Sección Placeres, de la revista Bohemia
Enamorar, a pesar de lo agradable, no ha sido nunca tarea fácil. Aún hoy a los muchachos se les enfría el estómago –si les gusta de verdad la muchacha– a la hora de “declararse” y no pocos se arriesgan al lenguaje silencioso del contacto físico con tal de evadir frases engorrosas. Algunos llegan al extremo de ni siquiera atreverse a conversar con la hermosa que los mantiene en estado de shock.
Lo que tanto ellos temen y todavía agrada a la mayoría de las mujeres, es tan viejo como el mundo. Galanteo encontramos incluso entre los animales. Dicen, además, que el garrotazo en la cabeza durante la edad de piedra era una manera de galantear (yo creo que más bien regalaban piedrecitas de colores, un muslo de rinoceronte bien asado y cosas así). Cuando al fin el hombre aprendió a hablar y se convirtió en una especie inteligente, hizo del cortejo amoroso todo un arte.
No recomendamos copiar fórmulas antiguas. Ya no impactan los combates al estilo del rey Arturo y los caballeros de su mesa redonda, tampoco las reverencias perfumadas de Luis XV ni romper durante meses el sillón de rejilla, entre suspiros melancólicos y ojos de carnero degollado, antes de lanzar la pregunta decisiva. Pero una flor o una poesía agradan, mucho más un halago sincero.

Durante el Medioevo el ideal masculino presuponía fuerza física, dominio de las armas y de la cabalgadura, arrojo en las batallas, rudeza. No obstante, infinitas mujeres prefirieron rendirse a los asedios de suaves trovadores. Expertos fueron los franceses en conquistar esposas ajenas, casi bajo las narices del marido, mediante canciones y poemas. Entre los siglos XI y XIII, incluso reyes y eclesiásticos cultivaron la lírica amorosa. El galán –la máxima discreción constituía requisito indispensable para ser aceptado– daba a su amada un pseudónimo: Bel-Vezer (Vista Bella), Aziman (Calamidad), Miels de Donna (Mejor que Dama), Bel Miralh (Hermoso Espejo), Bel Deport (Bella Alegría)… Ello permitía cantarle su pasión en público, sin comprometerla y sin hacer el ridículo ante los demás en caso de desaire.
En los salones de la nobleza (les sobraba el tiempo) se implantaron leyes rigurosas. Cuatro grados en amor establecía aquel código. El inicial correspondía al aspirante tímido, suspirante, y se denominaba fenhedor. Seguía el precador –enamorado que ruega y suplica. En el eslabón siguiente estaba en entendedor o cortejante reconocido. Por último, el drut (amante). Al alcanzar el estatus más alto, galán y dama se juraban fidelidad; ella ofrecía el primer beso o regalaba un anillo.
Se complicaron tanto las normas que reglamentaban todas las fases de las relaciones entre los amantes, surgieron tantas dudas en la interpretación, que se crearon las Cortes de Amor, donde juezas femeninas, expertas en dicha ciencia, atendían las reclamaciones.
¿Es mejor ser marido o amante de la que ama? ¿Es más fácil soportar la muerte o la traición de la persona amada? ¿El sentimiento de un amante es más fuerte antes de ser aceptado o después? Tales asuntos se pusieron de moda. Horrible, inmirable, pesadísimo debía ser el trovador para no sensibilizar al menos (igual sucede ahora con ciertos cantantes feos y superaclamados) a una de las damas.

Seguro han visto alguna vez que el menos agraciado del grupo es el más atractivo para las muchachas. “¡Qué suerte tiene ese tipo!”, piensan. Y no se trata de suerte, sino de saber galantear.
A José Martí –porque los héroes también fueron jóvenes de carne y hueso– se le atribuyen numerosos éxitos en el amor. No lo dudo, ¿quién podría en aquel entonces sustraerse al influjo de versos como estos?:
Mucho, señora, daría
Por tender sobre tu espalda
Tu cabellera bravía,
Tu cabellera de gualda:
Despacio la tendería,
Callado la besaría.
Por sobre la oreja fina
Baja lujoso el cabello,
Lo mismo que una cortina
Que se levanta hacia el cuello
La oreja es obra divina
De porcelana de China
Mucho, señora, te diera
Por desenredar el nudo
De tu roja cabellera
Sobre tu cuello desnudo:
Muy despacio la esparciera
Hilo por hilo la abriera.
- Publicado en Nosotros, febrero de 1991.
Sección Placeres, de la revista






















Un comentario
Excelente trabajo, muy bien escrito y documentado. Mi enhorabuena, Tania.