¿Cuál fue nuestro primer trabajo juntos? No lo recuerdo. Pero a partir de mi entrada en el equipo de Cultura, una oración se volvió recurrente en mi existencia profesional: Voy con Leyva a…
Era halagador, pícaro y al mismo tiempo respetuoso con las mujeres. En la revista disfrutábamos su habitual buen humor. Fuera de ella, su franca jovialidad relajaba a los entrevistados. Puedo contar con los dedos de las manos, y quizás me sobren, las ocasiones en que a lo largo de 20 años lo vi enfadado (siempre por causa mayor, bien justificada).
Llegué a BOHEMIA en 2001 y él ya era un veterano allí. Comenzó muy joven en el semanario, en la década de los 80; antes de convertirse en fotógrafo –su ansiada meta– transitó por diversas plazas y aprendizajes: chofer, jefe de almacén, laboratorista. Se especializó en temas culturales. Captó imágenes de escritores, bailarines, pintores, editores… De mencionar nombre por nombre, lugar por lugar, y lo realizado sobre otros asuntos, estaríamos sin levantar la vista del texto un larguísimo rato.
A veces, después de haberme entregado una selección de las mejores instantáneas obtenidas durante una cobertura, le preguntaba con mi voz más persuasiva: “¿No tendrías también…?” Y él se sentaba a revisar conmigo, una a una, las demás fotos. Eso no tiene nada de extraordinario, formaba parte de sus tareas, ustedes podrían pensar. Sin embargo, no es tan común su paciencia infinita ante las peticiones, e incluso caprichos, de sus colegas periodistas.

Viajamos por disímiles lugares del país. No era persona de andar quejándose. Si había abundante comida y alojamiento cómodo, perfecto. De lo contrario, se apretaba el cinturón sin aspavientos (así nos pasó en Remedios).
Cuando el ciclón Ike asoló Camagüey en 2008, hacia allá nos fuimos acompañando a la brigada artística Gertrudis Gómez de Avellaneda, organizada por el Ministerio de Cultura. Vivimos jornadas maratónicas, cada día se ofrecía un espectáculo en un asentamiento de los damnificados y hasta en dos (en total fueron 12 localidades). Leyva atendía tanto a lo que sucedía en los improvisados escenarios como a los vecinos de El Entronque, Mola, Altagracia, San Miguelito, El Brazo….
Sin pregonarlo con palabras, inspiraba confianza; uno sentía que él sería capaz de apoyarte en las verdes y en las maduras. Fue mi paladín durante cierto regreso a La Habana, desde Holguín, por la noche, en un avioncito antidiluviano, el cual, debido al ruido del motor, las vibraciones de todo el aparato, las paredes deslucidas y los asientos desgastados, parecía querer desintegrarse en el aire. Yo estaba muy asustada, pero él me tranquilizó con su conversación y su aplomo.
Febrero tras febrero hacíamos pareja en la Feria Internacional del Libro de La Habana para seguirle el rastro a los autores, las presentaciones, el programa infantil. Le gustaban las fotografías de familias. A varios centenares deben ascender sus instantáneas de niños leyendo o al lado de sus padres.
Verano tras verano le tocaba salir a “cazar” actividades comunitarias, artísticas y recreativas. Llegamos a cansarnos de caminar por céntricas calles habaneras durante las ediciones anuales de la Noche de los Libros y las Lecturas en el Prado. Similares andanzas nos depararon las convocatorias de Danza en Paisajes Urbanos.
Paradójicamente, a pesar de su carisma, no le agradaba hablar en público. Y, como la mayoría de los fotógrafos, prefería situarse detrás de la cámara, no frente al lente.

A él debemos, por iniciativa propia, las fotos de numerosos compañeros que han laborado en la revista. Solía colocarlas en su perfil de Facebook con el objetivo de rememorar los aniversarios de la publicación y los cumpleaños de los retratados. Con una extraña magia lograba encontrar siempre el ángulo adecuado, atenuar las imperfecciones de los rostros. Nadie ha conseguido mostrarme de manera más favorable; y sin usar el Photoshop.
Arribó a la edad de la jubilación y permaneció fiel a la práctica reporteril, aunque hubiera podido dedicarse por completo a ámbitos mejor remunerados.
Imposible determinar cuántas veces Eduardo Leyva Benítez fue a BOHEMIA y a las coberturas enfermo, con fiebre. Ese no ocuparse de sí mismo empezó a pasarle factura en tiempos recientes. Se reiteraron los catarros, los dolores. No obstante, su gravedad nos sorprendió.
Sintiéndose muy mal, en los días finales, el sentido de la responsabilidad seguía primando: pidió a su esposa mantener a buen recaudo la cámara asignada a él por la publicación.
Nunca se me ocurrió entrevistarlo para nuestra sección Gente. Grave error. Incurrí en el pecado de muchos periodistas: creer que nuestras vivencias no son tan interesantes como las de los demás.
He olvidado el primer trabajo juntos. Pero recuerdo nítidamente uno de los últimos, el pasado agosto. Hicimos un reportaje en el Museo de la Pintura Mural. Al terminar, me invitó a comer natilla –le encantaban los dulces– en una cafetería de la calle Obispo, cercana a la Plaza de Armas. Mientras mirábamos a los transeúntes, conversamos sobre la situación de Cuba y del mundo. “¿Quieres más?”, me preguntó antes de levantarnos, con una sonrisa, cual si se dirigiera a un familiar.
Esa sonrisa la cual no suele aparecer en las fotos donde lo veo posando; en ellas, es una pena, prefirió escamotear a la posteridad su yo cálido, reconfortante, entrañable.



















5 comentarios
excelente crónica sobre Leyva.
así era como lo describes.
es una pérdida muy lamentable.
No deja de dolerme su ausencia. Gracias Tania por retratarlo sin lente
Gracias Tania, por ese Leyva profesional, que nunca perdió la ternura, del fotógrafo de las estrellas, como solía llamarlo. Compartí con él trabajo y mostró disciplina, ética, compañerismo… Fué una persona espectacular y un gran padre de familia.
Hermoso artículo . Es una pena perder un ser humano con todas esas virtudes. Sera bien recordado siempre por todos los que lo cobocieron.
Mi tío lindo!! un persona súper especial, realmente aún me cuesta trabajo creer que se nos fue!!! Ha Sido un duro golpe para la familia.