Los crímenes monstruosos cometidos por la horda hitleriana en el continente europeo no solo fueron ejecutados por hombres; mujeres imbuidas de la pervertida filosofía nazifascista también perpetraron viles torturas y horrendos asesinatos en campos de concentración y exterminio. BOHEMIA le ofrece las más sádicas
En trabajos precedentes, ofrecimos a nuestros lectores la conducta vil de tres mujeres de las SS en campos de concentración. Le brindamos ahora dos de las más brutales:
Irma Grese, la Hiena de Auschwitz

En abril de 1945, las tropas británicas liberan el campo de concentración de Bergen-Belsen, donde encuentran unos 13 000 cadáveres sin enterrar y 60 000 prisioneros enfermos y hambrientos. Muchos de ellos fallecieron meses después de su liberación por tuberculosis o tifus.
Los aliados obligaron a los nazis que capturaron a enterrar en fosas comunes los cuerpos sin vida desperdigados por todo el campo. Entre quienes hicieron esa desagradable tarea se destacaba Irma Grese, nacida en 1923 en Bregen, perteneciente a la República de Weimar hasta 1933, cuando Hitler ascendió al poder.
A los 15 años, Irma se incorporó como auxiliar de enfermería en el sanatorio de Hohenlychen, cuyo jefe Karl Gebhardt era un médico nazi que posteriormente realizó experimentos con los reclusos del campo de Ravensbruck.
En total, 132 000 mujeres de toda Europa pasaron por Ravensbruck durante la II Guerra Mundial y asesinadas más de 92 000. En 1942, cirujanos nazis comenzaron a realizar experimentos con los prisioneros. Ese mismo año Irma llegó a este campo. El principal coordinador de esos inmorales y crueles ensayos era su antiguo jefe, Karl Gebhardt. A menudo, con un martillo, su equipo “médico” rompía las piernas de sus víctimas y vertían bacterias en las heridas abiertas para luego controlar su cicatrización. También de las piernas rotas se extraían músculos, tendones y nervios con el objetivo de trasplantarlos a soldados nazis con miembros amputados. Las laceraciones a los prisioneros se efectuaban sin anestesia.
En 1943, Irma fue destinada a Auschwitz-Bikernau –un subcampo– con su alma ya corrompida en Ravensbruck. En este nuevo lugar, Grese, debido a su brutalidad se ganó el apodo La Hiena de Auschwitz. Tuvo relaciones con el infame Joseph Mengele –el Ángel de la Muerte nazi–, y con el jefe del campo, Josef Kramer, entre otros muchos.

Irma fue una de las que escogían a las prisioneras para llevarlas a las cámaras de gas; su selección se basaba en eliminar a aquellas que tuvieron romances lésbicos con ella.
En 1944, se iba a llevar a cabo el exterminio de los judíos húngaros. Durante ese año se deportaron 424 000 de esa etnia a Auschwitz-Birkenau, la mayoría para su exterminio en las cámaras de gas. Grese se ensañó con las prisioneras a las que solía dejar de pie por horas sosteniendo una pesada piedra en su cabeza con ambas manos. Cuando una reclusa no podía más o simplemente se movía, Irma la emprendía a latigazos hasta que caían al piso, allí las pateaba hasta el cansancio. El mismo procedimiento lo utilizaba cuando dos miembros de una familia se reunían para trabajar juntas.
Testigos recuerdan que las mujeres húngaras caminaban unos 16 kilómetros desde el campo hasta el lugar de trabajo, muchas veces bajo un frío intenso y ventiscas de nieve. Grese las seguía montada en su bicicleta y dos perros pastores alemanes a su lado, deliberadamente dejados sin comer por su dueña. Si una prisionera se quedaba atrás o desfallecía, era atacada por los hambrientos canes. En una ocasión, dos chicas volcaron sin querer un vagón con piedras. La Hiena de Auschwitz soltó a sus pastores. Las muchachas corrieron, pero los animales las alcanzaron y fueron destrozándolas con total impunidad, mientras la dueña disfrutaba la terrible escena con una sonrisa diabólica.
Grese abandonó el campo cuando las tropas soviéticas se acercaron a Auschwitz. Acompañó a decenas de miles de prisioneros desde este campo hasta el de Bergen-Belsen (las citadas marchas de la muerte). Allí continuó apaleando a las reclusas. Fue detenida por las tropas británicas, juzgada en el proceso de Belsen en septiembre de 1945 y condenada a morir en la horca con solo 22 años.
María Mandel, la Bestia

Nació en 1912 en Austria, en una localidad parte del Imperio Austrohúngaro. Tenía 26 años cuando Hitler se anexó su patria. Se trasladó a Alemania en 1938, entonces fue asignada al campo de concentración de Lichtenburg, uno de los primeros en formarse. Allí Mandel ataba a las prisioneras a un poste, las desnudaba y las golpeaba hasta la muerte.
En 1939 la trasladaron al campo de Ravensbruck, donde se “especializó” en seleccionar mujeres para realizar experimentos humanos. En 1942 la enviaron a Auschwitz, campo en el cual no tenía que dar cuenta a nadie de sus actos, excepto a Rudoph Hess, jefe máximo. Su control sobre los reclusos era casi absoluto y fue conocida como La Bestia.
Si nacía algún bebé, Mandel ordenaba ahogarlo o quemarlo vivo. En una ocasión, un recién nacido fue arrojado por ella fuera del campo. Después lo encontraron comido por las ratas. Seleccionaba a mujeres en estado de gestación con el objetivo de que supuestos médicos efectuaran experimentos con ellas, como inyectarles Fenol (un desinfectante prohibido) directo en el corazón.
En muchas ocasiones se quedaba de pie junto a la entrada de Auschwitz-Birkenau; si alguna prisionera se atrevía a mirarla, desaparecía para siempre. Narran que una reclusa le cedió a otra una porción de su sopa. Mandel la vio, vertió el contenido sobre su cabeza y la envió al terrífico Pabellón 11 de Auschwitz, donde durante tres meses los SS la golpeaban a diario.
Gustaba de arrebatar los niños de brazos de sus madres. Una vez, lo hizo y lanzó al menor de dos años a un vagón, la madre trató de rescatarlo y Mandel la golpeó tanto y con tanta fuerza, que la mujer jamás volvió a incorporarse.
Un testigo afirmó lo siguiente: en una ocasión Mandel seleccionó a miles de mujeres para cremar, pero una semana antes de asesinarlas en las cámaras de gas las internó desnudas en pabellones sin agua ni alimentos. Cuando finalmente fueron llevadas a los crematorios, más de la mitad había muerto en las barracas. María escogía también a los ancianos que serían llevados a los crematorios. Fue responsable directa de la muerte de más de 500 000 prisioneros; es decir, medio millón de seres humanos.
En 1945, cuando se fueron liberando los campos, Mandel huyó a los Alpes, mas fue detenida por soldados estadounidenses y enviada a Auschwitz para ser juzgada, lo cual se efectuó a finales de 1947. El jurado la sentenció a morir en la horca. Un año después María Mandel pagaba por sus crímenes.
La Humanidad no debe olvidarse nunca de estas horrendas matanzas, sobre todos los judíos, los que no debieran aplicar los mismos procedimientos de la Diáspora y el Holocausto en el pueblo palestino.





















