Contraportada de la historieta Un San Valentín para Carlitos. / rtev.es
Contraportada de la historieta Un San Valentín para Carlitos. / rtev.es

Miocardio inocente

Sección Placeres, de la revista Bohemia


¿Por qué el amor en las caricaturas se representa siempre con un corazón? (Lector curioso).

Confieso que yo tampoco lo sabía; por eso fui al DDT y se lo pregunté a Manuel. Como todo caricaturista de respeto asumió un aire misterioso, finalmente: “Ese es un símbolo muy viejo y práctico –me dijo–. El humor es mucha síntesis y un corazón resume infinidad de situaciones e insinúa muchísimas otras. Si un hombre invita a una mujer a hacer el amor, a nadie se le ocurriría dibujar una cama… Yo, en todos los casos prefiero hacer florecitas”.

Su última observación me dejó cavilando. Una rosa es siempre más tierna que ese órgano hueco, muscular, con dos aurículas y dos ventrículos, indispensable para la circulación de la sangre. ¿Y por qué no relacionar las sensaciones amorosas con el cerebro –padre de todas nuestras acciones y reacciones– o con los ojos o cualquier otra parte del cuerpo? Pero no, desde hace siglos los poetas, cantores, escritores y cuanto romántico existe, se han empecinado en cantarle a la incansable bomba mientras escultores y pintores ocupan su tiempo libre en representar a Cupido, con las flechas al hombro, a la caza de órganos incautos.

En las telenovelas, de cualquier continente, no faltan corazones apasionados. / youtube.com

Después de consultar a un médico, especialista en Fisiología, llegué a una triste conclusión: o el dios del Amor se equivocó, o gran parte de los artistas han hecho una versión libre de la historia amoroso-sentimental de todas las épocas.

Desde el punto de vista biológico –explicó el facultativo– en el corazón no se genera sensación amorosa. Son los órganos sensoriales los que perciben lo agradable de la otra persona y envían impulsos nerviosos a la región cerebral denominada Hipotálamo. De allí parten señales hacia las terminaciones de los nervios de las glándulas suprarrenales y todos los órganos del cuerpo; en ellas aumenta entonces la secreción de adrenalina y noradrenalina, las cuales actúan sobre el corazón, provocando el aumento de su frecuencia de trabajo, es decir, la taquicardia y palpitaciones. De igual manera reaccionaría ante cualquier emoción violenta, el miedo, por ejemplo. Por otra parte, hay respuestas a los estímulos amorosos –el aumento del brillo de los ojos, entre otras– que no se relacionan de manera alguna con él.

En busca de opiniones contrarias, me llegué hasta la oficina de nuestro director. “Para mí no tienen ninguna conexión”, fue su respuesta y continuó revisando las planas de la próxima revista. Aproveché entonces los conocimientos académicos de Ivette. Ella fue más explícita: “En Psicología, el hecho de que un símbolo perdure a través de los siglos se conoce como transmisión de la cultura”.

Aunque no pude averiguar a partir de qué momento el corazón se convirtió en representante del amor, sí encontré interesantes teorías, las cuales pudieran explicar, en cierto modo, el surgimiento de tal símbolo, sobre todo en las culturas occidentales.

Los filmes románticos siguen ocupando un sitio destacado en la industria cinematográfica. / culturamas.es

Ciertamente es este un órgano vital para el ser humano –aun cuando se dañara el cerebro, si él continúa latiendo sigue existiendo vida–; sin embargo, los filósofos y médicos de la antigüedad le atribuyeron demasiadas facultades. En el siglo IX a.n.e. los griegos lo consideraban el hogar de las pasiones y sentimientos. Cuatrocientos años más tarde, Demócrito expresó que en él se generaba la cólera; poco después ciertos galenos afirmaron que las emociones surgían en el corazón ya que en su sangre se encontraban, en mayor medida que en los restantes órganos, los elementos de aquellas. Para Hipócrates (460-377 a.n.e.) las funciones del cerebro dependían de su ventrículo izquierdo, donde, en vez de sangre, había una sustancia pura y luminosa. Pasaron los siglos, las cosas quedaron por fin en su lugar y… en la literatura y posteriormente en la plástica, el corazón mantuvo las mismas virtudes de la época de Homero.

No solo ha sido y es símbolo de pasión entre dos amantes. En la religión cristiana también tiene su lugarcito: según sus adeptos, Jesucristo brindó su corazón a los hombres en señal de amor hacia ellos. Significa, además, nobleza, buenos sentimientos, valor. Durante el medioevo se hizo costumbre –no sé con qué objeto– enterrar los corazones de reyes y hombres ilustres lejos de sus cuerpos; así ocurrió con Enrique II, Ricardo I y otros monarcas ingleses.

Cuando ya daba por terminada la encuesta, encontré a un periodista, muy amigo mío. Ante la consabida pregunta respondió malicioso: “Mira, para mí, el símbolo del amor no debe ser ese órgano, sino otro bien diferente”. Por supuesto, preferí no entrar en detalles, pero me despedí pensando en su concepción oriental del asunto. 

Antiguamente en la India un símbolo del amor físico era el órgano sexual masculino –culto fálico– y así se expresa en el Kamasutra (Aforismos del amor), libro que data de los siglos I al IV de nuestra era; mientras, en algunas tribus iraníes lo era el de la mujer.

Para los musulmanes, hindúes y egipcios, el corazón tenía más bien una connotación espiritual y religiosa. Representaba el alma, la vida, el pensamiento y la inteligencia, la belleza del espíritu. La literatura sagrada de la India, escrita siglos atrás, ofrece múltiples ejemplos. En ella puede leerse: “Cielo y Tierra, Fuego y Aire, Sol y Luna… y todo lo que hay en el mundo y todo lo que no está en él, todo está encerrado allí”.

No obstante, hoy el símbolo ha alcanzado tal universalidad que su significado es comprensible en todos los continentes. Claro, los bellos corazones de grabados y pinturas solo se parecen remotamente al modelo original. Los diseñadores ahorran así tiempo, papel, tinta…

Quizás los defensores del binomio amor-corazón no lo saben, pero con el desarrollo de la ciencia y la técnica ha surgido un gran problema para ellos. Los corazones trasplantados –¡y qué decir de los artificiales!– pierden la inervación, es decir, la capacidad de responder ante estímulos externos. Al ser separados del cuerpo se dañan irreversiblemente sus terminaciones nerviosas, y no más taquicardias ni palpitaciones emocionadas. De manera que, o confían en los adelantos de venideros siglos, o reniegan del símbolo y se adhieren al bando de Rubén Martínez Villena y su Defensa del Miocardio Inocente:

Para impugnar la tesis de una verdad ficticia
vulgarizada en versos desprovistos de lógica,
quiero hablar en el nombre de la Santa Justicia
y de la respetable justicia fisiológica.

Corazón: los poetas -rubios de candideces–

te rellenaron firme de goces y pesares.
¡Tú, que tan sólo sirves para “vivir”!… y, a veces
para rimar sonoras consonantes vulgares.

[…]

¡Pobre músculo hueco, víscera miserable!
Automática bomba aspirante-impelente;
¡centro de las calumnias!… Mientras el Gran Culpable
se alberga tras la sabia protección de la frente.

Útiles también para la promoción literaria y la publicidad. / mascultura.mx

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