Hoy constituyen rarezas, pero durante mi niñez y adolescencia, allá por los años 70, todavía era posible encontrar de manera habitual, en puntos céntricos de las ciudades cubanas, aquellas cámaras rectangulares montadas sobre trípodes de las cuales colgaba una manga o trozo de tela negra. Junto a ella, a menudo sentado en un banquito, aguardaba el artista, o mejor decir el artesano, porque por lo general las fotografías salidas de esos equipos distaban bastante de la calidad estética.
No sé si por la antigüedad de los dispositivos o la limitada formación de sus operarios, los encuadres, la nitidez, el equilibrio entre luces y sombras de las instantáneas dejaban mucho que desear. Sin embargo, uno se sentía feliz de tener un recuerdo del paso por el Coppelia, el Capitolio, el Parque Central, el Prado de La Habana, por ejemplo.
En esa época no todos poseían cámaras fotográficas ni rollos. Además, entre los residentes fuera de la capital seguía rigiendo la convicción de que visitarla y no tomarse una foto en ciertos lugares, equivalía a no haber venido. ¡Y cuán misterioso nos parecía el artefacto!
Similar placer y curiosidad debieron embargar a quienes en décadas anteriores posaban ante el fotógrafo ambulante, observaban cómo colocaba una placa en el interior de la caja e introducía la cabeza bajo el manto oscuro; los clientes intentaban mantenerse estáticos mientras el hombre –¿alguna mujer habrá desempeñado esa labor en La Habana?, yo nunca vi a una– apretaba una pera de goma o un botón.
Luego transcurría el proceso de revelar y fijar la imagen, ejecutado a tientas con la mano dentro del aparato (este funciona como cámara y laboratorio), pues la exposición prematura a la luz solar inutilizaría el negativo. Si el artífice se apresuraba en finalizar el procedimiento, el retrato quedaba desvaído; si se excedía en el tiempo, se veía demasiado oscuro. Poco después, el fotografiado reemprendía su camino, orondo, sosteniendo en la mano a su doble, impreso en blanco y negro.
Imagino que la inmensa mayoría de los dedicados al oficio jamás recibió una enseñanza formal; ellos aprendieron viendo trabajar a sus antecesores, casi siempre un pariente.
Fuera de nuestro país a tal modalidad se le llama fotografía minutera. Se le han dedicado series audiovisuales, como La Promesa del Minuto: conformada por 12 episodios y producida por Iñigo García, egresado de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Cuba. Archivos de diversos países atesoran colecciones de instantáneas obtenidas con ese método.
Personalmente, guardo una foto de cuando ya había cumplido unos 13 años; realizada en los jardines del Coppelia. Me veo poco natural, con una sonrisa rígida, y lo peor: de conservarse tras mi tránsito al más allá, quienes la miren, no podrán saber cómo eran exactamente mis rasgos faciales ni adivinar el color del pelo o la piel, pues el artífice se entretuvo unos segundos y la “modelo” parece haberse achicharrado bajo una lámpara de rayos infrarrojos.
Sin embargo, le tengo cariño; es un testimonio de otra época, en la que se usaban zapatos de puntera cuadrada, sayas escocesas, blusas hechas por costureras –la clienta compraba la tela mediante el correspondiente cupón en la libreta de productos industriales–, en cuyas casas nos tomaban las medidas y entallaban las prendas antes de la confección final. Por entonces, a pesar de numerosas carencias materiales, mi generación disfrutaba el presente y creía en un futuro promisorio, pleno de logros.
Aquel caluroso mediodía, la adolescente que fui, cruzó la calle 23 no del todo satisfecha con su fotografía de cajón, pero sí ligera, alegre por haberse comido un delicioso Turquino (consistía en bolas de helado con una cuña de cake) y tener un mes de vacaciones. No se le ocurrió preguntar quién construyó y cuándo aquella caja, cuán pesada era, dónde adquirían las placas, los líquidos reveladores y fijadores.
Si yo pudiera viajar en el tiempo, a ese día en particular, sin duda haría dos cosas: la primera entrevistar al fotógrafo; la segunda, reclamarle la repetición de la instantánea, en nombre del arte fotográfico, de la memoria histórica y de mis perplejos descendientes.




















