De la serie “Bebé y Madre”, de Vicente Romero Redondo (España 1956). Artista visual de amplio dominio de la técnica de la pintura pastel, lo cual hace más vivida la imagen proyectada. /mirartegaleria.com
De la serie “Bebé y Madre”, de Vicente Romero Redondo (España 1956). Artista visual de amplio dominio de la técnica de la pintura pastel, lo cual hace más vivida la imagen proyectada. /mirartegaleria.com

Regalo

Madrina de todos los muchachitos del barrio, quiso su útero enajenarla de globos y pañales. Los años, en cambio, le prodigaron tareas de matemáticas, confidencias adolescentes e incluso visitas a prisiones de una descendencia postiza, tan agradecida como una propia. 


-“Nadie enseña a transitar los actos grandilocuentes de la maternidad; se acuna una renacuaja figura como si se estuviera en el podio de las vencedoras, a sabiendas de que se arropa sin recordatorio para ningún premio, solo en el franco deber de ayudar a crecer, creciéndose”.

 “Se habita la noche de los sacrificios, y, en esos instantes, se prevé una despedida parcial, pues se quedará agazapado en las emociones de cándidas rabietas, fiebres, canciones, domingos, actividades escolares, rodillas raspadas, sonrisa sin dientes y un constante empacho de dulces.”, pensaba.

Madrina de todos los muchachitos del barrio, quiso su útero enajenarla de globos y pañales. Los años, en cambio, le prodigaron tareas de matemáticas, confidencias adolescentes e incluso visitas a prisiones de una descendencia postiza, tan agradecida como una propia. 

“Si nos gratifican, bien, ya se encargarán las estrellas de darnos un guiño cómplice a nuestros desvelos”, se repetía ante cada graduación de una “sobrina”, o la boda de un “sobrino”. “Vivo sus enfermedades sintiéndolas en mi piel por eso del ser femenino”, se justificaba la mujer y suspiraba entrado el cuarto mes del año.

 “Debió haber sido maestra o enfermera”, comentaban los allegados, mientras Caridad se reía de las maldades de la vida: ¡administraba una funeraria…! Y sí, de algún modo, era una puerta-cierre a su propia historia de desdichas y alegrías. “Los difuntos no soportan el calor o el abandono… igualitico que un bebé”, razonaba dándose aliento luego del buche de café, regalo de una doliente.

 No le temía a la Parca; le horrorizaba el olvido de sus semejantes. Y como si “su prole” le supiera ese secreto, cada mayo en el Día de las Madres le mandaban torrentes de postales y algunos le daban sonoros besos. Entornaba los ojos con inmodestia: “¡No hacía falta!”; mentira pequeñita la suya, alimento de un ego imperfecto, inmenso orgullo de involuntaria madre sin niño.

 Sentíase la flor más lustrosa del ramo, la gota prístina del arroyo, la más protectora de la manada. Era la madraza del vecindario. Feliz a plenitud, ajustaba el despertador para otra nueva jornada entre muertos y vivos donde pasear el gran obsequio de su nombre.

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Un comentario

  1. Un original homenaje a quienes todo lo merecen, y más, con esta nueva y feliz incursión literaria de la autora, periodista hasta dormida, que entre la ficción del cuento y la realidad de una preciosa crónica retrata a las maravillosas Caridad que todos conocemos y admiramos, con úteros enajenados de globos y pañales, sin embargo, por amor visceral de mujer, devenidas admirables madrazas. En lo personal, agradezco además a esta accidentada lectura entre alumbrones, el recuerdo de la inolvidable Sofía Margarita, que bien pudo llamarse Caridad y seguir recibiendo innumerables y muy merecidas felicitaciones por el Día de las madres.

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