, los mayores, si bien no están muy preocupados por la pérdida de empleos debido a la IA –lógico temor, como con cada forma de automatización nueva–, son menos románticos y se huelen que aumentará las desigualdades, según dé luz esa tecnología y a quién.

Tales opiniones fueron obtenidas por un reciente estudio de Samsung e Ipsos que revela que el entusiasmo de las empresas y los consumidores no logra alinearse. ¿Será que nos están vendiendo la felicidad enlatada, como el whisky del colonizador fue para los indios?

Según esa investigación, entre las funciones de IA más apreciadas destacan la traducción en tiempo real y la herramienta Circle to Search de Google, que permite obtener información detallada con un simple gesto.

Hay más: la selección de la mejor expresión facial en fotos grupales o la eliminación de elementos no deseados en las imágenes. Un meme a nivel Messi, difícilmente prescinda de IA en su realización.

Pongamos que Los Beatles, a pesar de la ausencia de dos miembros, estuvieron a un tilín de ganar el Grammy al Mejor Disco en la última entrega gracias a la magia y sofisticación de la tecnología IA llamada “separación de pistas”, que permitió limpiar el ruido excesivo en demos antiguos.

“Nada ha sido creado artificialmente”, defendió Paul McCartney en la inédita pieza cantada hace décadas y artificiosamente ensamblada con el rigor de un zapador que vela por no equivocar los colores de los cables, a fin de cumplir las exigencias de originalidad del concurso.

Bien pensado, ha sido como si de un huevo jurásico fosilizado la biotecnología lograra eclosionar un dinosaurio. Pero tal como pasó con Spielberg en su día, hoy grabarse Now and Then desde la arqueología musical le ha puesto chile a la creciente controversia filosófica y ética en torno a la IA.

Productos como los mencionados son ejemplo de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG). Y asombran, sí. Mas, si hurgamos el futuro con la ouija cibernética, sabremos que apenas están en la etapa de gateo de la historia de la IA, esa que se destetó, igual que la conquista del cosmos, en los bucólicos años 50 del pasado siglo.

La disrupción

Como parte de la llamada “carrera espacial de la IA” (otros, sin eufemismos, la nombran “carrera armamentista de la IA”), a finales de 2022 vio la luz una disrupción tecnológica llamada ChatGPT, de la firma estadounidense OpenAI.

Las aplicaciones DeepSeek y ChatGPT se han convertido en símbolos de la guerra por la IA, en la que Europa parece quedar fuera. / cronista.com

Su chatbot o interface con el usuario, dirigido a muchos consumidores, es un modelo de lenguaje especializado en el diálogo que se ajusta con técnicas de aprendizaje supervisadas y de refuerzo. Con este, ningún paradigma previo salió ileso, pero aumentó la avidez por crear programas más expertos y enfocados hacia un uso más popular.

Surgieron, pues, desde presentadores de televisión artificiales hasta nuevos delitos como engaños con voces plagiadas. Los más sofisticados softwares buscaron monetizarse, aun cuando muchos datos devueltos eran cuestionables. El propio ChatGPT mostró ser propenso a errores fácticos y exhibir sesgos lingüísticos, de género, raciales e ideológicos en el contenido generado. ¿Acaso quieren converger la política y la empresa en la IA?

Justo cuando el político y empresario Trump anunció Stargate como cruzada a lo Kennedy, una compañía china, hereje ante la casta tecnológica, salió de la nada con un producto informático visiblemente superior dentro de la cadena evolutiva de la IA.

Hablamos de la conmoción desatada por el muy potente modelo DeepSeek de la empresa emergente de comercio bursátil High-Flyer, del geniecillo chino Liang Wenfeng.

La aplicación fue diseñada con mucho menos dinero del que los expertos creían posible: 6 millones de dólares en potencia informática bruta y unos 2 000 microprocesadores Nvidia (la élite de la IA suele entrenar sus chatbots con supercomputadoras que utilizan hasta 16 000 chips o más).

Con el susto, las acciones de la industria cayeron. El futuro de mastodontes como Meta, Microsoft, Google y Nvidia fue cuestionado. Después del beisbolista japonés Shohei Ohtani, nada venido de Asia resultó tan humillante en Megalópolis.

La disrupción de la disrupción

¿Qué pasó?, preguntaron al volver en sí. Pasó de todo. En primer lugar, el código informático en que fue escrito DeepSeek es abierto y se puede descargar del internet, ejecutarlo y enriquecerlo (libertad que algunos legisladores estadounidenses han intentado impedir).

Si bien no es la única aplicación de IA con ecosistema abierto (Mega lanzó una en 2023), la china resultó superior a todas y utilizó muchos menos recursos, demostrando que es posible tener calidad sin inflar como OpenAI, cuya base es crear patentes y hacer dinero. DeepSeek resultó ser la disrupción de la disrupción.

Igual a la conquista de la Luna, la de hoy tiene lecturas extratecnológicas. DeepSeek, el Sputnik de la IA, representa una amenaza real al modelo ultracapitalista centrado en altas inversiones y ganancias aún mayores en manos de pocos. Se saltó la negativa de ventas de chips que Biden impuso a China (la dependencia externa en semiconductores es su lado flaco), así como las sanciones de la primera Administración Trump para frenar su desarrollo en IA.

Con salarios muy competitivos, con empresas como Huawei, Xiaomi y Alibaba invirtiendo fuertemente en IA, el resultado ha sido una inversión masiva en investigación y educación que está dando frutos en China y que pone en duda la estrategia monopólica con viejo sabor a siglo XX.

Según un informe de 2023 del Ministerio de Ciencia y Tecnología de China, Beijing atesora 26 por ciento de las patentes globales en IA, incluso más que Estados Unidos (18 por ciento) y la Unión Europea (12). Sus 38 000 invenciones en IAG entre 2014 y 2023, representaron casi 70 por ciento del total mundial.

Cuchichean los expertos que si las mejores tecnologías de código abierto proceden de China, los investigadores y las empresas construirán sus sistemas sobre esas.

Y mientras apenas cicatriza la herida, otra empresa china, Qwen, sin pretensiones bíblicas, aunque sí homéricas, acaba de sacar QwQ-32B, su nuevo modelo de código abierto capaz de poner en jaque a DeepSeek-R1.

¡Guao, Pedro! Vaya peliculón, de esos que nos dejan sin aliento cuando leemos “continuará”.

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