Este 24 de marzo, Argentina recordó el golpe de Estado de 1976. Medio siglo después de instaurada la última dictadura, la reflexión no se centra solo en lo que pasó, sino en cómo se sigue recordando y transmitiendo a las nuevas generaciones
Hace 50 años, el 24 de marzo de 1976, un golpe militar cambió la vida de millones de argentinos. Lo que siguió fueron años de miedo, desapariciones y silencio impuesto. Hoy mirar atrás es, además de recordar, preguntarse cómo construir memoria y justicia, y cuánto falta todavía por recorrer.
Cuando Raúl Alfonsín asumió la presidencia, en 1983, tomó una decisión única en el mundo: juzgar a quienes habían sembrado terror. La creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y el informe Nunca Más documentaron el horror, pero también dejaron un mensaje ético que atravesaría generaciones.
El Juicio a las Juntas mostró que nadie está por encima de la ley, ni siquiera quienes ostentaron poder absoluto. Sin embargo, la historia de la justicia no fue lineal. Leyes de impunidad e indultos durante la presidencia de Carlos Menem evidenciaron que el camino hacia la reparación era frágil y desigual.
Aun así, la sociedad civil no cedió. Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo sostuvieron su lucha incluso en los momentos más difíciles, con una consigna simple y poderosa: No Olvidar.
Y lo hicieron de forma concreta, restituyendo identidades y buscando justicia. Hasta hoy, más de 130 nietos han recuperado su historia, mientras que los registros evidencian unos 30 000 desaparecidos y más de 3 000 represores han sido condenados, estableciendo un ejemplo mundial en derechos humanos.
De la impunidad a la justicia incompleta
Pero no todo fue reparación plena. Muchos responsables eludieron la cárcel o cumplieron condena en prisión domiciliaria y murieron sin enfrentar la justicia de manera efectiva. El caso de Jorge Antonio Bergés, conocido como el “obstetra del mal”, es un ejemplo doloroso. Participó en partos clandestinos, apropiación de bebés, secuestros y torturas. Condenado a prisión perpetua, murió a los 83 años, acompañado por familiares, mientras muchas de sus víctimas todavía buscan respuestas.
La reapertura de los juicios en el siglo XXI, impulsada por Néstor Kirchner y avalada por la Corte Suprema, reafirmó algo clave: los crímenes de lesa humanidad no prescriben. Desde entonces, cientos de condenas han mostrado que la justicia, aunque tardía, puede llegar.
Memoria en tensión: debates en la Argentina actual
Hoy, la memoria argentina sigue siendo un terreno de debate. La llegada de Javier Milei puso sobre la mesa cuestionamientos al número de desaparecidos, a la interpretación de los hechos y a las políticas públicas de derechos humanos.
Para unos, revisar el pasado es necesario; para otros, cualquier cuestionamiento parece un riesgo de relativizar el terrorismo de Estado. Lo cierto es que el Nunca Más sigue vigente y su significado se prueba cada día.
Argentina llega a este aniversario con algo singular, pues pocos países han juzgado a sus responsables de manera sostenida, sin tribunales internacionales ni rupturas institucionales posteriores. Pero también llegan preguntas abiertas: ¿hasta qué punto resistirá la memoria los cambios políticos? ¿Cómo transmitir a las nuevas generaciones la urgencia de no repetir la historia?
A medio siglo del fin de la dictadura, la experiencia argentina enseña que la memoria no es un ritual pasivo, ni un simple recuerdo. Es una práctica viva, con tensiones, debates y resignificaciones constantes.
Y quizás ahí radique su valor más profundo: recordarnos que la democracia no es un punto de llegada, sino una construcción para cuidar cada día.




















