Por cuarta ocasión Cuba celebró el Día Internacional del Nikkei, en homenaje a una orgullosa descendencia japonesa
Fotos. / ISIDRO FARDALES

Comenzaré por el final, porque suele ser lo mejor de las fiestas. Tras los discursos introductorios, las palabras de agradecimiento, de un gran espectáculo, la gente se lanzó al ruedo; por muy “patón” que se fuera nada importaba al compartirse el baile, la música cubana y el karaoke.
A Namba Atsushi, ministro consejero de la embajada de Japón, se le vio muy desinhibido “echando un pasillo”, después de haber animado a los presentes: “Los protagonistas de hoy, son todos y cada uno, reunidos en este encuentro de nikkei en Cuba. Disfrutar de la velada con todo el corazón para convertirla en grato recuerdo.”
El momento de alegría estuvo matizado con el respeto hacia quienes llegaron a la mayor de las Antillas hace 127 años y cuya huella, según Namba Atsushi, ha “contribuido a la sociedad cubana como personas ejemplares, gracias a que heredaron de sus padres el orgullo, la disciplina, la bondad, la sinceridad, el coraje y el respeto por los demás. Han arraigado sus raíces como ciudadanos indispensables de Cuba y ha sido esa una de las principales motivaciones de nuestra amistad. Siempre que los funcionarios del gobierno cubano me preguntan cuál es el elemento importante de nuestras relaciones, enfatizo el hecho de que el pueblo nikkei existe como un gran y hermoso puente entre las dos naciones, siendo su existencia un motivo de orgullo para Japón.”
Sabiéndose parte de algo mayor, de no ser “químicamente” puros, en esa mezcolanza fruto de la feliz unión de dos pueblos, los nikkei cubanos cultivan esmeradamente su linaje. Antes de “tirar la casa por la ventana”, el Comité Gestor de la Asociación Nikkei de Cuba se esmeró a fondo para el lucimiento de una gala pensada hasta en sus más mínimos aspectos, muy al modo asiático.
Aunque no pudieron asistir los casi 1 000 descendientes registrados hasta la sexta generación –algunos, parte de la Sociedad de la Colonia Japonesa de la Isla de la Juventud–, muchos niños prestaban atención esmerada a ese universo para ellos tan familiar…

Lo singular además radica en cómo “lo japonés” atrae a muchos cubanos de “pura cepa”. Todos desplegaron sus pericias en las demostraciones con sable, Tayiko wa-daiko (tambor), caligrafía, exposiciones de Mizuhiki (decoración tradicional con nudos), de mascotas, de muñecas Hina y hasta danzas a la usanza de la Tierra del Sol Naciente a cargo del Grupo Kazuma.
Velada compartida por el cónsul Moriya Naomasa; Ashida Tatsuya y Yuki Asaka, de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA), y Kanako Otsubo, jefa de Asuntos Culturales de la representación diplomática de Tokio en La Habana.
Hubo, sin embargo, una invitada de lujo: Mami Amari, cantante de ópera japonesa. A través de su voz, cortó el bullicio en uno de los salones del Hotel Habana Libre, dando paso al deleite sonoro. Hechizo luego generado cuando también realizó la aparatosa y refinada tradicional ceremonia del té, una forma diferente de arte en su combinación de espiritualidad y estética. Y así, con el alma cargada de Japón, la gente terminó bailando Salsa.























Un comentario
Una fiesta tan bien contada que deja la sensación de haberlo visto y escuchado todo casi con el mismo disfrute de quienes tomaron el te y terminaron bailando salsa con los nikkei.