No me pidan que llore

Siempre que llega un apagón –más si no ha sido anunciado– los creadores se ponen… creativos. A los periodistas nos da por escribir crónicas insopor… perdón, insuperables. Los músicos, desbordantes de inspiración, paren canciones de intenso palpitar, como aquella de Frank Delgado, una oda al desenfreno:

Cuando se vaya la luz, mi negra, nos vamos a desnudar/ temprano tiene su encanto, como la gente en el campo […] Quiero, quiero, quiero,/ bailar con un mechero/ háblame de amores,/ de amores con faroles./ Quiero que me cantes un blues/ antes que vuelva la luz.

Mucho se tarareó en los años 90 y hoy merece reverdecer laureles. Otra composición con similar enfoque, si bien con un lenguaje más directo, es En la oscuridad, de la agrupación Sonora Tropicana (Colombia): En la oscuridad/ Zumbando sobres sábanas revueltas/ Tu boca que me sabe como a menta/ Y toda la fragancia de tu amor.// En la oscuridad/ Tus brazos que me aprietan como locos/ Y luego hasta rendirse poco a poco/ Latiendo corazón a corazón.

Obras de carácter menos íntimo estimulan la euforia colectiva. En este caso pocas se comparan con El mechón, que dio fama a la orquesta Monumental allá por los años 70. ¿Cuántos cubanos no disfrutaron su ritmo contagioso, bajo el fulgor de las estrellas?: Ya la fiesta comenzó en toda la carretera/ Pero no han prendido velas, van bailando con mechón/ Que prendan, prendan el mechón/ Que prendan, prendan el mechón…

Sin embargo, resulta mayor la cantidad de autores que han hermanado la penumbra al sollozo, al dolor. Recuerden En las tinieblas; ha tenido numerosos intérpretes (entre ellos José Tejedor, Ñico Membiela), pero todos hacen correr las lágrimas mientras entonan:

Noche tras noche, esperando y esperando/ Y estoy tan solo y tan cansado de esperar/ Que le devuelvas tú la luz a mis tinieblas/ Y que mis ojos ya descansen de llorar// Te espero, mi amor, te espero/ Porque en las tinieblas vivir no puedo.

Fuera de nuestra Isla también se sufre debido a nocturnos abandonos. Hará apenas una década el limeño Cuarteto Continental difundió en Perú el llanto de otro enamorado: Voy de compras amorcito/ Me dijo así mi amor / […] Me hallo muy desesperado/ Porque vino el apagón/ Pero ella nunca vino, se me fue/ El apagón tiene la culpa/ De que se fuera mi amor.

Atrás no se quedan los poetas a la hora de afligirse por renunciamientos y penumbras. He leído dos o tres haikus (composiciones de tres líneas, con cinco, siete y cinco sílabas; a menudo metafóricos) anónimos, devastados por el sentimiento de pérdida (y por su imperfecto empaque):

Domingo sin ti/ Habana en silencio/luz de mi alma.

Negra cual noche/hoy es mi esperanza/ausente luna.

Los bardos de antaño no fueron conscientes de cuán oportunos hallaríamos versos pensados con miras diferentes. No por ello debemos ocultar nuestro agradecimiento. Este poema antológico, de José María Heredia y titulado Niágara, constituye una muestra: Templad mi lira, dádmela, que siento/ en mi alma estremecida y agitada/ arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo/ en tinieblas pasó, sin que mi frente/ brillase con su luz!… 

Asimismo, una cuarteta de Plácido, contenida en A una ingrata, bien pudiera aplicarse a nuestras tribulaciones cuando falla la corriente: No encuentro en ti la extrema simpatía/ que ansiosa mi alma contemplar procura,/ ni a la sombra de la noche oscura,/ ni a la espléndida faz del claro día.

En el poema LVI, de Trilce, César Vallejo se lamenta: Fósforo y fósforo en la oscuridad,/ lágrima y lágrima en la polvareda.

Quizás sea el momento de ponernos serios. Los cortes de electricidad no son algo sin importancia. En Cuba han causado incontables preinfartos: a un fanático de la pelota, quien décadas atrás se perdió el final de un juego decisivo; a personas atrapadas en ascensores; a cirujanos que terminaron una operación alumbrados por celulares, porque la planta del hospital demoró en arrancar.

También han amparado a malhechores, en cualquier país. Así lo refleja una pieza musical que data de los años 40, popularizada por la mexicana Toña la Negra y luego relanzada por Yuri: Iba sola por la calle/ Cuando vino de pronto/ Un apagón/ Vale más que yo me calle/ La aventura que a mí me sucedió/ Me tomaron por el talle/ Me llevaron al cubo de un Zaguán/ Y en aquella oscura calle/ Ay, qué me sucedió.//  […] Me quitaron el abrigo/ El sombrero y … ¡que barbaridad!/ Yo pensaba en el castigo/ Que a aquel fresco/ Enseguida le iba a dar…

¿Seguimos por el camino de pensar en cuánto daño físico o emocional puede causarnos la falta de corriente? Mejor no. Prefiero compartir un dato curioso: dos maneras de cantar una conocida tonada infantil. Los cubanos la llamamos Alánimo. Dicen sus primeros versos: Alánimo, alánimo/ la fuente se rompió/ Alánimo, alánimo/ mandarla a componer. 

Al escuchar la palabra fuente y traerla a mi entorno cotidiano, no imagino refrescantes estanques citadinos (al menos en La Habana se encuentran casi extintos), sino una instalación que suministra energía eléctrica. Por eso es comprensible que prefiera Al ánimo, la versión utilizada en México: Al ánimo, al ánimo,/ La fuente sirve ya/ Al ánimo, al ánimo,/ De nuevo alegrará.

Por favor, no me pidan que llore. Ni me tilden de superficial o indolente. Si lo hicieran, además de causarme pesadumbre, me impulsarían a defenderme con un desafío: encuentren y lean el Tratado de la risa (1579), donde el médico francés Laurent Joubert discurre sobre los usos terapéuticos del humor. Háganlo poco a poco, pues a pesar del título, asimilar de un tirón sus 226 páginas debe ser tan extenuante como un apagón de 7:00 p.m. a 6:00 a.m. en pleno verano.

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